«Esplendor», «drama» y «misterio» son las tres palabras con las cuales el papa Francisco ofrece al pueblo de Dios y a todas las personas de buena voluntad el texto de Querida Amazonia, su exhortación apostólica postsinodal relativa al Sínodo especial para la Amazonia, que tuvo lugar en Roma del 6 al 27 de octubre de 2019[1].

Un documento de «resonancia» que arroja luz sobre el ministerio petrino

Querida Amazonia es un texto singular: es la primera vez que un documento de semejante importancia magisterial se presenta de manera explícita como un texto que acompaña a otro, a saber, el documento final del Sínodo, titulado Amazonia: Nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral. Afirma el Papa: «Con esta exhortación quiero expresar las resonancias que ha provocado en mí este camino de diálogo y discernimiento. No desarrollaré aquí todas las cuestiones abundantemente expuestas en el documento conclusivo. No pretendo reemplazarlo ni repetirlo. Solo deseo aportar un breve marco de reflexión que encarne en la realidad amazónica una síntesis de algunas grandes preocupaciones que ya expresé en mis documentos anteriores y que ayude y oriente a una armoniosa, creativa y fructífera recepción de todo el camino sinodal» (n. 2).

Francisco no desarrolla todas las cuestiones, expuestas con profusión en el texto final. Ha querido «presentar de manera oficial ese documento» (n. 3) sin «reemplazarlo ni repetirlo» (n. 2). En efecto, tiene el peso del documento final de un sínodo con las propuestas presentadas y votadas por los padres sinodales. La exhortación Querida Amazonia contiene las reflexiones del papa Francisco acerca de todo el camino sinodal y tiene la autoridad del magisterio ordinario del sucesor de Pedro.

Así pues, con su magisterio pontificio Francisco quiere expresar las resonancias que ha provocado en él el camino sinodal de diálogo y discernimiento ofreciendo con su autoridad un cuadro de reflexión que ayude y oriente su recepción, e invita a «leerlo íntegramente» (n. 3), como parte de un camino que está en desarrollo y que, ciertamente, no puede declararse concluido.

Más aún: al invitar a leer el documento final, el Papa afirma: «Dios quiera que toda la Iglesia se deje enriquecer e interpelar por ese trabajo, que los pastores, consagrados, consagradas y fieles laicos de la Amazonia se empeñen en su aplicación y que, de algún modo, pueda inspirar a todas las personas de buena voluntad» (n. 4).

Sin duda, en algunos de sus temas esta aplicación será más sencilla y, en otros, más lenta y compleja o deberá ajustarse a unos tiempos prolongados. Pero el Papa se expresa porque quiere dar impulso al proceso que está en curso, no bloquearlo. Y lo hace señalando con fuerza las cosas maduras y dejando otras para que maduren según los tiempos del Espíritu, unas veces previendo cambios inmediatos y, otras, sin preverlos.

Francisco maduró todo esto después de sentarse día tras día con los obispos reunidos en el Sínodo —desde la mañana hasta la tarde— y escuchar cada una de sus palabras, así como el modo en que las expresaban. Se trata, pues, de un magisterio de escucha, que orienta y discierne, más allá de toda presión mediática o de mayorías referendarias sobre este o aquel tema, es decir, justo como el papel de Pedro en la Iglesia. De forma clara, la aportación de Francisco quiere contribuir a la reflexión sobre la relación entre primado y sinodalidad, cuya exigencia se advierte cada vez más.

Contemplación y «logos» poético en el magisterio pontificio

Otra nota importante: la exhortación tiene un específico carácter contemplativo. Siete veces resuena en el documento este llamamiento a la contemplación y al «sentido estético» (n. 56). En un parágrafo Francisco habla de «la profecía de la contemplación» (n. 53) y, en particular, pide poder aprender de los pueblos indígenas a asumir esta mirada para evitar considerar la Amazonia solo como un caso a analizar o un tema del cual ocuparse.

En el documento se expresa el claro reconocimiento de un «misterio» que se traduce en un «vínculo» de respeto y de amor, que es propio de la contemplación. La Amazonia como tierra es una «madre» con la cual se ha de entrar en comunión. Así, «nuestra voz se unirá a la de ella y se convertirá en oración: “Recostados a la sombra de un viejo eucalipto nuestra plegaria de luz se sumerge en el canto del follaje eterno”» (n. 56). La cita es de Sui Yun (Katie Wong Loo), poetisa amazónica de origen chino.

