Este artículo aborda la problemática derivada de la aplicación de las sanciones impuestas a Rusia por los EE.UU., la Unión Europea (UE), Canadá, Australia, Japón y otros países asiáticos, como represalia por haber invadido Ucrania. Intenta evidenciar que esta decisión de Vladimir Putin podría provocar un aislacionismo para su pueblo y una dinámica de empobrecimiento que lo puede retrotraer a los niveles padecidos al final de la Unión Soviética, hace ahora treinta años. Se pretende asimismo bosquejar el nuevo orden geopolítico que emerge, y valorar todo lo expuesto desde la perspectiva de la Doctrinal Social de la Iglesia (DSI)[1].

Estamos ante dos guerras desiguales

Cumplido ya el segundo mes de la numantina resistencia de Ucrania, es cada vez menos sorprendente constatar que este país puede resistir con firmeza y hacer fracasar el plan de una invasión rápida rusa. La extinta Unión Soviética, gobernada por el ucraniano Leónidas Breshniev, encontró en Afganistán su Vietnam. La Federación rusa bajo Putin parece estar repitiendo el error al intentar invadir la ex República soviética más significativa.

El poderío militar de los dos países enfrentados sobre el terreno es manifiestamente desigual ya que el desequilibrio es abrumador en favor de Rusia. Ambos ejércitos son sucesores del Ejército Rojo de la Unión Soviética y heredaron sus arsenales, su estructura y sus tácticas. Pero Ucrania tuvo que entregar a Rusia las armas nucleares que había heredado, y, en el Mar Negro, tras repartirse la flota, quien se llevó el puerto de Sevastopol, en Crimea, fue el Kremlin. El ruso es hoy un ejército moderno, ágil, muy móvil: desde la Guerra Fría, se ha centrado en gran medida en los sistemas de ataque de largo alcance. Ambos bandos tienen fuerzas terrestres potentes, pero las tropas de Moscú cuentan con más medios y, además, más modernos que los de Kiev[2]. Según datos de Janes Intara[3], uno de los medios especializados en Defensa más reputados del mundo, estos son los datos fundamentales de los contendientes: Presupuesto (en miles de millones de dólares): Ucrania 4,1, Rusia 45,3, Soldados (activos, sin contar reservistas): Ucrania 219.000, Rusia 840.000; Aeronaves de combate: Ucrania 170, Rusia 1.212; Helicópteros de ataque: Ucrania 170, Rusia 997; Tanques: Ucrania 1.302, Rusia 3.601; Artillería para autopropulsión y armamento contra aeronaves: Ucrania 2.555, Rusia 5.613. La desproporción del poderío militar es tan apabullante que hizo pensar en una Blitzkrieg, una guerra relámpago rusa, de una ofensiva corta y contundente, de no más de una semana. Recuérdese que la invasión nazi de la Unión Soviética comenzó el 22 de junio de 1941, y ya para el 30 de junio, la Wehrmacht había tomado Kiev.

En cuanto al poderío económico, Ucrania es el segundo estado más extenso de Europa con 603.628 km2, solo por detrás de Rusia y tenía, y hace un año contaba con 52,1 millones de habitantes con un nivel de vida modesto, acorde a su PIB, el 57º en el ranking de países[4]. Rusia tiene una superficie de 17.098.250 km2, lo que la convierte en el país más grande del mundo, tiene una población de 146.171.000 personas. Sorprendentemente, no es la potencia económica que podría ser. Su PIB, cifrado en 1,7 billones de dólares, es sólo un poco mayor que el de España; lo que equivale al 10% de la producción de la UE. Con una renta per cápita de 8.846 euros, se sitúa en el puesto 67 del ranking[5]. Así las cosas, una guerra dilatada supondrá para Rusia un coste muy significativo. El porcentaje ruso de gasto militar a PIB es el más alto del mundo (5%). Con ello no invierte productivamente cuanto debiera y compromete su crecimiento económico. Rusia se ve obligada a importar dos tercios de los bienes manufacturados que precisa, financiados con gas y petróleo, que representan el 80% de sus exportaciones. El gran fracaso de Putin en esos 20 últimos años es que no ha logrado reducir la dependencia de su economía del petróleo y el gas. Tiene una potencia militar que no se corresponde con su potencia económica. Es también en esto fiel heredero de la Unión Soviética, capaz de mandar artefactos al espacio y, a la par, no lograr abastecer suficientemente los estantes de los supermercados[6].

