“Mi papá era muy machista, agredía a mi mamá… era una vida muy triste”, reveló Dionisio Ticuña, un poblador de la comunidad campesina de Canincunca, ubicada en la localidad de Huaro, en el departamento de Cusco, en el sur andino de Perú, a más de 3000 metros sobre el nivel del mar.

Hoy, con 66 años, se siente contento de haber podido revertir ese modelo de ser hombre que le imprimió su padre, en que la masculinidad se demostraba ejerciendo poder y violencia sobre las mujeres y los hijos.

“Ahora soy un enemigo de los ‘pegalones’, no me junto con los malcriados y no hago caso a las burlas o cosas feas que me puedan decir”, aseveró en una entrevista con IPS realizada en su nueva casa de adobe, que construyó apenas en 2020 y donde vive con su mujer y su hija más pequeña, de 20 años, mientras que los otros tres, dos varones y una mujer ya se independizaron.

En Perú, un país con 33 millones de habitantes, es alta la tolerancia a la violencia, particularmente la de género, así como la división de roles entre las parejas.

Una encuesta con entrevistados en todo el país sobre relaciones sociales, realizada en 2019 por el gubernamental Instituto Nacional de Estadística e Informática (Inei), mostró que para 52 % las mujeres debían primero cumplir su rol de madres y esposas y después sus sueños, 33 % que si cometía una infidelidad debía ser castigada por su esposo, y 27 % que merecía castigo si faltaba el respeto a su cónyuge.

La misma encuesta evidenció que una alta proporción de peruanos está de acuerdo con el escarmiento físico a los hijos. De las personas entrevistadas, 46 % pensaba que era un derecho de los padres y 34 % que se trata de una corrección para evitar que se vuelvan ociosos.

Katherine Pozo, abogada cusqueña del programa de desarrollo rural del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, explicó a IPS que la masculinidad en este país, y particularmente en zonas campesinas, es todavía muy machista.

“Prevalecen ideas adquiridas en la infancia y que se transmiten de generación en generación de que los hombres tienen poder sobre las mujeres, que les deben obediencia y que su rol es cuidarlos y hacerse cargo del hogar y la familia. Ese pensamiento es un obstáculo para la vivencia integral de sus masculinidades y para el reconocimiento de los derechos de las mujeres”, dijo en una entrevista en su domicilio en Cusco, la capital regional.

Es desde ese análisis que decidieron involucrar a los hombres en el trabajo que realizan en comunidades campesinas de Cusco para contribuir a que las mujeres agricultoras ejerzan sus derechos y tengan mayor autonomía en la toma de decisiones sobre sus vidas, promoviendo para ello el acercamiento a nuevas masculinidades entre los varones.

En el 2018 iniciaron este proceso,  con el convencimiento de que se requería de hombres sensibilizados e identificados con la igualdad de género para que los esfuerzos de las mujeres por romper la discriminación pudieran sostenerse y progresar. El proyecto durará hasta el año próximo y cuenta con el apoyo de dos instituciones españolas: la Agencia Vasca de Cooperación para el Desarrollo y Muguen Gainetik.

IPS recorrió diferentes aldeas altoandinas de población quechua de Cusco para hablar con campesinos que están realizando el camino de despojarse de prejuicios de género y creencias que, reconocieron, les ha traído infelicidad. Ahora, paso a paso, vienen dando significativos pasos con el acompañamiento de Flora Tristán,  que busca promover nuevas masculinidades en estas comunidades.

“Yo tengo 35 años de casado con mi esposa Delia, hemos sacado adelante a nuestros hijos y puedo decir que se siente una gran paz cuando uno aprende a respetar a su pareja y a mostrar sus emociones más internas”, sostuvo Ticuña, participante en la iniciativa.

“Ser jefe de hogar es duro, pero no me da derecho a maltratar. Yo decidí no igualarme con mi padre y ser otra persona para llevar una vida feliz con ella y con mis hijos”, dijo con firmeza, sentado en la entrada de su hogar en Canincunca.

Reconocer que las mujeres sí trabajan

Hilario Quispe, agricultor de 49 años, de la comunidad de Secsencalla, perteneciente a la localidad de Andahuaylillas, reconoció a IPS  que en su entorno se siente y respira mucho machismo.

En su vivienda, a 3100 metros sobre el nivel del mar, contó que ha podido darse cuenta de que las mujeres también trabajan cuando están en la casa.

“En verdad, hacen más que el hombre, nosotros tenemos un solo trabajo, en cambio ellas lavan, cocinan, tejen, cuidan a los hijos, ven a los animalitos, van a la chacra (campo de cultivo)… y yo que decía antes: mi esposa no trabaja”, reflexionó.