He ahí cómo se traduce la mirada contemplativa, esto es, en poesía. Esta exhortación se halla entretejida de citas poéticas porque la poesía custodia el sentido y lo toma —en este caso en especial— de manera peculiar a partir de la experiencia. El Papa lo considera indispensable y por eso cita en su discurso a no menos de dieciséis escritores y poetas, en buena parte amazónicos y populares[2].

En este sentido, además de las historias y de los testimonios, el pontífice incluye como parte del texto magisterial el logos poético y simbólico. Entre realidad, pensamiento y visión poética no parece haber hiatos. En efecto, algunas cosas —por ejemplo, la noción de «calidad de vida»— solo pueden comprenderse «dentro del mundo de los símbolos» (n. 40) que poseen la capacidad de generar conexión. Además, la Amazonia «se ha convertido en una fuente de inspiración artística, literaria, musical, cultural» (n. 35). Las diversas artes y, sobre todo, la poesía, se han dejado inspirar por el agua, por la jungla, por la vida, así como por la diversidad cultural y por los desafíos ecológicos y sociales. La operación realizada por Francisco es más fuerte de lo que en apariencia pueda parecer. Al dar voz a los poetas, él impugna la aproximación eficientista, tecnocrática y consumista a la Amazonia y a sus grandes cuestiones.

En consecuencia, el Papa expone su discurso articulándolo no en cuatro «temas» o «argumentos», sino en cuatro «sueños». El sueño une una cálida connotación afectiva e interior a cuestiones que a veces resultan espinosas y complejas de verdad.

El «sueño social» indispensable para un verdadero enfoque ecológico

El primer sueño ilustrado por Francisco es el de una Amazonia que integre y promueva a todos sus habitantes a fin de que puedan consolidar un «buen vivir» (n. 8), que sea alternativo al moderno y eficientista «vivir cada vez mejor».

El grito que asciende desde las selvas se transforma en un grito urbano. La Amazonia está afrontando un desastre ecológico que amenaza tanto al bioma como a los pueblos amazónicos. Un punto central del discurso de Francisco estriba en que «hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteamiento ecológico siempre se convierte en un planteamiento social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (Laudato si’, n. 49). A menudo las poblaciones indígenas se han visto impotentes frente a la destrucción del medio natural que los permitía alimentarse, curarse, sobrevivir y preservar una cultura que les daba identidad y significado.

Y el grito que asciende desde las selvas se transforma en un grito urbano. En efecto, los intereses económicos han provocado y alentado los movimientos migratorios de las poblaciones indígenas hacia las periferias de las grandes ciudades, que se caracterizan por grandes desigualdades. Allí estas poblaciones «no encuentran una liberación real de sus dramas, sino las peores formas de esclavitud, de sometimiento y de miseria» (n. 10). Precisamente en los contextos urbanos también crecen la xenofobia, la explotación sexual y la trata de seres humanos. «Por eso el grito de la Amazonia no solo brota desde el corazón de las selvas, sino asimismo desde el interior de sus ciudades» (ibid).

La Amazonia —lamenta el pontífice— ha sido presentada como «una inmensidad salvaje que debe ser domesticada» (n. 12), un espacio que hay que ocupar y repartir en función de intereses externos. Los indígenas son vistos como «intrusos», esto es, «más como un obstáculo del cual librarse que como seres humanos con la misma dignidad que cualquier otro y con derechos adquiridos» (ibid). Este enfoque se considera claramente «colonialista».

Los dos caminos para afrontar el desafío. El Papa señala por lo menos dos caminos importantes para afrontar el desafío (y el sueño) social. El primero consiste en tener bien claro que los protagonistas son los indígenas. No basta con la «defensa» de quienes son víctimas del colonialismo que hemos descrito; es necesario considerarlos «protagonistas» y valorizar el «protagonismo de los actores sociales» (n. 40). El segundo consiste en el sentido de la comunidad y del diálogo social. En el fondo, uno de los grandes desafíos para la Amazonia reside en erigirse como un lugar de diálogo social, sobre todo entre los diversos pueblos indígenas, para encontrar formas de comunión y de lucha común. No puede darse por descontado el diálogo entre diferentes poblaciones y tribus, a menudo divididas entre sí.

