La designación de Sergio Massa como «superministro» de Economía debe ser analizada en el marco de la crisis argentina, pero también de la del propio peronismo. Un movimiento que ya no logra ser «partido del orden» y que recurre a un hombre que cree que debe serlo. Aunque hasta hace poco estaba duramente enfrentado con la vicepresidenta Cristina Kirchner, hoy llega al gabinete con su aval.

 

Desde el retorno de la democracia en 1983, Argentina pareció consolidar una máxima no escrita pero omnipresente en su inconsciente colectivo: la leyenda de vagones de los trenes («en caso de emergencia, rompa el vidrio y saque el martillo») podría traducirse como «ante la crisis, rompa el vidrio y saque un peronista para resolverla». Así se expresó la reconfiguración del movimiento peronista en una suerte de «partido del orden» argentino y nuevo centro de su sistema político con posterioridad a la gran crisis hiperinflacionaria de 1989 y el fin definitivo del partido militar. Esa idea dominó, durante décadas, el mapa de poder del país.

La gran crisis de 2001-2002 pareció confirmar esa sentencia, cuando con posterioridad al estallido del régimen de convertibilidad entre el peso y el dólar que había durado una década –una suerte de «cinturón gástrico» que le ponía límites a una Argentina adicta a la emisión monetaria– el binomio Eduardo Duhalde-Néstor Kirchner llegó para reconstruir el erosionado poder presidencial y reorganizar bajo sus propios parámetros una nueva hegemonía social y política para un sistema de poder estallado. Orden por «derecha» en la década de 1990 y orden por «izquierda» en la de 2000, pero orden al fin. Si el peronismo ya no podía prometer justicia social y movilidad social ascendente, al menos podía proponer orden. En definitiva, esa fue también la máxima que orientó el retorno al poder del peronismo del Frente de Todos en 2019, en pleno escenario de colapso de la economía nacional en el ultimo año de gobierno de Mauricio Macri.

Más que una revalidación de la política de los últimos años cristinistas, la sociedad argentina volvió en ese entonces a romper el vidrio para ver si, una vez más, la formula mágica podía ser invocada. Pero lo que surgió fue lo contrario. El «partido del orden» se había convertido en el «partido del caos», uno que no solo no resuelve la crisis, sino que la provoca. Un cambio fundamental en el ethos peronista que marcaría el rumbo del Frente de Todos desde el principio de su gobierno.

El peronismo que volvió al poder a través del Frente de Todos estaba fundamentalmente transformado por la experiencia política que lo dominó en las ultimas dos décadas. La decisión de Cristina Fernández de designar a Alberto Fernández como candidato a presidente en 2019 y reservarse para ella la Vicepresidencia era una solución «creativa» a la polarización que generaba su propia figura, pero anticipaba problemas de doble comando en el gobierno, en especial en un partido tradicionalmente verticalista, alineado detrás de un «jefe» -o «jefa». Y las crisis no tardaron en estallar: cartas de la vicepresidenta sobre los «funcionarios que no funcionan», rechazo del kirchnerismo al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para refinanciar la megadeuda heredada del gobierno de Macri, invectivas de Cristina para que Alberto «use la lapicera» contra los poderosos y, más recientemente, salida de los ministros más cercanos al presidente (como Matías Kulfas), en medio de las discusiones sobre los subsidios a la energía... Alberto Fernández decidió gobernar sin someterse a los designios de la vicepresidenta ni someterse a ella. Y esa estrategia se reveló como un lugar imposible.

Así, pese a que Alberto Fernández viene de posiciones más «centristas», el peronismo pareció congelado en torno del sistema de ideas kirchneristas, de su economía política, de sus alianzas sociales, de su cultura y de su imaginario. Un peronismo que, mediado por ese imaginario kirchnerista, se transformaba en un ferviente defensor del carácter performativo de la narrativa política sobre la realidad efectiva, y cuya contraseña implícita parece ser todavía: «si la realidad no se adapta a mis ideas, problema de la realidad». Pero la vicepresidenta pareció mostrar más capacidad de veto y de boicot que capacidad para incidir en las políticas concretas del gobierno.

