En este artículo Ignacio Iparraguirre habla sobre el proceso de san Ignacio, mencionando que llegó a poseer un dominio tan excepcional de su ser que ha quedado como el prototipo del hombre equilibrado y dueño de sí. La imagen de un Ignacio "perfecto y santo varón”, trazada en 1593, se ha ido perpetuando a lo largo de los siglos.
A lo largo del texto, habla sobre lo juvenil de Ignacio maduro; su anticonformismo y actitud funcional; su inseguridad y confianza; su fortaleza ante la debilidad; sobre su generosidad así como sobre su autenticidad; su crecimiento continuo y el camino que siguió hasta convertirse en un hombre nuevo.