Además, si bien es cierto que en el seno de cada comunidad hay un fuerte sentimiento de conjunto y de grupo que se plasma en el trabajo, el descanso, las relaciones humanas, los ritos y las celebraciones, también es verdad que este sentido de comunidad no va a la par del de las instituciones. Varios países de la región están gobernados a nivel institucional de una manera precaria y corrupta; de ese modo, se pierde la confianza en las instituciones y en sus representantes, cosa que, como denuncia el Papa, desacredita por completo tanto la política como las organizaciones sociales. Aquí hay que trabajar mucho, y Francisco indica una tarea precisa.

Un sueño cultural que desbarata la lógica colonialista

Si el sueño social exige una voz profética, se impone un «sueño cultural» capaz de desbaratar la lógica colonialista. Hoy en día, pueblos habituados a tener relaciones humanas «impregnadas por la naturaleza circundante» (n. 20) «terminan habitando las periferias o las aceras de las ciudades a veces en una miseria extrema, pero también en una fragmentación interior a causa de la pérdida de los valores que los sostenían. Allí suelen carecer de los puntos de referencia y de las raíces culturales que les daban una identidad y un sentido de dignidad, y pasan a engrosar el sector de los desechados. Así se corta la transmisión cultural de una sabiduría que fue traspasándose durante siglos de generación en generación» (n. 30).

El sueño cultural exige el cuidado de las raíces y de la diversidad. Durante siglos los pueblos amazónicos conservaron sus raíces transmitiendo de manera oral su sabiduría cultural a través de mitos, leyendas y relatos. He ahí por qué es importante —escribe el Papa citando la exhortación apostólica Christus vivit— «dejar que los ancianos realicen largas narraciones y que los jóvenes se detengan a beber de esa fuente» (n. 34). Algunos pueblos han comenzado a escribir para narrar sus historias y no perderlas, recuperando así la memoria dañada. Hay que cuidar las raíces.

Al mismo tiempo, hay que cuidar de la diversidad, una diversidad que, ya sea de bandera o de frontera, debe transformarse en puente. El Papa no quiere «un indigenismo completamente cerrado, ahistórico, estático, que se niegue a toda forma de mestizaje» (n. 37). El diálogo entre la selva y la ciudad es indispensable. Y lo mismo ocurre entre indígenas y no indígenas, aunque el riesgo de ser arrollados por las invasiones culturales es elevado. Pero lo que debe prevalecer es el «sentido de corresponsabilidad ante la diversidad que hermosea nuestra humanidad» (ibid).

Asimismo, entre los distintos pueblos indígenas —dice Francisco citando el documento de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida— es posible desarrollar «relaciones interculturales en las que la diversidad no signifique una amenaza ni justifique jerarquías de poder de unos sobre otros, sino un diálogo desde visiones culturales diferentes, de celebración, de interrelación y de reavivamiento de la esperanza» (n. 38).

Se abre así un trabajo enorme que abarca «los grupos humanos, sus estilos de vida y sus cosmovisiones», aspectos que «son tan variados como el territorio, puesto que han debido adaptarse a la geografía y a sus posibilidades» (n. 32): las aldeas de pescadores, de caza o de recolección en el interior del país, o aquellas que cultivan tierras aluvionales.

«Sueño ecológico»

De ese modo se abre el escenario del tercer sueño de Francisco, esto es, el sueño «ecológico». En la descripción de este resulta evidente la profundísima sintonía con Laudato si’, aunque también con el magisterio precedente; en particular, con el de Benedicto XVI, que dijo que «además de la ecología de la naturaleza hay una ecología que podríamos llamar “humana”, que a su vez requiere de una “ecología social”» (n. 41).

El cuidado conjunto de personas y ecosistemas. En la realidad amazónica, en la que existe una relación tan estrecha entre el hombre y la naturaleza, «la existencia cotidiana siempre es cósmica» (n. 41). El cuidado de las personas y el cuidado de los ecosistemas son inseparables. Para las poblaciones amazónicas, «abusar de la naturaleza es abusar de los ancestros, de los hermanos y hermanas, de la creación y del Creador, hipotecando el futuro» (n. 42). El daño infligido a la naturaleza y la explotación de la tierra hieren. «La tierra tiene sangre y se está desangrando, pues las multinacionales le han cortado las venas a nuestra Madre tierra» (ibid), escribe Francisco citando el documento del Sínodo de la diócesis de San José del Guaviare y de la arquidiócesis de Villavicencio y Granada, en Colombia. Amplias citas narrativas y poéticas permiten al pontífice describir este «sueño hecho de agua», porque en la Amazonia «el agua es la reina, los ríos y arroyos son como venas, y toda forma de vida está determinada por ella» (n. 43).

