Siempre que las mujeres individual o colectivamente se han rebelado ante la situación de desigualdad, subordinación u opresión en que el patriarcado las situaba y han revindicado su dignidad proponiendo una situación alternativa, la conciencia feminista ha estado ahí latente, aun cuando ellas mismas no le dieran ese nombre. Los feminismos, entendidos como movimientos de justicia con las mujeres, han sido vistos con sospecha -y lo siguen siendo- en todas las épocas de la historia. La razón de su sospecha es que producen sobresalto e inquietud como aquellas mujeres primeras testigos de la Resurrección de Jesús (Lc 24,13-35). La razón de su sospecha es porque cuestionan privilegios, desinstalan conciencias, relaciones, formas de estar en el mundo…, y esto siempre resulta peligroso para quienes detentan el poder, pero han sido y son imprescindibles para reconfigurar el mundo y provocar cambios sociales desde sus raíces, porque socaban los cimientos del patriarcado y lo hacen desde la inteligencia colectiva y creativa de las mujeres y de forma pacífica y comunitaria.

El feminismo en cuanto a teoría y práctica política en Europa tiene su origen en la Ilustración, en el contexto de la Revolución francesa. Las mujeres y algunos hombres en el siglo XVIII empiezan a organizarse conscientes de que sin derechos civiles para las mujeres no pude haber una auténtica revolución y reivindican derechos matrimoniales, educación, capacitación profesional y derecho al voto, cuestionando que la desigualdad en las relaciones de poder entre hombre y mujeres tengan que ver con el orden natural. Sin embargo, una vez acontecida la revolución, las mujeres incorporadas en este movimiento serán llevadas al cadalso como le sucedió a Olympe de Gouges. Esta etapa constituye la primera ola del feminismo e incluye el periodo desde 1789 hasta mediados del siglo XIX.

La segunda ola del feminismo se identifica con la reivindicación de los derechos políticos para las mujeres, con el movimiento de las sufragistas, iniciado en 1848 con la Declaración de Seneca Falls, exigiendo el voto femenino y la reclamación de participación política. Se extiende hasta fines de la Segunda Guerra Mundial y la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 que reconoce el sufragio femenino como derecho universal. En esta segunda ola se reivindica también la educación superior, condiciones laborales justas, igual salario, derechos y deberes matrimoniales equiparables, control de la natalidad, etc. El movimiento aparece vinculado al pacifismo, al interclasismo y al antirracismo. Muchas de las mujeres implicadas en este movimiento tenían convicciones religiosas y denunciaron la interpretación de la Biblia para la opresión y el sometimiento de las mujeres reivindicando otras interpretaciones y exegesis (La Biblia de las mujeres de Olivia Caddy Staton es un buen ejemplo)

Existe también una tercera ola del feminismo que tiene como precedente la publicación en 1963 de La mística de la Feminidad de Betty Friedan. Se articula en torno al 68 y se extiende hasta los 80 presentando una nueva agenda en relación con los derechos sexuales y reproductivos, la violencia sexual y de género, las discriminaciones legales y laborales (brecha salarial, techo de cristal…). Reivindican que «lo personal es político» e incorporan la categoría «género» como categoría de análisis y transformación de la realidad.

La categoría “género” ha sido y es fundamental para reconfigurar el mundo. Desarrolla la idea de que lo masculino y lo femenino no son construcciones puramente biológicas, sino culturales, fruto del aprendizaje social y los roles, atribuciones, papeles y espacios sociales asignados. El sistema de género ordena la sociedad, las relaciones entre las personas, la vida pública y la privada y lo hace de forma jerarquizada, siendo los elementos asociados a la masculinidad los que ocupan una situación de privilegio y visibilidad frente a subordinación de lo femenino. La categoría género, tal y como la entendemos las mujeres no es una ideología sino un instrumento de análisis, una perspectiva. Es decir, una categoría que cuestiona las relaciones sociales entre hombres y mujeres y la comprensión esencialista de lo femenino y lo masculino para concebirlos como una construcción que conlleva elementos culturales y que, como tales, pueden ser modificados. En la experiencia de las mujeres el enfoque de género ha sido y es extraordinariamente liberador. Es una herramienta necesaria que nos ayuda a desarrollar nuevos modos de ser persona mujer y persona varón, nuevos modos de ser familia y comunidad, nuevos modos de amar y ser amadas reivindicando la autoestima, el amor propio, el respeto mutuo y que la diferencia no puede ser causa de desigualdad. Quizás por eso, por las consecuencias que el análisis de género ha tenido en la vida de las mujeres, cuestionando roles, espacios y papeles sociales, los sectores más conservadores de la iglesia y la sociedad civil se resisten a incorporarla. Pero no hacerlo es reducir la cuestión de las mujeres a puro esencialismo o complementariedad lo cual nos mantiene en la misma situación de desigualdad y exclusión más allá de las buenas intenciones. Es a partir de esta tercera ola cuando ya no se puede hablar de feminismo sino de feminismos dada la diversidad de acentos: feminismo de la igualdad, feminismo de la diferencia, ecofeminismo, feminismo autónomo, feminismo institucional…

Actualmente estamos viviendo una nueva etapa que denominamos ya sin pudor como la cuarta ola del feminismo. Un feminismo que se define en plural, que es interseccional, porque las mujeres nos reconocemos más que nunca atravesadas por desigualdades y precariedades que nos sitúan en lugares muy diversos frente al patriarcado: el trabajo asalariado, los cuidados, el consumo, el ejercicio de nuestros derechos, la formación y la participación ciudadana y por las diferencias también según la procedencia, la clase, la edad, la orientación sexual, la raza, la colonialidad.

