Compartimos el artículo de Leonardo Fernández Otaño, colaborador de la Compañía de Jesús en Cuba.

 

Recuerdo que cuando vi por primera vez la película La vida de los otros, del cineasta Florian Henckel, lo hice durante mis estudios de Historia Contemporánea en la Universidad de La Habana. Entonces el filme me ayudó a reflexionar sobre cómo el Ministerio para la Seguridad del Estado alemán (STASI, por sus siglas), era capaz de deshumanizar a los sujetos espiados desestabilizando el mundo de sus afectos.

Aun cuando se haya escogido otro escenario para la historia narrada, a muchos cubanos nos resultó muy fácil establecer similitudes entre nuestra realidad y la expuesta tras la pantalla. Resultaba escalofriante el saber que algo parecido vivíamos los cubanos. Lamentablemente, aún lo vivimos.

La Seguridad del Estado cubana, cuyas prácticas la acercan a las del cuerpo represivo de la desaparecida Alemania Oriental, violenta hoy la débil legislación constitucional y penal existente. Lo hace con la intención de dinamitar las familias de los miembros del movimiento crítico y disidente que cada vez toma más fuerza entre grupos de la sociedad civil, liderada en los últimos tiempos por jóvenes.

Conozco historias de cómo agentes de este cuerpo realizan acciones anticonstitucionales y acosan a las familias de artistas, intelectuales, periodistas independientes, trabajadores…, y de muchos detenidos por expresar su descontento con el régimen que gobierna. Ahora también los míos y yo lo estamos sufriendo.

El pasado 11 de julio fui arrestado en la manifestación ocurrida en los bajos del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), como parte del estallido social que sacudió toda la Isla. Después de la represión sufrida por quienes fuimos manifestantes pacíficos se disolvió nuestra ya escasa fe en la posibilidad de una reforma interna del sistema autoritario como vía para llegar a una vida democrática y participativa. Como respuesta, surgió la iniciativa cívica Archipiélago.

En este colectivo coordino con un grupo de amigos el espacio ciudadano Ágora, donde fomentamos el intercambio que busca consensos y propuestas para el desarrollo de la Nación. Mi participación en ese grupo y la injusta reclusión domiciliaria, que según la ley cubana ya concluyó, han sido los motivos empleados por la Seguridad del Estado para hostigar a mis padres y amigos. Por la gravedad de estos hechos, alzo mi voz para denunciarlos públicamente.

El día 17 de septiembre, en un abierto ejercicio de acoso digital que se gestó desde un perfil falso, mis padres recibieron un mensaje donde los emplazaban a realizar acciones de reprimendas contra mí debido a mis proyecciones sociopolíticas y a la queja que había interpuesto ante la Fiscalía General de la República contra el periodista Humberto López por exponer en la televisión pública a dos menores de edad.

Ese reclamo se encuentra amparado por el derecho constitucional a presentar quejas ante las autoridades, por lo ha sido una violación del Código Penal cubano vigente y de los acuerdos internacionales de protección de los adolescentes que infringió López en su espacio televiso.

Este tipo de herramientas difamatorias se ha convertido en una práctica común por parte de los cuerpos de inteligencia cubanos desde la llegada de las redes sociales al país, en franca violación del artículo 46 de la Constitución en vigor, que establece: «El estado respeta y garantiza el derecho de las personas a su intimidad personal y familiar, a su imagen, dignidad y honor».

De igual modo, el pasado 6 de octubre, mientras me encontraba en un interrogatorio policial, un agente de la Seguridad del Estado visitó la casa de mis padres. Aunque solo se encontraban mi madre y mi sobrina menor, la persona en cuestión, atribuyéndose prerrogativas que no le corresponden, amenazó a la familia con un proceso penal sobre mi persona debido a mis planteamientos cívicos.

Dichas proyecciones se amparan en mis derechos constitucionales de libertad de pensamiento, asociación, expresión y manifestación establecidos en el artículo 59 de la actual Carta Magna y respaldado por el presidente del Tribunal Supremo Popular, Rubén Remigio Ferro, en rueda de prensa efectuada en el mes de julio pasado. Esta actitud anticonstitucional y violatoria del artículo 46, sumió a mi familia en una profunda crisis emocional. Mis padres, ciudadanos dignos y honestos, han sido injustamente acosados por una autoridad parapolicial.