No deja de ser una exageración calificar a Rusia como un gigante con pies de barro. De todos modos, a este coloso que se extiende a través de 11 zonas horarias del planeta le está costando mucho más de lo que pensaba engullirse a su vecino, mucho más pequeño en comparación, Ucrania. La realidad es que la resistencia ucraniana está sorprendiendo a todos y muy en especial al ejército ruso. ¿Se repetirá la historia de David y Goliat? ¿Quedará Rusia estancada en su guerra de expansión? El peligro reside en que, acorralado por el lento progreso de la invasión, Putin pierda un poco más los estribos, redoble la escalada bélica, y conduzca al mundo a un callejón sin salida. Todo puede suceder, pero lo que es seguro es que Putin ha alterado sustancialmente el mundo.

El hecho decisivo es que David cuenta con un importantísimo apoyo, ya que detrás de Ucrania está en estos momentos la economía de Occidente y la solidaridad de casi todo el planeta. Putin ha propiciado el que las grandes economías occidentales con Japón y otros países de Asia se hayan coaligado y le hayan declarado una guerra financiera de una intensidad única en la historia. Esta segunda contienda es así mismo desigual.

Las finanzas: un arma de guerra

Le gustaba repetir a Keynes la consideración, atribuida a Lenin, de que la forma más sutil y segura de socavar la base de una sociedad es corromper su moneda[7]. Quizá este presagio se cumpla en la propia patria de Lenin, con el rublo, a partir de las represalias desencadenadas contra Putin y su gobierno por la invasión de Ucrania[8].

La respuesta de Occidente, en particular la europea, ha sido contundente: ha adoptado un paquete de durísimas sanciones. Las más sonoras y lesivas son la expulsión de Rusia del sistema Swift y la congelación de los activos exteriores de su Banco central. Con ello, la coalición occidental ataca el rublo. Las represalias occidentales son las medidas más duras jamás impuestas contra un estado del tamaño y el poder de Rusia. En el espacio de menos de tres semanas, Estados Unidos y sus aliados han aislado a los principales bancos rusos del sistema financiero global; han bloqueado la exportación de componentes de alta tecnología al unísono con aliados asiáticos; se han apoderado de los activos en el extranjero de cientos de oligarcas ricos; han revocado los tratados comerciales con Moscú; prohibido a las aerolíneas rusas del espacio aéreo del Atlántico Norte; restringido las ventas de petróleo ruso a los Estados Unidos y el Reino Unido; bloqueado toda la inversión extranjera en la economía rusa; y congelado 403.000 millones de dólares de los 630.000 millones de dólares en activos extranjeros del Banco Central de Rusia.

Estas medidas sin precedentes, que habrían parecido inimaginables incluso para la mayoría de los expertos hace unas semanas, han tenido un efecto devastador en el valor de la moneda rusa. Lo vimos inmediatamente después del anuncio de las primeras sanciones, cuando el rublo cayó casi un 30% en un día. Ya no cotiza en Occidente, y Rusia se ha visto obligada a duplicar los tipos de interés del 9,5% al 20%, y a exigir que Europa pague su gas en rublos[9]. Todo lo anterior, ha estrechado a la economía rusa, a su moneda y a sus activos en un corsé asfixiante. La decimosegunda economía más grande del mundo ha quedado desacoplada de la globalización del siglo XXI[10]. Occidente, en una campaña sin precedentes, pretende sitiar a Rusia, una economía del G-20 con un gran sector de hidrocarburos, un sofisticado complejo militar-industrial y una canasta diversificada de exportaciones de productos básicos. Las sanciones a Rusia alteran el orden global. Y tienen una gran limitación, un efecto boomerang, ya que impide a los bancos del resto del mundo el comercio real o financiero con su contraparte rusa. Está claro que las sanciones también supondrán un coste para quienes las imponen, a través de la inflación provocada por las interrupciones en las cadenas de suministro y del precio astronómico de la energía y de los alimentos. Pero se siente un consenso en Occidente: hay que asumir este precio ya que están en juego nuestros valores y nuestro futuro común.

¿Las sanciones como armas de destrucción masiva?

Las sanciones comerciales tienen una larga historia. Occidente ha utilizado medidas similares contra Cuba, Irán, Irak, Siria, Corea del Norte, Venezuela y Afganistán. En cada caso, las sanciones perjudicaron a las personas de los países a los que se dirigieron, pero mostraron pocas señales de limitar el poder o cambiar el comportamiento de los líderes políticos de los países. Además, se trataba de medidas tomadas contra economías que eran lo suficientemente pequeñas en tamaño como para contener cualquier efecto adverso significativo. El grado de integración en la economía mundial de los países sancionados era relativamente modesto. Solo el despliegue de las sanciones de Estados Unidos contra Irán requirió un cuidado especial para evitar alterar el mercado petrolero.