La hora de Massa

La designación como «superministro» de Economía, Producción y Agricultura de Sergio Massa –hasta hace unas horas presidente de la Cámara de Diputados y miembro minoritario de la coalición peronista de gobierno– revela de manera cruel el agotamiento del Frente de Todos tal como lo conocemos. Y esta deriva no deja de ser paradójica: el kirchnerismo logró la salida del ministro de Economía Martín Guzmán por ser demasiado «blando», pero terminó con el desembarco en el gobierno de Massa, un dirigente muy cercano a la embajada de Estados Unidos y del mundo empresarial, con el visto bueno de Cristina. En definitiva, toda la carrera política de Massa -fue, por ejemplo, jefe de gabinete de Cristina Fernández de Kirchner y terminó cruzando ríos de sangre con ella- parece haberse guiado por un hiperrealismo táctico de signo inversamente contrario al del kirchnerismo. Camaleónico, astuto (a veces por demás), ansioso, hiperactivo, dueño de una audacia ilimitada y de una voluntad de poder que no le va en zaga, Massa se convirtió en los últimos años en el Frank Underwood argentino. El physique du role de un político cuya sonrisa no siempre le llega a los ojos.

Nacido en 1972, Massa es un hijo político de los años 90 (militó, en sus años mozos, en la liberal Unión de Centro Democrático, UCeDé, la fuerza liberal-conservadora aliada al peronismo de Carlos Menem que dio cuadros e ideas a las reformas neoliberales de esa década). Es, en consecuencia, un hijo de este peronismo concebido como partido de poder, previo a la llegada de Néstor Kirchner a la Presidencia. Massa pertenece a una generación política a la cual el cristinismo, nacido para sepultar la heterodoxia de Menem en la historia del peronismo,  le recela la ideología y le teme la política. En su concepción, el massismo expresa algo así como la «cría del menemismo». «No pasa nada, no pasa nada, si todos los traidores se van con Massa», cantaba en los actos kirchneristas la organización juvenil La Cámpora sobre el hoy superministro. Mientras tanto, Massa no dudaba en prometer que metería presos a los corruptos y «barrer con los ñoquis de la Cámpora» (en referencia a quienes ocupan cargos públicos sin ir a trabajar).

En la política argentina, la plasticidad ideológica de Massa es proverbial, y a tono con la idiosincrasia nacional, es motivo simultáneo de admiración, rechazo e ironía. Se trata de sentimientos que incluso pueden convivir en contradictoria sintonía. Sus cambios de signo y orientación política según las circunstancias son el insumo de una verdadera fábrica de memes, que tuvo su pico de productividad en la última semana. «Ventajita» supo bautizarlo el ex-presidente Macri, en un apodo que hizo historia. Pero Massa fue también el único político peronista que enfrentó y derrotó en las urnas, en su hinterland bonerense, con su Frente Renovador, al cristinismo en su máximo esplendor. En él conviven en tensión dos almas: la del político profesional que adora y necesita ser votado, y la del operador político, broker del poder argentino, que busca «caminos alternativos» para la prosecución de sus ambiciones. La principal de ellas, la Presidencia de la República.

Esta contradicción se hace visible ahora en su máxima expresión. El Massa actual -un Massa del poder- construyó una alianza férrea con dos de los sectores corporativos más importantes de Argentina: los empresarios nacionales de los «mercados regulados» (eufemismo nacional para referirse a los actores privados que necesitan del ecosistema estatal para vivir y medrar) y La Cámpora (que lidera Máximo Kirchner, hijo de la vicepresidenta), la organización política otrora juvenil que hoy nuclea a lo que quedó de la nomenklatura del funcionariado cristinista y que domina sectores estratégicos claves del Estado. La misma que Massa amenazó con barrer precisamente de esos puestos.

Pero no hay que olvidar que el Massa popular, siempre construyó su imagen y sus avances electorales contra del cristinismo.