Gestionar el territorio de manera sostenible. Francisco pide no ser ingenuos y tener bien presente que, aparte de los intereses económicos de los emprendedores y de los políticos locales, también hay enormes intereses económicos internacionales. Los ataques a la naturaleza tienen consecuencias para la vida de los pueblos, desde los megaproyectos no sostenibles (obras hidroeléctricas, concesiones forestales, desmonte masivo, monocultivos, infraestructuras viarias, infraestructuras hídricas, ferrocarriles, proyectos de minería y petrolíferos) hasta la contaminación causada por la industria extractiva y por los vertederos urbanos.

En el Sínodo nunca se afirmó que la Iglesia estuviese contra los proyectos de modernización positiva e inclusiva, pero, sin duda, la Iglesia ha tomado plena conciencia de que para su doctrina social hoy en día es muy importante la defensa del planeta, y de que esa doctrina corre el riesgo de colisionar con intereses políticos y económicos apoyados por la complicidad de algunos gobernantes y también de algunas autoridades indígenas.

Para Francisco la solución al problema no debe encontrarse en las propuestas de «internacionalización de la Amazonia». La responsabilidad de los Gobiernos nacionales se está haciendo cada vez más evidente. Mientras tanto, «los más poderosos nunca se conforman con las ganancias que obtienen, y los recursos del poder económico se agigantan con el desarrollo científico y tecnológico» (n. 52).

Por lo tanto, los organismos internacionales y las organizaciones de la sociedad civil tienen una importancia estratégica en la sensibilización de las poblaciones y en la acción, «también utilizando legítimos mecanismos de presión, para que cada Gobierno cumpla con su propio e indelegable deber de preservar el ambiente y los recursos naturales de su país, sin venderse a intereses espurios locales o internacionales» (n. 50). Gestionar el territorio de manera sostenible es el objetivo.

Un «sueño eclesial»

La conciencia radical de que la Iglesia está llamada a caminar con el pueblo de la Amazonia lleva a Francisco a elaborar y describir un sueño vinculado propiamente a la vida eclesial. Este sueño tiene una historia. En efecto, se fue formando y explicitando en América Latina durante algunas etapas privilegiadas, como la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968) y su aplicación a la Amazonia en Santarém (1972) y, más tarde, en Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007). El camino continúa y el objetivo consiste en «plasmar una Iglesia con rostro amazónico».

Aunque hay muchas cosas importantes en este proceso de encarnación e inculturación —organizaciones sociales, debates, programas políticos, etc.—, es preciso que el gran anuncio misionero y salvífico de Cristo resuene cada vez más. El Papa habla de un «derecho al anuncio del Evangelio», sobre todo al primer anuncio, al kerigma.

La palabra clave del sueño eclesial es «inculturación». Francisco la repite una veintena de veces. Al anunciar de nuevo el kerigma, la Iglesia «siempre reconfigura su propia identidad en escucha y diálogo con las personas, realidades e historias de su territorio» (n. 66). Solo una Iglesia misionera inserta e inculturada conducirá al nacimiento de Iglesias particulares autóctonas, con rostro y corazón amazónicos, arraigadas en las culturas y tradiciones propias de los pueblos, unidas en la misma fe en Cristo y diversas en su modo de vivirla, expresarla y celebrarla.

El cristianismo no tiene una única modalidad cultural. Hay una relación dialéctica entre fe y cultura: por una parte, el Espíritu Santo fecunda la cultura con la fuerza transformadora del Evangelio; por otra, la Iglesia se enriquece con la cultura que encuentra, con lo que el Espíritu ya había sembrado en ella.

Escuchar la sabiduría ancestral. Así, para Francisco inculturar el Evangelio en la Amazonia significa escuchar la sabiduría ancestral, volver a dar la voz a los ancianos, reconocer los valores presentes en el estilo de vida de las comunidades originarias, recuperar en el tiempo las ricas narraciones de los pueblos. La narración une el testimonio y la potencia del símbolo.

