Mientras vivimos las trágicas consecuencias de la pandemia causada por el Covid-19, resulta útil reflexionar sobre el actual proceso de vacunación y, en especial, sobre el aporte innovador de las enseñanzas y las obras del papa Francisco en este sentido. Michael Rozier, jesuita y profesor de gestión y política sanitaria, ha reflexionado sobre la importancia del compromiso sanitario y ha identificado tres áreas sinérgicas: la práctica sanitaria tradicional, la salud pública y la salud global[1]. A continuación seguiremos este enfoque tripartito.

La práctica sanitaria tradicional

A lo largo de la historia cristiana, empezando por Jesús, el acompañamiento de los enfermos y su cuidado han sido parte integrante de la vida de fe, tanto a nivel personal como eclesial. Creyentes individuales, cofradías, congregaciones e innumerables religiosas y religiosos pueblan la historia cristiana y la enriquecen con su generosidad puesta al servicio de los enfermos y necesitados. En todos los continentes, y de diversas maneras, el cristianismo he permitido y fomentado la creación de hospicios, hospitales y clínicas, es decir, de estructuras e instituciones al servicio de la práctica sanitaria. De esta forma, a lo largo de los siglos, la relación entre los profesionales de la salud (médicos, enfermeros, técnicos sanitarios y administradores) y los ciudadanos, ha marcado y guiado el compromiso cristiano en la promoción de la salud.

La salud pública

Sin embargo, si consideramos otras áreas de la salud, observaremos que es más difícil identificar y reconocer ejemplos que indiquen cómo nos hemos comprometido para fomentar otros aspectos esenciales y no menos importantes de la promoción de la salud: la prevención, la higiene y la salud pública –a nivel local, regional y estatal–, y la salud global[2]. Promover cada uno de estos aspectos adicionales trae beneficios significativos para la salud individual y colectiva.

Prevenir el surgimiento de enfermedades es una ventaja para el bienestar individual, de las familias y de toda la sociedad: es lo que ocurre, por ejemplo, con los procesos de vacunación y los chequeos periódicos del estado de salud (desde mamografías a exámenes del peso, pasando por controles de crecimiento en niños y adolescentes, exámenes de azúcar y lípidos en la sangre y el monitoreo de la presión arterial).

En la vida social, la promoción de la salud pública mejora la calidad de vida en los entornos laborales, al exigir el cumplimiento de las normas que protegen las condiciones de los trabajadores, así como en los entornos educativos y la sociedad en su conjunto. Por ejemplo, gracias a las normas que buscan proteger la salud pública, el que viaja puede contar con un airbag en su automóvil, usa un cinturón de seguridad y, en el caso de los motociclistas, un casco protector: intervenciones, estas, que permiten reducir las consecuencias de traumas en caso de accidentes. El control regular de la calidad y frescura del alimento vendido y consumido, la potabilización e ionización del agua, el control de las partículas finas en suspensión y la calidad del aire que respiramos, los estándares exigidos en el caso de las emisiones de los automóviles, la prohibición de fumar en lugares públicos y las campañas para limitar esta actividad, así como el control de los productos químicos utilizados a nivel industrial, agrícola y en el hogar, son solo algunos ejemplos que indican la importancia que tiene la promoción de la salud pública y las positivas consecuencias que tiene en la práctica sanitaria tradicional, con beneficios para los ciudadanos, los profesionales sanitarios y las instituciones (hospitales y clínicas). En este sentido, cabe preguntarse si la tradición católica se ha comprometido lo suficiente en la promoción de la salud pública y, en caso de una respuesta incierta o negativa, qué se debe hacer para alcanzar un compromiso adicional.

Reconocer la importancia de la salud pública y comprometerse a fomentarla tiene un impacto positivo para los individuos, para el sistema de salud y para la sociedad en su conjunto[3]. Reflexionar sobre la salud implica considerar las injusticias y desigualdades y comprometerse con una mayor justicia social, a partir de formas de solidaridad concretas, como nos enseña y recuerda la doctrina social de la Iglesia[4].

