Honduras es un país muy vulnerable. Los hondureños y hondureñas sufrimos el impacto de esta vulnerabilidad día a día. Mi país, socioeconómicamente, es uno de los más desiguales del mundo. Políticamente arrastra los lastres del golpe de Estado del 2009 como la fragilidad institucional, la corrupción, el narcotráfico, la impunidad y la reelección ilegítima del gobierno precedente. A tal grado que se ha calificado al Estado hondureño como un narcoestado en los medios de comunicación nacionales e internacionales. En Honduras, culturalmente estamos sometidos a un sistema educativo excluyente con una gran brecha digital que ha sido tan evidente durante el período de la pandemia del COVID 19. Y las recientes inundaciones por el desbordamiento de los ríos Ulua y Chamelecón en el Valle de Sula pone de relieve la vulnerabilidad ambiental de millones de hondureños y hondureñas que habitan en zonas de alto riesgo. Este es mi amado país en el que vivo y existo…

Ante la emergencia de las graves consecuencias de las inundaciones nos cuestionamos, ¿por qué pasa? El pecado original de estas catástrofes en el Valle de Sula es el latifundio y la tendencia a la alta concentración de la tierra, así como la exclusión de amplios sectores sociales que viven en esta zona y que no tienen acceso a una parcela de tierra libre de riesgos. Muchos hondureños y hondureñas viven y existen en dónde pueden habitar, incluso llegan a vivir en donde hay un lugar abandonado, porque no les queda otra opción; aunque el mismo, no sea recomendable para habitar debido a los elevados riesgos de inundación.

Luego vienen otras graves consecuencias en cascada. Vivir en los sitios aledaños a los ríos es una necesidad para poder tener acceso al agua, cultivar, tener animales domésticos, y desarrollar su economía de sobrevivencia. Sin embargo, este ciclo vital se convierte en una experiencia constante de alto riesgo ante las catástrofes naturales y el desbordamiento de los ríos. La vida de nuestros hermanos y hermanas hondureñas es una constante consagración a un perpetuo recomenzar, cada año que suceden estas catástrofes naturales.

Una experiencia que conmueve hasta las entrañas es ver a familias enteras en sus viviendas totalmente inundadas o llenas de lodo por causa de las inundaciones, limpiando lo poco que les ha quedado después del paso de la corriente de los ríos…Ya lo poco que tenían, ha sido disminuido más aún, porque la fuerza inclemente de las corrientes de los ríos se los ha arrebatado. ¡Cuánto cuesta tener una cama!, una silla, una meza, un pantalón o una blusa, etc. Todo esto y más se los arrebata el caudal y la corriente de los ríos que se han desbordado.

Los niños caretos y con ojos entristecidos, muchas veces juegan con cosas enlodadas o tratan de ayudar a sus madres para limpiar su casa inundada de agua o de lodo. Salir de sus hogares bajo la lluvia o en contra de la corriente de los ríos se ha convertido en una experiencia dramática habitual en estas zonas donde habitan. Las familias en estas regiones se convierten en nómadas o seminómadas temporales. Van y vienen y se mueven al ritmo de las altas y bajas de las crecidas de los ríos. Además, se preocupan porque al huir de las crecidas de los ríos no solamente arriesgan sus vidas, sino que además viven con la triste preocupación de que, lo que el río no se llevó, otra persona, en su ausencia, se apropie de sus pocas pertenencias. Sin duda, es una alerta constante la afectación en las comunidades, según los datos oficiales hay 742 comunidades afectadas en 135 municipios del territorio hondureño. La mayor parte se registra en el norte y el occidente del país[1].

También, estas inundaciones rompen el ciclo vital de la economía familiar. Arrasan con todos cultivos y acaban con los animales de patio, pero lo peor de la calamidad está por venir. Pues las familias han perdido sus cultivos y no tienen asegurada la alimentación ni los recursos mínimos para la sobrevivencia. Su realidad es tristemente vulnerable. La información brindada por la Asociación de Agricultores y Productores de Granos Básicos (Prograno), a la fecha del 30 de septiembre del 2022, es que se había perdido el 45% de cultivo de maíz a nivel nacional, el 70% del frijol y el 80% de hortalizas de diferente tipo. En el Valle de Sula se reporta la pérdida del 60% del banano[2]. Así va el recuento de pérdidas en nuestra querida Honduras.

En la búsqueda de soluciones se ha planteado diversas alternativas, pero sin tocar el tema de la tenencia y la distribución de la tierra. Se presentan alternativas como la construcción de represas, las reconstrucciones y el mantenimiento de los bordos de los ríos, el dragado de estos, los canales de mitigación, etc. Pero no se plantea una solución ante la magnitud de la crisis de la pobreza estructural y el ciclo de exclusión permanente de los habitantes en riesgo. Mi pobre gente se tiene que conformar con los paliativos ante las recurrentes crisis que provocan las catástrofes naturales en nuestro país.

Realmente no se percibe una respuesta efectiva a las constantes crisis ecológicas en nuestro país. De todos es sabido que las autoridades municipales y también del gobierno no han realizado una política preventiva, sino que han optado por respuestas asistencialistas en este contexto del desbordamiento de los ríos. Lamentablemente continuaremos siendo testigos del impacto a mediano y largo plazo de las inclemencias de los fenómenos naturales, pues no se han presentado soluciones estructurales que vayan más allá de los asistencialismos a las emergencias y las catástrofes naturales.

En el caso de la construcción de las represas y sus respectivas concesiones, no se han iniciado procesos informativos y educativos, ni se ha acompañado a la misma población en la organización a tal fin, de atender la alta vulnerabilidad. Según la opinión de los expertos, la prevención de las catástrofes que causan los desbordamientos de los ríos requiere estudios hidrológicos con los que no se cuenta en Honduras. Dada esta realidad se necesita una Cartografía, pues la que se tiene está desactualizada. Además, es un tema prioritario, pero difícil y delicado. La misma cooperación japonesa ha dicho que el sistema hidrológico del Valle de Sula es muy complejo, ellos para intervenir en el Valle de Sula solo han priorizado San Pedro Sula y La Lima. No se puede, pues, de esta manera, prevenir a la población a tiempo porque no se sabe realmente calcular en qué momento el volumen del agua y la topografía del terreno nos indican cuando es oportuno evacuar la población. Se impone la lógica asistencialista para atender a la población después de las inundaciones y no se realiza una política preventiva eficaz. 

Otro punto que no podemos olvidar es que la cuenca alta del Valle de Sula está devastada en un 90% y eso agiliza el curso del agua inundando más rápidamente, en consecuencia, las alertas tempranas no suelen ser oportunas. Según expertos, mientras en la estación de Chinda en Santa Bárbara se reporta la alerta, lo que antes tardaba en bajar el agua eran 7 horas, ahora baja en 3 horas. Es así como, se tienen observadores en la cuenca alta, quienes avisan y luego se canaliza por la Comisión Permanente de Contingencias (COPECO).

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German Rosa, SJ
Director de Radio Progreso-ERIC (Honduras)

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[1] Cfr. La Prensa, viernes 30 de septiembre 2022, p. 3.
[2] Cfr. La Prensa, viernes 30 de septiembre 2022, p. 2.

 

Imagen e información de radioprogresohn.net