Siempre se ha considerado que cuanto más duras son las sanciones más posibilidades tienen de lograr su fin. De hecho, las sanciones actuales sobre Rusia tienen el potencial de generar graves consecuencias políticas y materiales. Biden se lo advirtió a Putin en su discurso del Estado de la Unión: «Él no tiene idea de lo que le viene»[11].

El shock inmediato para la economía rusa es el más obvio. Se espera que se contraiga al menos entre un 10 y un 12,5% este año, pero el daño podría ser mucho mayor[12]. El rublo ha caído más de un tercio desde principios de enero. Se está produciendo un éxodo de profesionales rusos calificados, mientras que la capacidad para importar bienes de consumo y tecnología valiosa ha disminuido drásticamente.

El impacto de las sanciones va más allá de las decisiones tomadas por el G-7 y los gobiernos de la UE. Los paquetes oficiales de sanciones han tenido un efecto catalizador en las empresas internacionales que operan en Rusia. Prácticamente de la noche a la mañana, el inminente aislamiento de Rusia ha puesto en marcha una huida corporativa masiva. En lo que equivale a un vasto boicot del sector privado, cientos de importantes empresas occidentales en las industrias de tecnología, petróleo y gas, aeroespacial, automóviles, fabricación, bienes de consumo, alimentos y bebidas, contabilidad y finanzas, y transporte se están retirando del país. Cabe destacar que estas salidas en muchos casos no son requeridas por las sanciones; son impulsados por la condena moral, las preocupaciones de reputación y el pánico. Como resultado, el retroceso empresarial está profundizando el shock económico para Rusia al multiplicar los efectos económicos negativos de las sanciones de la gran coalición política adversaria.

En comparación con los bombardeos indiscriminados de Rusia, las represalias occidentales no matarán inocentes, no reducirán a escombros ciudades enteras, ni inspirarán pánico, pero los efectos de estas armas económicas no deben ser subestimados. Cuando se despliegan plenamente, las sanciones también son armas de destrucción masiva. No dejan los edificios en ruinas, pero destruyen empresas, instituciones financieras, medios de subsistencia e incluso vidas. Infligen dolor indiscriminadamente, golpeando tanto a los culpables como a los inocentes. Las armas económicas sin precedentes que se han desplegado contra Rusia serán incuestionablemente dolorosas. Si estas medidas no se revierten, se traducirán inexorablemente en niveles de vida más bajos, peor salud y más muertes en Rusia[13]. Amiyatosh Purnanandam, de la Universidad de Michigan, describió las sanciones occidentales como «un ataque nuclear no violento al sistema económico de Rusia»[14].

Pero las ramificaciones de las sanciones occidentales van mucho más allá de estos efectos sobre la propia Rusia. Los precios del petróleo crudo, el gas natural, el trigo, el cobre, el níquel, el aluminio, los fertilizantes y el oro se han disparado. Debido a que la guerra ha cerrado los puertos ucranianos y las empresas internacionales están rechazando las exportaciones rusas de productos básicos, una escasez de granos y metales ahora se cierne sobre la economía global. El efecto de los precios de la energía y de los productos básicos en todos los ámbitos impulsará la inflación mundial al alza. Los países africanos y asiáticos, que dependen de las importaciones de alimentos y energía, ya están experimentando dificultades.

Las economías de Asia Central también están atrapadas en el shock de las sanciones. Estos antiguos estados soviéticos están fuertemente conectados a la economía rusa a través del comercio y la migración laboral hacia la Federación rusa. El inminente empobrecimiento de Rusia obligará a millones de trabajadores migrantes de Asia Central a buscar empleo en otros lugares.

Es innegable que las sanciones contra Rusia tendrán efectos nunca antes en la economía mundial, lo que exigirá una respuesta internacional coordinada. Si este régimen punitivo se mantuviera por demasiado tiempo, podría revertir el proceso de globalización que ha permitido, todo considerado, que el mundo moderno prospere. Una economía global balcanizada perjudicaría a todos.

Las verdaderas consecuencias macroeconómicas y macrofinancieras de las sanciones globales están por conocerse. El único posible antecedente se remonta a la década de 1930, cuando las democracias intentaron usarlas de manera similar para detener la agresión de economías autocráticas de gran tamaño como la Italia fascista, el Japón imperial y la Alemania nazi. El telón de fondo crucial de estos esfuerzos fue la Gran Depresión, que había debilitado las economías e inflamado el nacionalismo en todo el mundo. Cuando el dictador italiano Benito Mussolini invadió Etiopía en octubre de 1935, la Sociedad de Naciones implementó un régimen de sanciones internacionales aplicado por 52 países. Fue una impresionante respuesta unida, similar a la actual en la invasión rusa de Ucrania.