La salud global

Junto a la práctica sanitaria tradicional y a la salud pública, la salud global es el tercer enfoque que permite integrar y expandir nuestro compromiso. La pandemia provocada por el Covid-19 ha dejado en evidencia la vulnerabilidad de la humanidad y la necesidad de hacer mayores esfuerzos para proteger a los ciudadanos. La salud global depende de un conjunto de factores sociales y políticos que influyen en la calidad de vida de los individuos y de la comunidad. Es decir, la manera en que vivimos, en que construimos nuestras ciudades, la forma en que educamos y trabajamos, cómo cultivamos la tierra y preparamos el alimento, cómo monitoreamos el brote de enfermedades infecciosas y cómo enfrentamos las enfermedades no infecciones que siguen expandiéndose en el mundo (por ejemplo, los múltiples tipos de cáncer), cómo reducimos y eliminamos el hambre y la sed en el mundo, la forma en que protegemos a los más vulnerables de las consecuencias devastadoras de los cambios climáticos del planeta, todos estos factores apuntan a la urgencia y la complejidad de los esfuerzos dirigidos a promover la salud global en la Tierra. La salud es un bien frágil, limitado y compartido. Preocuparse de la salud propia y de la de los demás – de mi vecino y también de quienes viven en otros países y continentes, así como de la salud de todo el planeta con sus bellos árboles, ríos, montañas, océanos y atmósfera – es una necesidad urgente que exige compromisos claros a nivel sistémico y estructural.

Práctica sanitaria, salud pública y salud global: no existe un conflicto entre estos tres enfoques; cada uno está orientado al bien de la salud individual, de las naciones, de la humanidad y del planeta. Con su voz profética y sus acciones centradas y humildes, el papa Francisco está mostrando que es posible estar al servicio de la salud de las personas, de las poblaciones, de la humanidad en su conjunto y del planeta[5].

El papa Francisco y la vacunación contra el Covid-19

Desde el inicio de la pandemia el Papa reconoció la necesidad de dar respuestas integradas y globales para hacer frente a lo que estaba viviendo la humanidad. En múltiples instancias, en ambientes eclesiásticos y políticos, en contextos nacionales e internacionales, pidió que se reconociera la dimensión global de la pandemia, y, fiel a su experiencia bíblica, evangélica y del magisterio católico, llamó a velar de manera especial por los más pobres, por quienes tienen menos recursos sociales, políticos, financieros y sanitarios. Francisco reafirmó y apoyó el compromiso generoso y heroico de tantos profesionales sanitarios al servicio de sus pacientes en las múltiples estructuras sanitarias presentes en varios continentes. Al mismo tiempo, se mostró atento a la salud de la población y a la complejidad de hacer progresar la salud global.

El Papa pidió que se apoyara y facilitara la investigación de una vacuna para obtener vacunas eficaces, mientras se controlaba la difusión de la infección con las medidas de salud pública necesarias (higiene, mascarillas de protección, distanciamiento social, cuarentena para personas infectadas, reducción focalizada de la libertad de circulación y de las diversas actividades sociales: educativas, laborales y recreativas). Además de solicitar el acceso y la disponibilidad de los tests de diagnóstico para todos, Francisco no ha cesado de pedir que las vacunas, una vez que hubieran pasado los controles científicos necesarios sobre su eficacia y seguridad, estuvieran disponibles para todos, en todas partes, sin que hubiera requisitos de patentes y, una vez más, con una opción preferencial para las personas pobres y necesitadas[6].

Para promover la vacunación a nivel global, mostrando así su compromiso con la salud de toda la humanidad, el Papa apeló al elemento característico de la vida cristiana: el amor. Para Francisco, «vacunarse, con vacunas autorizadas por las autoridades competentes, es un acto de amor. Y ayudar a que la mayoría de la gente lo haga, es un acto de amor. Amor a uno mismo, amor a los familiares y amigos, amor a todos los pueblos. […] Vacunarse es un modo sencillo pero profundo de promover el bien común y de cuidarnos unos a otros, especialmente a los más vulnerables»[7].

El amor es siempre inclusivo y comprensivo, como nos lo recuerda el mandamiento evangélico[8]. La vacunación es un acto de amor hacia uno mismo y a los demás, que beneficia especialmente a los más débiles, cuya salud es más frágil debido a enfermedades o condiciones prexistentes, o por edad y actividad profesional. Además, todo acto de amor depende del amor de Dios, dado gratuitamente, por siempre y sin condiciones, a todos y en todas partes. Finalmente, cada acto de amor nos vuelve capaces de amar, de concretar el amor de Dios aquí y ahora, en nuestra vida diaria y en lo ordinario. Desde el inicio de su pontificado, Francisco nos exhorta continuamente a vivir nuestra realidad de discípulos, iluminados, inspirados, alimentados y fortalecidos por el amor de Dios, que experimentamos de muchas maneras en Jesús, en la Iglesia y en el mundo, gracias al Espíritu Santo y a sus múltiples dones.