En la actual coyuntura los feminismos forman parte de un proceso de transformación radical de la sociedad, de la cultura, de la economía, de las relaciones, la teología, la espiritualidad. Aspiran a que las mujeres ocupen el espacio público, se reapropien de la decisión sobre sus cuerpos y sus vidas y de una economía que tenga en el centro el cuidado y no el capital. Se reivindica el cuidado como una categoría política universal que exige una reorganización social alternativa. Como señala Victoria Camps[1], las mujeres del siglo XXI aspiramos a otros modos de organización más integrales e integradores, no queremos producir esquemas excluyentes, porque no queremos seguir reproduciendo dualismos, sino que buscamos la inclusión de toda vida, buscamos un modelo más integrador y holístico, en el que tan vital sea la política como la belleza, tan necesario es el orden como el afecto. No queremos sólo un mundo organizado, sino también hermoso. No queremos un mundo donde gobierne la razón en exclusiva, sino también con lugar para el sentimiento. Un mundo donde la razón compasiva sustituya a la razón meramente instrumental y pragmática, un mundo en el que la vida este en el centro.

Reivindicamos la descolonización de los movimientos de liberación de las mujeres: los feminismos negros, gitanos o interculturales, los feminismos lésbicos y trans; nuevas formas de sindicalismo feministas como pueden ser Las Kellys o las trabajadoras de hogar y de cuidados, la lucha mundial contra los feminicidios y la violencia sistémica y global contra las mujeres en todos los ámbitos, especialmente en las fronteras. De hecho, de esta internacionalización de las luchas nacen las movilizaciones del 7N o la huelga de las mujeres, que se gestan primero en América Latina y posteriormente en España.

Como señalaba bell hooks[2], los feminismos no son un movimiento de reivindicación contra los hombres, sino para poner fin al pensamiento y la práctica sexista con independencia de quienes lo perpetúen, sean hombres o mujeres, puesto que todos y todas hemos de hacer un trabajo de desaprendizaje de patrones, conductas, relaciones introyectadas en nuestras vidas por el patriarcado. En estos nuevos aprendizajes y desaprendizajes entra también la espiritualidad y la teología. Somos muchas las mujeres cristianas y feministas articuladas en redes en el estado español desde hace más de 35 años y desde las que intentamos también reconfigurar el mundo y la iglesia. Redes como Mujeres y Teología, la Asociación de Teólogas de España, la Red Miriam de Espiritualidad ignaciana Femenina, Dones creyents, etc. Algunas de las temáticas más desarrolladas en estas redes son:

  • El cuestionamiento de la antropología patriarcal que legitima la exclusión, el empobrecimiento y la violencia contra las mujeres y frente a ello el reconocimiento de nuestra dignidad.
  • Las imágenes de Dios, los lenguajes, simbólicos y rituales que ignoran la realidad de las mujeres y refuerzan el sexismo.
  • La reivindicación del cuerpo de las mujeres, a imagen y semejanza de Dios y no como objeto de explotación y violencia.
  • La ekklesia de las mujeres y la comunidad de iguales como nuevas categorías eclesiológicas y desde ahí el acceso a la plenitud de los ministerios.
  • Repensar la moral especialmente la sexual y la económica desde la perspectiva de las mujeres.
  • El cuidado de la casa común desde un enfoque ecofeminista.
  • La lectura de la Biblia con ojos de mujer, desde una hermenéutica con enfoque de género

Del trabajo de siembra y apuesta de todos estos colectivos de mujeres feministas cristianas emerge en el año 2020 como una marea imparable Alcem la veu y La Revuelta de las mujeres en la iglesia con presencia en más de 22 ciudades de España y tejidas internacionalmente con Voices of faith[3] en la preparación del Sínodo Mundial de mujeres (CWC) que estamos preparando para octubre del 2022 en Roma. Pero, mucho antes, el 6 de marzo, como ya lo hicimos antes de la pandemia tuvimos una cita en las puertas de las catedrales españolas para seguir reivindicando juntas el fin de la discriminación de las mujeres en la iglesia bajo el lema: “En la iglesia con voz y voto”.

Nos mantiene en esta aventura el convencimiento, como diría San Ireneo interpretado con perspectiva de género, que la gloria de Dios es que las mujeres vivan y lo hagan en abundancia.

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[1] Victoria Camps, El siglo de las mujeres,1998
[2] bell hooks. El feminismo es para todo el mundo,2017
[3] https://voicesoffaith.org/es-cwc

 

Imagen e información de blog.cristianismeijusticia.net