Por la distribución de tareas según el sexo debido a roles estereotipados de género, las mujeres destinan más tiempo que los hombres a las tareas del cuidado que se centran en el espacio doméstico familiar, y que no son remuneradas.

El Inei reportó en 2021 que en las diferentes regiones del país, las peruanas tienen una mayor carga global de trabajo que los hombres porque sobre ellas recaen las responsabilidades familiares.

En las áreas rurales, las mujeres trabajan en promedio 76 horas por semana, de las cuales 47 son en actividades por las que no reciben pago alguno y que se relacionan con sus labores en el hogar tanto de cuidado de sus familias como de sus cultivos.

En el caso de los varones, su carga global es de 64 horas por semana, la mayor parte de ellas, 44,  destinadas a tareas remuneradas.

Desmontando estereotipos

Pozo, de Flora Tristán, tomó datos del reporte oficial para indicar que en el campo las mujeres que viven en pareja invierten 17 horas en la semana en actividades de la cocina y lo hombres apenas cuatro; en el aseo del hogar siete y sus parejas tres, y en la atención de los hijos 11 y los esposos siete.

Para Quispe que con su esposa, Hilaria Mena, tiene cuatro hijos de entre 17 y 6 años, resultó una revelación comprender que las diferentes actividades que realiza su su mujer en el hogar, es trabajo.

“Si ella no estuviera, todo se vendría abajo. Pero no voy a esperar a que eso suceda, yo me he comprometido a dejar de ser machista. Esas ideas que de chicos nos han puesto en la mente no es bueno para vivir bien”, remarcó.

El departamento de Cusco es un polo turístico peruano, donde sobresale la ciudadela inca de Machu Picchu. Con más de 1,3 millones de habitantes, de los cuales 40 % reside en zonas rurales donde la actividad agrícola es una de las principales. Gran parte de ella es de autoconsumo, para la subsistencia, y demanda de la participación de los diferentes integrantes de la familia.

Es el caso justamente de la comunidad campesina de Secsencalla, donde si bien las nuevas generaciones logran estudios superiores, siguen vinculados a la tierra.

Rolando Tito, de 25 años, cursa el tercer año de ingeniería de sistemas en la universidad nacional de Cusco, y apoya a su madre, Faustina Ocsa, de 64 años,  en las tareas agrícolas.

“Yo quiero superarme y seguir ayudando a mi mamá, ella es viuda y aunque no pudo estudiar, siempre me alentó a que yo lo haga. Los tiempos ya no son como los de ella en que las mujeres no tenían oportunidades, pero todavía hay hombres que piensan que deben estar solo en la cocina”, comentó a IPS, con su madre solo quechuahablante al lado.

Sentada junto a la entrada de la bodega de la comunidad, que suele ser centro de reuniones y encuentros, con ayuda de una traductora, ella relató que vivió mucha violencia, que los padres no apoyaban a sus hijas y que maltrataban a las esposas. Y que espera que su hijo sea un buen hombre que no repita esas historias.

“He aprendido lo que es la igualdad entre el varón y la mujer, yo por ejemplo estoy ayudando en la casa, estoy cocinando, lavando, eso no me hace menos, y cuando tenga una pareja no voy a estar con ese pensamiento de que ella me tiene que servir. Juntos trabajaremos en la casa y en la chacra”, reiteró su hijo.

Brian Junior Quispe, otro joven de la comunidad de 19 años, quien se apresta a comenzar a estudiar la carrera de veterinaria, acotó que ahora sabe que “los hombres no deben aprovecharse de las mujeres, sino apoyarse mutuamente para salir juntos adelante”.

El mismo sentir expresó Saúl Huamán, de 35 años, quien se ha estrenado en la paternidad con Luas, de seis meses.

“Ahora me tengo que preocupar de tres bocas que alimentar, antes era operador de máquinas pero ahora solo me dedico al campo y hay que trabajar mucho para que sea rentable. Con mi esposa Sonia compartimos las tareas, mientras ella cocina yo veo al bebe, y también ya estoy aprendiendo a preparar comidas”, manifiesta ante la sonriente mirada de su mujer.

La abogada Pozo reconoce que no es sencillo cambiar patrones culturales tan fuertemente arraigados en las comunidades, pero tampoco imposible.

“Es como sembrar la semilla de la igualdad, toca regarla, cuidarla, para después cosechar los frutos, que es una mejor vida para mujeres y hombres”, puntualizó.

 

Imagen e información de ipsnoticias.net