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Andrea Vicini, SJ Profesor de teología moral y bioética del Boston College.
Doctor de la Universidad de Bolonia. Conferenciante
y miembro de asociaciones de teólogos morales y bioéticos. --------------------------------------------------------------------------   [1] Cfr M. Rozier, «Religion and Public Health: Moral Tradition as Both Problem and Solution», en Journal of Religion and Health 56 (2017/3) 1052-1063; Id., «When Populations Become the Patient», en Health Progress 98 (2017/1) 5-8; Id., «Collective Action on Determinants of Health: A Catholic Contribution», en Health Progress 100 (2019/5) 5-8; Id., «A Catholic Contribution to Global Public Health», en Annals of Global Health 86 (2020/1) 1-5; Id., «Global Public Health and Catholic Insights: Collaboration on Enduring Challenges», en P. J. Landrigan – A. Vicini (edd.), Ethical Challenges in Global Public Health: Climate Change, Pollution, and the Health of the Poor, Eugene, OR, Wipf & Stock, 2021, 63-74.
[2] Cfr M. Rozier, «A Catholic Contribution to Global Public Health», cit.
[3] Un ejemplo concreto nos puede ayudar. En Estados Unidos, uno de los hospitales de Boston – el Boston Medical Center, con sus 514 camas – es un hospital safety net, y su misión consiste en dar asistencia sanitaria a las personas independientemente de si cuentan con aseguración y de su capacidad de pago. De esa manera, esta estructura sanitaria ayuda a todos los ciudadanos, sobre todo a los más necesitados. Al reflexionar sobre los servicios ofrecidos a los pacientes, el personal sanitario se dio cuenta de que la mayor parte de los costos del hospital eran los servicios ligados a la medicina de emergencia. En particular, las personas y familias sin domicilio fijo recurrían reiteradamente a Urgencias para las curas necesarias. Se dedujo que la falta de un alojamiento estable aumentaba el riesgo de problemas de salud y pesaba sobre todo el sistema sanitario. Mediante financiamientos focalizados y socios locales, el Boston Medical Center se propuso reducir la inestabilidad habitacional y el número de quienes no tenían domicilio fijo. En 2017, el hospital invirtió 6,5 millones de dólares en proyectos habitacionales, creando alojamientos para personas y familias necesitadas. De esa forma consiguió promover el bienestar y la salud de un número importante de personas y familias en dificultad, favoreciendo el compromiso laboral y escolar, reduciendo así el número de visitas al área de Urgencias de estos ciudadanos. Cfr www.bmc.org/mission/social-determinants-health/housing-security 
[4] «En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres» (Francisco, Laudato si’ [LS], n. 158).
[5] Para reflexionar sobre el pensamiento del papa Francisco respect a la práctica sanitaria, cfr T. A. Salzman – M. G. Lawler, Pope Francis and the Transformation of Health Care Ethics, Washington, DC, Georgetown University Press, 2021; C. Kaveny, «Pope Francis and Catholic Healthcare Ethics», en Theological Studies 80 (2019/1) 186-201.
[6] Cfr Francisco, Audiencia general, 19 de agosto de 2020; Id., Discurso a los miembros de la fundación «Banco farmacéutico», 10 de septiembre de 2020; Id., Mensaje del Santo Padre Francisco a los participantes en la Asamblea Plenaria De La Pontificia Academia de las Ciencias, 7 de octubre de 2020; Id., Mensaje para la 54ª Jornada Mundial de la Paz 2021, n. 1; Id., Mensaje «Urbi et Orbi», Pascua 2021; Id., Videomensaje con ocasión de la 75ª Sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, 25 de septiembre de 2020. Es posible consultar todos estos documentos en: www.vatican.va 
[7] Id., Videomensaje del Santo Padre Francisco a las poblaciones del continente americano sobre la campaña de vacunación contra el Covid-19, 18 de agosto de 2021.
[8] Cfr Mt 22,37-40.     Imagen e información de laciviltacattolica.es