Es importante saber la identidad de la tierra donde el ser humano tiene un origen: todos hemos tenido una madre y un padre que nos han dado el origen humano en nuestro existir y llevamos en nuestro cuerpo nuestra identidad, los genes de nuestros progenitores. La tierra también tiene un progenitor que la creó y tiene unos genes que le dan identidad.

SALIDA DE LA MANO DE DIOS

Dios, que creó al hombre y a la mujer, también creó la tierra. Esta tierra tiene un origen divino y que antecede a la existencia humana. Dios creó la tierra “y vio que todo lo que había hecho era muy bueno” (Gn 1,31). Salida de la mano de Dios, Él ”creó el cielo y la tierra” (Gn 1,1), lo profesamos como verdad de fe en el credo.

“Dios llamó a los continentes tierra, y a la masa de las aguas la llamó mar. Y vio Dios que era bueno” (Gn 1,10). Era un tierra sin males, salida de la bondad que se desborda del amor de Dios. Y puso en esta tierra al hombre y la mujer que creó, “y los bendijo diciéndoles: ”sean fecundos, multiplíquense y llenen la tierra” (Gn 1,28).

Celebrar el día de la tierra debe ser celebrar la vida creadora de Dios, celebrar la bondad de Dios. Esta tierra en que vivimos es una vida que crece y se mueve. La tierra es un ser que habla en sus plantas y en sus ríos, en sus flores y en sus aves, la flora y la fauna. La tierra alaba al Creador y en ella todo está interconectado. ”Nosotros somos agua y tierra vida creada por Dios“, en la tierra también está la vida humana que Dios creó, un mundo que debiera crecer como es el deseo de Creador, en armonía y fraternidad. Una tierra a la que aspiramos, a la “tierra sin males”, como diría el poeta Casaldáliga.

HERMANA MADRE TIERRA

Quisiera hoy recordar aquellas palabras de nuestro hermano San Francisco, que supo descubrir en esta creación la gran familia que ha salido de las manos del mismo Padre Dios. Por ello, la tierra y el hombre tienen un mismo origen. Así llama a la tierra “hermana”.

Pero más que “hermana”, la tierra es “madre” que cobija a todos, que a todos da sustento y alimento, es casa común, hogar donde vivimos y nido donde dormimos. Esa es la tierra que Dios creó y nos la entregó para que la cuidemos.

Quisiera hoy también recordar aquellas palabras de nuestro hermano obispo amazónico Pedro Casaldáliga, el hombre profeta y poeta que comparte el dolor de la tierra, en la búsqueda que tenemos de una “tierra sin males”.

Leía: “los indios guaranís, guiados por una nostalgia, buscaron siempre una Tierra sin males. Puede parecer una utopía, pero posible, ese es el deber fundamental de la historia humana. Pero hoy la Amazonia, como máximo exponente de aquel paraíso terrenal que Dios creó, grita de dolor. Sufre con sus pueblos, desde los niños hasta los mayores, con sus animales que perviven perseguidos en sus selvas buscando su refugio. Sufren las planta la deforestación y sus ríos la contaminación, sufre el hombre que respira un aire contaminado. La tierra grita de dolor ante el extractivismo salvaje de la codicia insaciable del hombre”.

TIERRA ENFERMA

Queremos recordar también aquellos versos de Casaldáliga, que parecen una profecía de ayer para hoy:

“Yo era la tierra libre, era el agua limpia, era el viento puro fecundos de abundancia, repletos de canciones. Y nosotros te dividimos en reglas y fronteras. A golpes de ganancia repartimos la Tierra. Invadimos las chacras, invadimos los poblados, invadimos al Hombre, Yo trazaba el camino cada vez que pasaba. La Tierra era el camino. El camino era el Hombre. Nosotros abrimos carreteras, de mentira carreteras de miseria, caminos sin salida e hicimos del lucro el camino cerrado para el Pueblo de la tierra.
Yo era la salud de los ojos penetrantes como flechas, de los oídos prontos, músculos armoniosos ,del alma en sosiego. Y nosotros te sumergimos en los virus, bacilos y pestes importadas. Redujimos tu Pueblo a un pueblo de enfermos, a un pueblo de difuntos”.

Nos quejamos del dolor y muerte de la pandemia del coronavirus en el planeta tierra y no nos quejamos de los golpes que a lo largo de los siglos la tierra aguantó por el pecado humano que no quisimos reconocer, del irrespeto a la Naturaleza.

Despojamos a la tierra de su flora, manchamos sus aires puros y sus ríos cristalinos, y cambiamos el clima, lanzamos al aire los gases de veneno que van haciendo irrespirable la existencia humana. Remplazamos la selva verde de los arboles por la selva del cemento. Cambiamos la belleza viva creada por Dios, Que Él nos regaló para contemplar y aprender, por la belleza muerta, fría, artificial de los hombres perdiendo la capacidad del asombro en nuestro caminar. Y hoy, como nos decía Casaldáliga, “redujimos nuestros pueblos a un pueblo de enfermos y difuntos”, profecía que se cumple en esta historia que estamos escribiendo y contemplando.

NECESIDAD DE UN CAMBIO DE RUMBO

Entre tanto, como recorda el Papa Francisco, “en medio de la degradación ambiental de nuestra tierra, esa contemplación de la realidad nos indica la necesidad de un cambio de rumbo y nos sugiere acciones que nos ayuden a salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo“ (Laudato Si’ 163).

Todavía estamos a tiempo de pasar de la degeneración a la regeneración de una vida nueva. ”No todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse y optar por el bien y regenerarse mas allá de los condicionamientos mentales y sociales que les dispongan (LS, 205).

ESPIRITUALIDAD Y EDUCACIÓN ECOLÓGICA

Esta bella encíclica Laudato Si es una hoja de ruta a seguir y, en este día que celebramos la tierra, debemos sembrar esperanza. Sembrar esperanza es asumir un compromiso de sembrar en la humanidad una espiritualidad ecológica. Es necesario una educación ecológica que desembocaran en largos procesos de regeneración, como también nos dice el Papa Francisco en su encíclica:

”Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos” (LS 202).

Hoy es el día de agradecer y alabar al Creador por la tierra, que nos regalo para cuidarla.

Hoy es el día de suplicar y pedir con insistencia perdón y misericordia por los pecados ecológicos que la humanidad cometió contra la naturaleza humana.

Hoy es el día de asumir el compromiso de una ecología integral, donde la tierra y el hombre son una realidad inseparable, y juntos debemos ayudarnos y querernos.

Hoy la tierra nos pide un beso de ternura y reconciliación, que busquemos una “tierra sin males”, como Dios la creó.

 

 

Imagen e información de repam.net