Luego de la masiva victoria electoral de 2011 con 54% de los votos, Cristina Fernández de Kirchner se propuso explícitamente la conformación de un espacio propio, exclusivo y excluyente, dentro del peronismo, y un «trasvasamiento generacional» masivo y radical con una idea sucesoria clara, basada en La Cámpora (que tenía entre sus objetivos implícitos pasar a degüello a la generación política de Massa). «A la izquierda, la pared» y «unidos y organizados» fueron las consignas monolíticas de un proceso que precipitó varias rupturas significativas en el universo peronista, tanto en el mundo sindical –simbolizado en la pelea con la burocracia sindical de Hugo Moyano, ex-jefe de la Confederación General del Trabajo (CGT) y líder del poderoso sindicato de choferes de camiones–— como en el peronismo político liderado por Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner desde 2003. 

El papel de Massa frente a la hegemonía kirchnerista no fue menor: en 2013 le ganó las elecciones en la estratégica provincia de Buenos Aires y frenó las fantasías reeleccionistas de Cristina y sus seguidores, en un proceso que marcaría un punto de inflexión en la historia política argentina. El «anticristinismo» está en la carta astral del massismo como espacio político.

Su momentum nacional llegaría en 2015: en el marco de elecciones presidenciales polarizadas entre el peronista Daniel Scioli y Mauricio Macri, candidato de la coalición derechista Cambiemos, Massa logró un significativo 22% de los votos, apoyado en una sólida alianza con el peronismo de la provincia mediterránea de Córdoba (bastión del peronismo antikirchnerista) y en el acompañamiento de figuras de renombre, como el ex-ministro de Economía Roberto Lavagna.

Pero la apuesta de Massa por la «ancha avenida del medio» encontraría límites difíciles de franquear. Su oscilante relación con el macrismo –que primero pensó en él como un aliado y después como un enemigo-, sus complicadas relaciones con el resto del universo peronista (en particular, con el colectivo de los gobernadores) y la frenética mediatización de su figura fueron apagando su estrella. Después de la derrota de las diversas facciones peronistas en 2017, su estrategia consistió en vender lo más cara posible su participación en la unidad que se estaba formando, consciente de que el nuevo Frente de Todos solo terminaría de resultar verosímil para un electorado no kirchnerista con él adentro.

Ya en su gestión como presidente de la Cámara de Diputados iniciada en 2020, Massa rebajó su ansiedad y profundizó su perfil «Underwood»: el político solitario, más astuto que el hambre, que esta vez se muestra más paciente para construir redes, contactos y poder interno -y mostrarse como un responsable estadista-, mientras espera su oportunidad. Se constituyó, al mismo tiempo, en una suerte de intérprete de algunos sectores del establishment en el nuevo poder y se acercó al jefe de la bancada oficialista Máximo Kirchner, hijo de Cristina, a la vez que desarrolló una intensa actividad internacional en Estados Unidos que llevó a que varios miembros de la coalición oficialista lo acusasen de llevar adelante una «cancillería paralela». Esta hiperactividad del Massa «operador» fue en detrimento de su imagen pública, que se pulverizó en los últimos meses a niveles nunca antes conocidos. El Massa que asume ahora como «superministro» de Economía es también el Massa más impopular de su historia. Pero, a la vez, representa quizás la última oportunidad de evitar el paso al abismo en medio de las irracionales peleas internas y un gobierno que parece más acosado por su vicepresidenta que por la oposición.

Desde la dura derrota del peronismo en las elecciones intermedias del año pasado, la oportunidad que esperaba Massa empezó a acercarse, como un reloj nuclear que adelanta la hora. La desintegración de la autoridad presidencial de Alberto Fernández, fruto de su no liderazgo, del bullying sistemático del kirchnerismo, de la destrucción de la cadena de mandos en el interior del Estado argentino a causa del loteo de puestos entre fracciones rivales y de la atomización política del Frente de Todos, se tornó sencillamente imparable. En cada una de las distintas crisis que se fueron sucediendo de manera periódica, Massa planteó de manera sistemática la misma salida: la unificación de las decisiones de toda la economía argentina en solo mando, el suyo. La opción que parecía risible hace unos meses («volvió el Massa que se desayuna la cena», ironizaban sus colegas del gobierno sobre sus ambiciones desmedidas), que fue vetada por el presidente Alberto Fernández y su vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner hace menos de un mes, tras la renuncia del ministro de Economía Martín Guzmán, hoy se volvió una realidad. Ni siquiera el método particularmente exasperante de ralentizar y procrastinar todas las decisiones que tiene Alberto Fernández pudo frenar su llegada. Hombre providencial en cuotas, a Sergio Massa le llegó finalmente su hora.

