La ausencia de Duque en la ceremonia del martes 28 de junio ya no es un asunto de hipocresía: es una abdicación de las responsabilidades del jefe del Estado.

 

De repente, entre dos frases que no parecían cargar con demasiadas consecuencias, el hombre que estaba sentado delante de mí rompió a llorar. Estábamos en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, y las frases de las que hablo las pronunciaba en el escenario el padre Francisco de Roux, que en dos discursos conmovedores le presentaba al país el mamotreto del informe final de la Comisión de la Verdad. Fueron discursos precisos y elocuentes, llenos del valor civil y la clarividencia moral que siempre han distinguido al padre y que tanto les dificultan a sus enemigos la tarea de calumniarlo. No recuerdo qué estaría diciendo antes del llanto del hombre, pero sí que el llanto fue largo y agitado y que las manos de quienes lo rodeaban no lograron calmarlo en varios minutos, y recuerdo también haber pensado que en un acto como aquél pueden pasar esas cosas: uno llega con la convicción de estar asistiendo a algo importante, incluso con la intuición de que será algo muy importante, pero sólo cuando ocurre algo así se da cuenta de que la importancia no es la misma para todo el mundo.

Pues así es: la presentación del informe final ante esta sociedad rota es una de las cosas más importantes que han pasado recientemente en este país, y bien sabemos que los últimos años no han carecido de cosas importantes. He dicho sin duda demasiadas veces que parte de lo que se negociaba en los acuerdos de paz es un relato de la guerra, porque después de cerrado el conflicto se nos abre a todos la obligación de averiguar qué sucedió en él, y porque una guerra como la nuestra –ocurrida a lo largo de muchos años y con muchos actores cambiantes– es distinta según quien la cuente: es una si la cuenta una víctima de la guerrilla, y otra si la cuenta una víctima de los paramilitares o los crímenes de Estado, y ahora añadiré que también es distinta según el victimario. A lo largo de meses hemos conocido esos relatos –de guerrilleros, de paramilitares, de soldados–, y el informe de la Comisión, entre muchas cosas, es un espacio privilegiado donde esos horrores, a los que hemos dado la espalda tanto tiempo, ahora nos miran a los ojos y nos piden que hagamos algo con ellos.

De manera que nos enfrentamos a varios asuntos, que acaso no sean más que varias caras de lo mismo. En particular, el informe de la Comisión nos pedirá algo que sólo puedo llamar reconocimiento. He hablado con muchas víctimas de esta guerra, y una de las pocas certezas que he conseguido es la importancia enorme que tiene el hecho simple de contar su dolor: contarlo para que la sociedad lo reconozca. Lo cual es, por supuesto, lo contrario de lo que han hecho tantos, desde las FARC –que negaban hasta hace poco la práctica obscena de reclutar menores– hasta la derecha radical, que lo negaba todo y lo sigue negando. Todo: la existencia misma de un conflicto armado, la ocurrencia de los falsos positivos (“no estarían recogiendo café”) o, habiéndose visto obligados a aceptar los falsos positivos, la cifra que se ha vuelto una metáfora: 6.402. A este negacionismo se enfrenta el informe de la Comisión de la Verdad, que es un acto de memoria, y la memoria es un acto moral.

No es difícil ver por qué el partido de gobierno trató con tanto ahínco de deslegitimar el informe, con Uribe gritando a los cuatro vientos que no aceptaba la autoridad de la Comisión mientras el presidente, en escenarios internacionales donde se trataba del acuerdo, aceptaba hipócritamente cada palmadita que le daban sus mayores en la espalda. Pero la ausencia de Duque en la ceremonia del martes pasado ya no es un asunto de hipocresía: es una abdicación de las responsabilidades del jefe del Estado, y nos pone a muchos en mente la idea de que Duque, a fin de cuentas, nunca fue un jefe de Estado: fue el presidente de su partido, el presidente de los suyos, y a veces ni eso.

Sólo alguien tan desconectado de la realidad podía desconocer la magnitud de lo que ocurrió en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán; sólo alguien tan frágil podía ausentarse de ese momento para evitarse un abucheo (que hubiera recibido, sin duda, y eso también es vergonzoso y condenable). Y es una lástima: porque mucho habría podido aprender Duque de la sociedad colombiana si hubiera estado en el teatro, viendo lo que allí vimos, oyendo lo que oímos.

Por ejemplo, las intervenciones de tantos que han sufrido y que estaban presentes allí, en el teatro, interrumpiendo el acto porque tenían todo el derecho: los que reclamaron un breve recuerdo para las víctimas diversas de nuestra violencia, desde los jóvenes asesinados por la guerrilla hasta los movimientos gaitanistas que recordó en voz alta María Valencia, nieta de Gaitán, hablando en el mismo teatro donde su abuelo daba los discursos de los Viernes Culturales. Por ejemplo, las declaraciones de una víctima –qué desgastada está la palabra de tanto que la han manipulado, pero es que no tenemos otra– proyectadas sobre la pantalla del teatro antes del evento: “Queremos contar nuestra historia, lo que nos sucedió”, decía esa persona, y sus palabras breves eran una petición humilde y enorme del reconocimiento del que hablaba yo hace unas pocas líneas. “Ya basta, ya paremos”, decía otra persona, refiriéndose a los ciclos de dolor y desesperación que nos han marcado durante décadas, que se han convertido en el único lente a través del cual podemos entender nuestra realidad, y que a veces nos han parecido invencibles.

¿Por qué ha persistido entre nosotros la violencia? ¿De dónde sale este talento misterioso que ha tenido nuestro conflicto para perpetuarse, para no acabar nunca, para reinventarse o reencarnar en otros conflictos o en otros actores? Las preguntas, que han dado forma a nuestra literatura y nuestro periodismo, le dan forma también a este documento extraordinario que es el informe final. Que es mucho más que un documento, por supuesto: mucho más que la gruesa resma larga de papel que agitó en el aire el padre Francisco de Roux. El informe final de la Comisión de la Verdad es un esfuerzo de investigación y memoria distinto y superior a cualquier cosa que se haya hecho en Colombia, este país de sombras donde el pasado siempre es peligroso. Pero yo creo además que es otras cosas.

Es, como primera medida, una terapia de choque para este país anestesiado, insensibilizado, acostumbrado fatalmente a la degradación de su gente. Es un lugar de encuentro para todos los que quieran saber, de una vez y para siempre, qué es lo que somos los colombianos y por qué somos así, y tal vez hasta logremos entrever la posibilidad de dejar de ser como hemos sido: de ser mejores, si se me permite el inusual y efímero momento de optimismo. Finalmente: es una manera posible de la sanación y aun de la reconciliación, si uno cree, como creo yo, que no hay manera de pasar la página de la violencia si primero no aceptamos leerla: si no aceptamos lo que nos hemos hecho.

Nada de esto va a ser fácil, desde luego. Por eso hay que empezar cuanto antes.

 

Imagen e información de elpais.com