El año 2006, el P. Peter Hans Kolvenbach, dirige una carta a todos los superiores mayores en la que escribe que, después del año de la Eucaristía y del Sínodo consagrado a este misterio de nuestra fe, conviene recordar lo que Ignacio y sus primeros compañeros han dejado como mensaje y como misión, viviendo de esta “grandísima señal de su amor” (EE 289). A pesar de las incomprensiones y resistencias a lo que se presentaba como una peligrosa novedad, Ignacio y sus compañeros emprendieron la promoción de la comunión frecuente y aun diaria. Basándose en la experiencia eclesial de la primera comunidad de Jerusalén, estaban convencidos de que no recibir el pan cotidiano de la mano de Dios era un signo tangible de enfriamiento de la fe. Para ellos, la finalidad de la comunión frecuente no era, en manera alguna, una simple multiplicación cuantitativa sino, como las “repeticiones” en los Ejercicios Espirituales, se constituía en una profundización y personalización creciente.
Continúa el P. General diciendo que se debe acoger cada día el don de Cristo; sobre la Eucaristía y la vida comunitaria; los jesuitas y la liturgia; de la Eucaristía a la vida concreta y, así, continúa hasta La Compañía, cuerpo de oración eucarística para finalizar escribiendo sobre Los votos super hostiam.