En realidad no sé si este tipo de artículo se ajusta a lo que el lector de un medio católico espera leer, pero en mi bolsillo traía dos o tres palabras sobre la realidad de Cuba que me parecían oportunas compartir con audiencias internacionales. El tiempo es uno de los tesoros de mayor valor en el mundo actual y se está agotando la posibilidad de aprovecharlo para revertir la desesperada situación social que vive el país. Por el rumbo que están tomando las acciones, dentro de poco no podremos salir de forma pacífica del ecosistema totalizador donde estamos viviendo.

Hace unos días dos jóvenes católicos, Leonardo Manuel Fernández Otaño, que trabaja como investigador social de la Compañía de Jesús, y Carolina Sansón, trabajadora del Centro Cultural P. Félix Varela, fueron interrogados al ir a preguntar a Villa Marista ―unidad principal de la seguridad del Estado― por el artista detenido Hamlet Lavastiva. Lo que les ha sucedido a ellos forma parte de una ola represiva acentuada en los últimos tiempos contra la comunidad artística e intelectual del país que disiente del poder.

Todas las generaciones deberían poseer el derecho a rehacer su propia historia con nuevos métodos, fuentes, paradigmas teóricos y con la visión de su época. Pero en Cuba ese derecho parece quedar otorgado solo a esos que actúan dentro de la línea invisible acotada como “dentro de la revolución”, definición de Fidel en unas palabras a los intelectuales hace sesenta años, donde se trazó la línea definitoria de la política cultural del país.

Mientras escribo estas líneas, aún permanece detenido Hamlet Lavastida, un reconocido artista plástico cubano que acababa de regresar de una residencia en Alemania. Se le acusa de instigación a delinquir, pero su caso solo es un botón de muestra de varias detenciones arbitrarias que se vienen dando, sobre todo contra la comunidad artística disidente, y retrotrae a una etapa muy dolorosa dentro del pasado cubano, conocida como la Primavera Negra (2003), donde 75 disidentes fueron juzgados a más de 20 años de prisión. En esa ocasión, sus condenas fueron impugnadas gracias a la intervención de la Iglesia Católica.

Puede que algunos lectores se pregunten por qué la Iglesia en Cuba, configurada históricamente en la voz de sus obispos, no se ha pronunciado contra estas arbitrariedades. Entre otros asuntos, porque se necesita un aggiornamento de toda la estructura eclesial actual, pues se diseñó para un contexto principalmente analógico y el mundo actual es digital. Además de que si las cartas pastorales de la conferencia se dedican a exponer sucesos como estos todo el tiempo, habrá un punto en que no podrán desmarcarse nunca más de la etiqueta “disidente” y eso cierra cualquier canal de negociación futura, cuando son de los pocos actores de la sociedad civil con la credibilidad suficiente para la urgente construcción de un reconciliado tejido social.

Pero, sin dudas, está surgiendo una nueva eclesiología nacional visibilizada, sobre todo, en la república digital que significa Internet, materializada en diversos actores laicales que unen sus voces proféticas al grito de los oprimidos en la nación. Cuando la desesperanza de escribir estas ideas me embistió en la cabeza, yo quise huir para que otro escribiera una narrativa diferente de nuestra realidad, pero cuando una historia se hace necesidad, no hay más opción que hacerla texto.

Como esperanza inmediata, tenemos varios candidatos vacúnales que se abren paso dentro de la peor ola de la pandemia en el país. No le pido a ningún lector que compre solo los pensamientos que aparecen en estas palabras, pero les ruego no cerrar los ojos desde la iglesia ante el lío armado por unos jóvenes que tratan de tejer, con los pocos retazos políticos que les ha dejado la vida, una utopía democrática.

 

Por Julio Pernús