Desenlace borgeano

Nadie lo quería ahí. No lo quería Alberto Fernández, un destructor de poder cuyo método de gobierno consiste en licuar tanto el suyo propio como el de todos los demás. No lo querían los gobernadores peronistas, en general una raza conservadora, «austera para el coraje» (en la expresión del dirigente peronista Juan Amondarain) y sin proyecto alternativo, pero que desconfía de la voluntad de poder del diputado. Tampoco lo quería Cristina Fernández, quizás por saber –como solo pueden saber dos viejos enemigos- que el destino manifiesto de Massa (si es que tiene alguno y logra sobrevivir a esta crisis los próximos días y semanas) es terminar con su liderazgo. Un Brutus en el gabinete de César. Todo el peronismo hizo lo imposible para no terminar en Massa. Y sin embargo, ahí está.

La llegada de Massa es reveladora de la desnudez (de ideas, de convicciones, de audacias) de la elite peronista contemporánea, y ya no solo de la figura del presidente. A veces da la sensación de que las escenas de indignidad presidencial, los furcios, la entrega de ministros cercanos, el patético cuadro personal de su relación con Cristina Fernández -incluidos sus periodos sin diálogo- tienen como única función hacer que el resto de sus compañeros en el poder se sientan, comparativamente, más dignos. Y, sin embargo, muchas veces no lo son. Massa llega porque con su audacia y su voluntad asume el poder que nadie quería asumir y que todos, incluida sobre todo la vicepresidenta, estaban vaciando.

Como señalamos, el kirchnerismo sostuvo y pidió, sistemáticamente, on y off the record, con todos sus recursos disponibles, la renuncia del ministro Guzmán, el discípulo de Joseph Stiglitz. Lo acusaban de excesiva connivencia con el FMI, de falta de sensibilidad social, de fiscalismo y otros delitos de «leso progresismo». Sin embargo, luego de su renuncia, el kirchnerismo fue incapaz de plantear alguna alternativa superadora. El silencio en lo alto del poder argentino fue arrollador, consolidando la idea de que el kircherismo devino, en su fase actual, solamente en un sistema de vetos convertidos en política de Estado. El arribo de Massa –por más entente táctica que pueda haber existido entre él y la vice en las horas finales del putsch– expresa que el liderazgo de Cristina no tiene respuestas ni soluciones para la crisis argentina. Ni en la economía ni en la política: corrida del dólar, escalada inflacionaria y temblores ministeriales sucesivos y permanentes. Un involuntario momento de verdad.

A Massa, gran vendedor de «poder futuro» (fino concepto del escritor argentino Martín Rodríguez), también le llegó su momento definitivo. De este escenario saldrá o victorioso o eyectado por la dinámica de una crisis que es mucho más estructural de lo que, como viejo táctico, él mismo piensa. Es más que probable que, incluso en un escenario de tregua o relativa pax intraperonista en los próximos días, el ejercicio de las políticas que se propone llevar a cabo encuentre resistencias en el universo kirchnerista. A horas de su designación, el dirigente social Juan Grabois -cercano al papa Francisco- ya le reclamaba en público la sanción de un salario básico universal de imposible implementación en el contexto financiero de la Argentina actual. El massismo fue en su momento un intento de «matar a la jefa» para «salvar» al peronismo. Como en una tragedia griega, ¿estará ese escenario condenado a repetirse? Ni Daniel Scioli, ni Alberto Fernández, ni ningún otro dirigente de fuste pudo coexistir, sin desintegrarse, con el liderazgo de Cristina. «Liderar implicaría romper con Cristina y no lo voy a hacer», dijo el presidente Alberto Fernández en una confesión definitiva y final, porque expresa que en Argentina solo se puede liderar enfrentándose a ella. ¿Funcionará esta vez el «apaciguamiento» massista?

Jorge Luis Borges escribió que «cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es». Para Sergio Massa, ese momento finalmente ha llegado. 

 

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