Pero la contención económica de la Italia fascista limitó la capacidad de las democracias para usar sanciones contra un agresor que era aún más amenazante: Adolf Hitler. Como un importante motor de la demanda de exportación para las economías europeas más pequeñas, Alemania era una economía demasiado grande para ser aislada sin graves pérdidas comerciales para toda Europa. Los dilemas de las sanciones de la década de 1930 muestran que los agresores deben ser confrontados cuando perturban el orden internacional. Pero también ponen de manifiesto el hecho de que la viabilidad de las sanciones, y las posibilidades de su éxito, siempre dependen de la situación económica mundial. En condiciones comerciales y financieras inestables, será necesario prepararse para efectos no deseados de todo tipo. El uso de sanciones contra economías muy grandes simplemente no será posible sin políticas compensatorias que apoyen a las economías de los sancionadores y del resto del mundo.

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Fernando de la Iglesia Viguiristi, SJ
Doctor en Teoría Económica
de la Universidad de Georgetown (Washington, D.C).
Es profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Gregoriana.

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[1] Este título se inspira en dos obras de J.M. Keynes: Las consecuencias económicas de la paz y Las consecuencias económicas de Mr. Churchill. En la primera abordó las sanciones que se impusieron a Alemania tras ser derrotada en 1918, calificadas por él como como las impuestas por Roma a Cartago. En la segunda analizó el descomunal error de Winston Churchill al optar por el retorno de la libra al régimen del patrón oro, una de las decisiones más equivocadas en la larga e impresionante historia de los errores económicos.
[2] Cfr C. Rengel, «La comparación entre los Ejércitos de Rusia y Ucrania», en Huffpost (www.huffingtonpost.es/entry/la-comparacion-entre-los-ejercitos-derusia-y-ucrania_es_621763fae4b06e1cc58ac7e7), 24 de febrero de 2022.
[3] Cfr «Using Janes Intara to build a common intelligence picture: Russian Build up on the Ukrainian border», en www.janes.com/intelligence-resources/case-studies/Janes-Intara-common-intelligence-picture-Russia-Ukraine 
[4] Cfr International Monetary Fund, «World Economic Outlook. Recovery during a Pandemic», 21 de octubre de 2021.
[5] Cfr «Rusia: Economía y demografía», en Expansión / Datosmacro.com (https://datosmacro.expansion.com/paises/rusia).
[6] Cfr D. Yergin, The New Map: Energy, Climate, and Clash of Nations, London, Penguin Books, 2021, 73.
[7] Cfr F. W. Fetter, «Lenin, Keynes and Inflation», en Economica 44 (1977) 77-80.
[8] Cfr P. Cohen – J. Smialek, «Occidente ataca al rublo, uno de los puntos débiles de Putin», en The New York Times (www.nytimes.com/es/2022/02/28/espanol/rusia-ucrania-sanciones-rublo.html), 28 de febrero de 2022.
[9] Cfr A. Mihailov, «Why paying in roubles for Russian gas and oil might matter», en VoxEU (https://voxeu.org/article/why-paying-roubles-russian-gas-and-oil-might-matter), 29 de marzo de 2022.
[10] Cfr N. Mulder, «The Toll of Economic War. How Sanctions on Russia Will Upend the Global Order», en Foreign Affairs (www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2022-03-22/toll-economic-war), 22 de marzo de 2022; cfr además Id., The Economic Weapon: The Rise of Sanctions as a Tool of Modern War, New Haven, Yale University Press, 2022.
[11] «“No tiene idea de lo que viene”: cómo Biden lanzó la mayor advertencia de un líder de EE.UU. a uno de Rusia desde el fin de la Guerra Fría», en BBC News Mundo (https://tinyurl.com/22zrkvx9), 2 de marzo de 2022.
[12] Cfr «Russia: Goldman stima calo Pil 2022 del 10%, Barclays del 12,4%», en La Stampa (www.borsaitaliana.it/borsa/notizie/teleborsa/finanza/russiagoldman-stima-calo-pil-2022-del-10-barclays-del-124-77_2022-03-21_TLB.html?lang=it), 21 de marzo de 2022.
[13] Cfr R. G. Rajan, «Armi economiche di distruzione di massa», en Project Syndicate (www.projectsyndicate.org/commentary/economic-wmds-and-the-riskof-deglobalization-by-raghuram-rajan-2022-03/italian?barrier=accesspaylog), 17 de marzo de 2022.
[14] B. Needham, «Financial Sanctions Against Russia Will Create Wide-Ranging Impact, Michigan Ross Expert Says», en https://michiganross.umich.edu/news/financial-sanctions-against-russia/, 3 de marzo de 2022.

 

Imagen e información de laciviltacattolica.es