Las características peculiares del cibersexo

Internet, junto con el ofrecimiento de enormes posibilidades a varios niveles —información, datos, velocidad de contacto y optimización del tiempo, incremento de relaciones—, plantea al mismo tiempo problemas antiguos del mundo offline (soledad, pornografía, violencia, robos, virus), pero a una escala cualitativamente diferente. Como todo nuevo descubrimiento o invento, tampoco la tecnología digital puede resolver un problema sin crear otros.

¿Qué es la dependencia?[1] Ella nos habla de la esencial necesidad del «otro» que tiene todo ser humano para vivir, reconociendo que no es autosuficiente. Una dependencia puede ser sana si ayuda al desarrollo personal: pensemos en la comida, en el agua y en el sueño, que mantienen a la persona con salud; pensemos también en la cultura, en el ocio, en las relaciones que enriquecen la vida haciéndola más bella y más interesante para uno mismo y para los demás. Por el contrario, la dependencia se vuelve malsana, enferma y también patológica si impide el desarrollo de la persona, empobrece su existencia, hasta incluso destruirla. Si una dependencia sana se abre a la relación, a salir de sí, la dependencia enferma, por el contrario, lleva a replegarse sobre uno mismo y hacer del propio yo el centro de todo.

Una modalidad particularmente destructiva es la dependencia de la pornografía virtual mediante el acceso a sitios de Internet. La dependencia sexual, en particular, expresa las contradicciones de una sociedad y de un estilo de vida que busca ir detrás de toda posible emoción. Por eso aparecen en ella problemas y dificultades muy semejantes a los que se presentan en el mundo real. No obstante, la Red presenta también diferencias específicas y, por tanto, motivos nuevos de preocupación respecto de la pornografía impresa y en discos de vídeo.

Ante todo, el tiempo dedicado a la navegación (y la influencia que todo eso tiene sobre la imaginación y la mente) tiende a ampliarse. La oferta siempre nueva y fácilmente disponible conduce a un sensible aumento de esta dimensión en la vida del pornodependiente. Al Cooper, uno de los pioneros en este campo, señalaba cómo la casi totalidad de la muestra de su investigación pasaba en actividades ligadas al cibersexo por lo menos diez horas a la semana[2]. Así, el tiempo libre —y no solo el libre— termina siendo progresivamente erosionado por la pantalla de la computadora, haciendo que el horario del sueño se retrase cada vez más.

Relevante es, además, el modo de difusión: a diferencia del medio impreso, el electrónico llega a una franja de público cada vez mayor. Esto puede volverse peligroso para quienes, encontrándose en medio de su desarrollo, comienzan a enfrentarse a la delicada y compleja dimensión de la sexualidad (junto con las subyacentes e igualmente críticos problemas ligados a la soledad, al sentimiento de inferioridad y de frustración, para las cuales la pornografía parece ofrecer un poderoso modo de compensación).

Otro punto relevante es el anonimato, que puede encubrir dificultades relacionales o la falta de aceptación de uno mismo: un simple clic permite entrar a cualquier parte con facilidad y, sobre todo, decidir qué identidad asumir gracias a las innumerables posibilidades ofrecidas por la comunidad virtual. Se tiene así la sensación concreta de ser omnipotente.

Anonimato significa también acceder al material pornográfico evitando la desagradable situación de tener que pedírselo al quiosquero, como sucedía antes: ahora es posible encontrar gratuitamente desde la propia habitación material a voluntad, aunque muchos navegantes tienden después a ser absorbidos por sitios de pago, con la consecuente ruina económica.

Como en toda dependencia, está también la incapacidad de detenerse, de desacoplarse, de decir «no» al pensamiento de seguir navegando. Los estudiosos hablan de la dependencia sexual asociándola al craving (deseo irrefrenable), propio también de la dependencia de sustancias. Aquí no se dan trastornos físicos por las crisis de abstinencia (que es sobre todo de tipo psicológico), sino más bien un fuerte malestar general y una creciente irritabilidad.

En las dependencias, en general, y en la sexual, en particular, se muestra una personalidad que se ha quedado en el estadio infantil, pasivo, incapaz de ir a contracorriente frente a los impulsos del placer y de la vergüenza, razón por la cual el propio mundo gira en torno a una necesidad considerada como imperiosa e irrefrenable[3].

El agravante de la edad

Este problema afecta a todas las edades, pero es particularmente grave y deletéreo en los más pequeños. Actualmente, la mayor parte de los usuarios que frecuentan sitios pornográficos en Internet son adolescentes. Según los datos de la Internet Filter Review, en Estados Unidos la edad promedio de los menores que entran en contacto con la pornografía en línea es de 11 años. Los que más acceden al cibersexo tienen entre 12 y 17 años.

En Italia, el 61 % de los que visitan tales sitios pertenece a la franja etaria de entre 18 y 34 años, aunque, según los datos de Covenanteyes (un sitio que se ocupa de la prevención y la ayuda a salir de la pornodependencia), el 80 % de ellos entra en contacto con la pornografía antes de alcanzar la mayoría de edad[4]. También en Italia un niño comienza a mirar pornografía con una edad promedio de 11 años, cuando sus padres le regalan el teléfono móvil sin pensar en sus ilimitadas posibilidades de acceso, que, unidas a la curiosidad y a la inexperiencia, llevarán muchas veces a consecuencias terribles, advertidas en la mayoría de los casos demasiado tarde.

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Giovanni Cucci, SJ
Miembro del Colegio de Escritores de "La Civiltà Cattolica".

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[1] Cfr N. Ghezzani, Quando l’amore è una schiavitù. Come uscire dalla dipendenza affettiva e raggiungere la maturità psicologica, Milán, FrancoAngeli, 2006.
[2] Cfr A. Cooper, «Sexuality and the Internet: surfing into a new millennium», en CyberPsychology & Behavior (1998/2), pp. 187-193.
[3] Cfr M. Castleman y T. DeRuvo, L’ ultima droga. La pornografia su Internet e il suo impatto sulla mente, Fara Gera d’Adda, Utelibri, 2009, pp. 226s.
[4] Cfr www.pornotossina.it/2018/12/15/www.covenanteyes.com. En castellano puede visitarse http://www.pornotoxina.org/ y https://www.facebook.com/antoniomorraptoxina/.

 

Imagen e información de laciviltacattolica.es