La región hoy consume más plástico que nunca pero recicla menos que nadie, por lo que esa basura inunda ríos, valles y playas. Varios países ya aplican leyes para limitar el plástico de un solo uso, pero ¿son suficientes esos pasos para detener una catástrofe anunciada?

 

En La Chimba, en el desierto de Atacama, existe un valle tapizado por miles de bolsas plásticas. Vistas desde lejos parecen globos multicolores, pero al acercarse la realidad choca: son bolsas enredadas en tallos de plantas que intentaron crecer. 

Donde termina ese valle de bolsas comienza la Cordillera de la Costa, entre cuyos barrancos está la Reserva Natural La Chimba, un oasis de niebla en el que crecen cientos de especies vegetales únicas gracias a la neblina del Océano Pacífico. Al igual que en el valle que lo antecede, en esa área protegida es común ver bolsas enredadas entre los cactus y las plantas. La razón: solo a 700 metros se encuentra un vertedero abandonado que recibió durante 50 años la basura de la ciudad de Antofagasta, la más poblada del norte de Chile.

Las bolsas plásticas vuelan desde ese basural, impulsadas por los vientos del Pacífico, y terminan enredadas en las pequeñas plantas desérticas. Justamente esas flores, especies que en el mundo solo crecen en esas laderas, inspiraron la declaratoria de la reserva natural de La Chimba. “Hemos catastrado 90 especies de flora nativa. Es importante destacar que si estas especies desaparecen de acá, también desaparecen del mundo. Y el problema de la basura está impactando el área, y no solo por estas bolsas que llegan volando del vertedero, sino también porque durante años mucha gente venía a botar basura a la reserva y la quemaba acá mismo, dañando el suelo”, explica Mauricio Mora, magíster en Medioambiente y director del Plan de Recuperación de la Reserva La Chimba.

En Ciudad de Guatemala, uno de los principales vertederos está ubicado justo en uno de los nacimientos del río Motagua. La basura sólida, mucha de ella plástica, cae al río y llega hasta el Atlántico, tras afectar en su paso al vecino Honduras.

Según la ONG Ocean Cleanup el Motagua, para esa organización el río más contaminado del planeta, deposita en el Atlántico 20 mil toneladas de plástico al año, equivalentes al 2% del material que contamina los océanos. Ocean Cleanup instaló barreras de acero para filtrar la basura y también hay biobardas de iniciativa gubernamental, pero los desechos han hecho colapsar estas barreras en temporada de lluvias. 

Gerardo Paiz, del colectivo medioambientalista MadreSelva, de Guatemala, explica que aproximadamente el 70% de los desechos que llegan al Motagua provienen de ese relleno sanitario y gran parte son envases plásticos. “Parte de los retos que tenemos como sociedad es ver cómo cambiamos nuestras formas de consumo y nuestras formas de eliminar los desechos, y a la vez los industriales tienen que ver de qué manera sus productos deben generar menos residuos”.

Latinoamérica tiene una cuota importante de responsabilidad en el problema mundial de la basura plástica. Esta región genera diariamente, según la ONU, 17.000 toneladas de residuos de ese material. Brasil es el sexto país que bota más plástico al mar y el continente americano en conjunto es responsable del 10% del plástico que llega hasta los océanos. Y hay países que generan 50 kilos anuales de residuo plástico per cápita, como México y Chile (las naciones latinoamericanas que más plástico consumen). A esto se suma que, según el Banco Mundial, nadie recicla menos. El subcontinente solo aprovecha un 4,5% de los desechos, mientras que en el mundo esa cifra es de un 13,5%. 

¿Qué estamos haciendo al respecto? Varios países latinoamericanos han avanzado en leyes para prohibir los plásticos de un solo uso, pero las medidas, enfocadas en el consumidor, parecen insuficientes. Los expertos recomiendan enfocar las nuevas leyes en el origen del problema, los productores, sin dejar de lado la responsabilidad de los ciudadanos.

Carola Ortuño, experta boliviana en Economía Circular y Manejo de Residuos, distingue entre el consumo de plástico por motivos sanitarios, como el de los hospitales, o de protección alimentaria, del consumo por “confort”, como los envases de comida rápida. “En el caso boliviano hay niños de zonas aisladas a los que les llega leche con envases plásticos y eso ha bajado las infecciones, pero en las ciudades no es necesario que llegue la comida rápida en envases plásticos”.

La mayoría de los países han adoptado las medidas legales en forma progresiva:  empezaron con prohibir las bolsas de este material en comercios y luego a restringir los plásticos de un solo uso. Pero Carola Ortuño dice que falta dar un paso hacia la responsabilidad de los productores.

México es la segunda nación latinoamericana que más plásticos desecha en total después de Brasil y junto a Chile la que más plástico consume per cápita. Allí, desde 2018 se vienen aprobando leyes locales que prohíben plásticos de un solo uso. Hasta este año, 27 estados (de 32) han aprobado algún tipo de restricción. 

En Chile, en tanto, comenzó a regir en febrero la ley que prohíbe los plásticos de un solo uso en locales de alimentos. Desde hace un par de años los comercios no pueden entregar bolsas plásticas y ahora los locales de comida no pueden entregar pajillas, platos, cubiertos o envases plásticos o de poliestireno (que demora mil años en degradarse). Por lo mismo, la comida ahora viene en potes de cartón y con tapas manufacturadas con almidón de azúcar, entre otras alternativas, que demoran 180 días en degradarse. La ley se seguirá ampliando y, para agosto de 2024, los locales no podrán entregar productos no reutilizables.

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Imagen e información de connectas.org