El Papa reconoce que la región ya ha recibido las riquezas que provienen de las culturas. Los indígenas que viven en la PanAmazonia poseen una herencia mitológica que sigue viva. La espiritualidad de los pueblos originarios se caracteriza por la relación natural y cultural entre los indios y la selva, los ríos, la tierra y los animales, como parte de una intrincada red de reciprocidad. De esta actitud derivan el sentimiento de gratitud por los frutos de la tierra, la sacralidad de la vida humana y el valor de la familia, el sentimiento de solidaridad y corresponsabilidad en el trabajo común o la fe en una vida más allá de la dimensión terrena.

Francisco cede la palabra a Mons. Pedro Casaldáliga haciendo propios sus versos: «Flotan sombras de mí, maderas muertas. / Pero la estrella nace sin reproche / sobre las manos de este niño, expertas, / que conquistan las aguas y la noche. / Me ha de bastar saber que Tú me sabes / entero, desde antes de mis días» (n. 73).

La relación con Jesucristo, Dios y hombre verdadero, liberador y redentor, «no es enemiga de esta cosmovisión marcadamente cósmica» (n. 74). En efecto, Cristo también es el Resucitado que penetra todas las cosas: «Él está gloriosa y misteriosamente presente en el río, en los árboles, en los peces, en el viento, como el Señor que reina en la creación sin perder sus heridas transfiguradas» (ibid). Sin duda, resulta necesario hacer madurar la relación con Dios presente en el cosmos para que se convierta en una relación personal con un Tú que nos conoce y nos ama.

Como se puede observar, dentro de esta reflexión el Papa pide no calificar como «superstición» o «paganismo» algunas expresiones religiosas que nacen de manera espontánea de la vida de los pueblos. Hay que hacer un discernimiento porque, como escribió Francisco en Evangelii gaudium y ahora cita, «en la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo» (n. 78). Por lo tanto, es posible encontrarse frente a un símbolo indígena sin estar necesariamente en un contexto de idolatría. Hay mitos llenos de un sentido espiritual que puede compartirse sin considerarlo apresuradamente como «un error pagano» (n. 79).

Además, Francisco ofrece un importantísimo criterio de discernimiento pastoral que referimos aquí en su integridad: «Un misionero de alma trata de descubrir qué inquietudes legítimas buscan un cauce en manifestaciones religiosas a veces imperfectas, parciales o equivocadas, e intenta responder desde una espiritualidad inculturada» (ibid).

Justicia y santidad. Dada la situación de pobreza y de abandono de tantos habitantes de la Amazonia, para Francisco la inculturación debe tener «un perfume marcadamente social y caracterizarse por una firme defensa de los derechos humanos, haciendo brillar ese rostro de Cristo que “ha querido identificarse con ternura especial con los más débiles y pobres”» (n. 75). Se afirma así la íntima conexión entre la evangelización y la promoción humana, como ya había hecho el Papa en Evangelii gaudium, n. 178. Lo social y lo espiritual, la contemplación y el servicio, deben integrarse. La fe no es alienante e individualista. Por otra parte, un compromiso puramente horizontal que mutile la dimensión trascendente y espiritual no resulta aceptable. Francisco habla incluso de una «santidad amazónica». Una expresión impactante. No hay una santidad de tipo estándar, válida siempre y en todas partes; también es inculturada, es decir, se encarna en la vida de un pueblo particular (cfr n. 80).

La inculturación de la liturgia y los ministros de los sacramentos. La inculturación tiene en los sacramentos un camino de importancia particular, ya que en ellos se encuentran unidos lo divino y lo cósmico, la gracia y la creación. Los sacramentos representan la plenitud de la creación: la naturaleza es elevada para ser el lugar e instrumento de la Gracia. Este enfoque «nos permite recoger en la liturgia muchos elementos propios de la experiencia de los indígenas en su íntimo contacto con la naturaleza y estimular expresiones autóctonas en cantos, danzas, ritos, gestos y símbolos» (n. 82).

Se plantea, después, la pregunta por los ministros de los sacramentos, pues la pastoral de la Iglesia tiene una presencia precaria en la Amazonia. La inmensa extensión territorial, la gran diversidad cultural, los graves problemas sociales y el aislamiento constituyen factores que dificultan la atención de las comunidades cristianas y la evangelización. Esto, escribe Francisco, no puede dejarnos indiferentes y exige una respuesta específica y valiente (cfr n. 85).

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Antonio Spadaro, SJ Director de la revista La Civiltà Cattolica.
Miembro del séquito papal de los viajes apostólicos del Papa Francisco.

 

Imagen e información de laciviltacattolica.es