Minutos después también fue detenido en plena calle y sin ninguna notificación, mi vecino, cuyo nombre no revelaré para proteger su identidad. Lo sometieron a un interrogatorio conducido por la Seguridad del Estado, en el que constantemente difamaron contra mí, hasta llegar a decir que era agente de la CIA, argumento grotesco para quien me conoce y sabe de mi vocación cívica. Ante tan hiperbólico planteamiento, me pregunto por qué no presentan las pruebas y me llevan a juicio por traición a la tierra que me vio nacer, esa a la que siempre regreso y sueño plural.

Debido a los profundos lazos de afecto que nos unen, el día 7 de octubre también fue citada a la estación de Zapata mi amiga Carolina Sansón Aguiar. En el interrogatorio volvieron a difamar contra mí, pues me calificaron como mercenario financiado desde el extranjero. Debo apuntar que los padres de Carolina también fueron sometidos a dos episodios de acoso por parte de la Seguridad del Estado, los días 6 y 8 octubre, con el fin de «alertarlos» para que aconsejaran a Carol que se alejara de sus amigos, pues podía ser procesada por instigación a delinquir.

Resulta grotesco cómo el Estado cubano, en pleno siglo XXI, emplea estos métodos anticonstitucionales y violatorios de los derechos humanos para intimidar a los ciudadanos que solo alzan su voz para criticar la situación política, económica y social que se vive en el país, con total apego a la legislación vigente.

Debido a la gravedad de estas acusaciones vertidas sobre mí, y encaminadas a colapsar mi universo afectivo, me siento en la obligación de hacer precisiones necesarias.

En primer lugar, los planteamientos hasta ahora mencionados son infundados y constituyen ejercicios difamatorios. Soy un trabajador honrado, mis vínculos laborales son con la Academia de Ciencias de Cuba, con el Centro de Estudios Fray Bartolomé de las Casas, donde ejerzo la docencia, y con la Compañía de Jesús en Cuba, estas dos últimas instituciones pertenecientes a la Iglesia católica.

De igual modo, aclaro que mis viajes al exterior han sido los siguientes:

  • Del 7 de septiembre al 7 de diciembre del 2017 a Argentina, cumpliendo una invitación de las Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús. Durante esta estancia colaboré como voluntario internacional en el trabajo con infantes y adolescentes vulnerables de las comunidades de Villa Jardín e Ituzaingó, en las periferias de Buenos Aires.
  • En enero del 2019 viajé a Panamá por invitación de la Arquidiócesis de La Habana, para asistir a la Jornada Mundial de Juventud presidida por el Papa Francisco.
  • Entre el 24 de febrero y el 6 de abril de ese mismo año, atendiendo a mi formación doctoral en la Universidad de La Habana e invitado por la Compañía de Jesús, me trasladé a Italia para realizar una estancia de investigación en los Archivos Vaticanos.
  • Entre el 23 de febrero y el 3 de diciembre del 2020, gracias a los padres jesuitas españoles, viajé a España con la debida autorización de la Academia de Ciencias de Cuba, para investigar en los archivos madrileños sobre el proyecto que desarrollo.

Por ello, convido a los miembros de la policía política para que antes de verter formulaciones difamatorias, busquen en sus propios expedientes migratorios.

Si bien nunca he sido dado a denunciar los acosos que he sufrido, excepto los del 11 de julio pasado por creer que ello constituía un deber ciudadano, las recientes situaciones expuestas no solo violan mi integridad, sino que también intentan dinamitar parte de mi círculo más cercano. Como soy un hombre de fe no puedo dejar de compartir tres realidades personales:

A pesar de las lágrimas de mis padres, del sufrimiento generado a la madre de mi vecino, a quien me unen lazos maternales también, a los padres de Carolina y a mis propios amigos, que me afectan mucho; yo solo puedo decirles que los perdono, en mi corazón no hay lugar para el odio.

Denuncio el acoso que padecen otras familias como la mía y que causa un daño irreparable en la sociedad, fracturada de por sí en su dimensión antropológica y afectada por una profunda crisis, que ha hecho perder el sueño a miles.

Invito a los cuerpos militares y represivos a una reflexión basada en que las familias acosadas pueden ser también las suyas, que los jóvenes maltratados de modo continuado, bien pueden ser sus hijos.

A los que me leen, mi invitación es a cultivar una rosa blanca llamada reconciliación, que tiene como abono el respeto a la dignidad vital de los otros, los suyos y los míos.

 

Imagen e información de jovencuba.com