Compartimos el artículo de Reinaldo Rojas, basado en la videoconferencia realizada el 24 de mayo y que contó con la participación de Oscar Javier Calderón, director del Servicio Jesuita a Refugiados de América Latina y el Caribe (JRS LAC). Evento organizado por la Red de Centros Sociales Jesuitas.

 

El continente americano ha sido históricamente un destino migratorio. Este inmenso territorio fue progresivamente habitado por pueblos procedentes de otros continentes, especialmente del Asia, cuya primera penetración al continente después del año 40.000 a. C, se hizo desde las costas asiáticas del Pacífico, entrando por el sur del estrecho de Bering, todavía seco; o por las Islas Aleutianas, a través de la península de Alaska hasta la región de Vancouver, para extenderse al sur, pasando por México hasta los confines de Sudamérica.

Hoy, los flujos migratorios son igualmente transversales a todo el continente y no hay una región de América que no esté afectada por alguna de las dimensiones que componen todo movimiento migratorio: Huida, transición, acogida o retorno. Pero en este caso, se trata de una migración forzada que obliga no sólo a describir el fenómeno, sino a buscar las causas y los causantes de uno de los problemas sociales más importantes por los que atraviesa el continente, situación agravada desde el 2020 por los efectos de la pandemia del COVID 19.

Este fue el tema abordado el pasado 24 de mayo de 2021 en el “Análisis de la Realidad de América Latina y el Caribe”, organizado por la Red de Centros Sociales de la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina (CPAL), a través del canal “Somos jesuitas”, en YouTube. Para ello, se contó con la participación como ponentes de Javier Cortegoso Lobato, Coordinador de la Red Jesuitas con Migrantes y Oscar Javier Calderón, abogado y magister en gobierno del territorio y gestión pública, Director Regional del Servicio Jesuita de Refugiados, miembro del Equipo Coordinador de la Red Jesuitas con Migrantes a nivel de América Latina y Coordinador de la Región de América del Sur de la Red Jesuitas con Migrantes. La moderación estuvo a cargo del Politólogo Piero Trepiccione.

Contextualización del problema

Le correspondió a Javier Cortegoso iniciar la actividad partiendo de dos ideas centrales: La migración forzada es un problema de dimensiones continentales que, además de su naturaleza social, económica y política, es un drama humano que involucra a miles de personas que huyen de sus países para salvar su vida de las situaciones de violencia en la que se encuentran. Y en segundo lugar, es fundamental pasar de la respuesta coyuntural al estudio de las causas estructurales que están generando estos flujos migratorios, ya que al transformarse para las personas en una opción de supervivencia, la migración debe ser considerada como un Derecho.

Para el ponente, hablar de migración forzada nos obliga a analizar las diferentes formas de violencia que actúan como factor movilizador de los flujos migratorios, tanto para el migrante que huye de su región o país, así como para aquellas comunidades de tránsito, afectadas por la llegada de grupos extraños a su localidad, hasta llegar a los destinos finales, con todo lo que significa la recepción, integración o rechazo de los grupos migrantes. Señala Javier Cortegoso, cinco expresiones de la violencia que están presentes en las dinámicas migratorias que actualmente se desarrollan en nuestro continente:

  1. La violencia que nace de la situación de desigualdad social que se vive en América Latina, una de las regiones más desiguales del mundo.
  2. La violencia institucional, producto del desmantelamiento del Estado de Derecho, de la crisis de la democracia, del aumento de la corrupción y del enriquecimiento ilícito por parte de los grupos que ostentan el poder político y económico en mucho de nuestros países.
  3. La violencia socio-política que grupos armados privados e ilegales, imponen en territorios bajo su control, donde las instituciones del Estado no existen o no actúan, especialmente en las áreas fronterizas, donde imperan mafias que mantienen a la población bajo un clima permanente de terror e incertidumbre que los obliga a emigrar.
  4. La violencia contra la “Casa Común”, la cual se ejerce a través de la imposición de un modelo de desarrollo que destruye el medio ambiente, afectando aquellos espacios naturales en los que viven muchas comunidades campesinas e indígenas, que se ven obligadas a emigrar a otros territorios, además de los crecientes desastres naturales a causa del cambio climático, lo cual afecta los ciclos de vida en el planeta.
  5. La violencia del descarte, que se ejerce cotidianamente contra los sectores más vulnerables de la sociedad, los descartados, como es el caso de las comunidades indígenas y afrodescendientes del continente, las mujeres y minorías excluidas por la diversidad sexual.

Estas manifestaciones de la violencia son los factores desencadenantes de la migración forzada. Nadie huye de su país sin una razón de fondo. Por ello, estos factores deben ser precisados y abordados en su origen y en sus efectos, para abrir caminos a un cambio no sólo económico sino humano, porque la migración forzada deja múltiples heridas en quien se ha visto obligado a dejar su lugar de vida en la búsqueda de un mejor futuro para él y para su familia. Con este contexto, tomó la palabra Oscar Javier Calderón.

Los signos que nos hablan de un problema humano complejo

Para Oscar Calderón, que ha vivido de cerca el drama de la migración en nuestro continente a través de la Red Jesuitas con Migrantes, el problema es complejo en la medida en que están involucrados muchos intereses.  Su exposición se centra en tres signos que le sirven de referencia para analizar esa complejidad del problema. Los signos que nos alertan de la gravedad del asunto; los signos de esperanza que se pueden observar al interior de los propios movimientos migratorios; y los signos que no desafían en el corto y mediano plazo.

Sobre los signos que nos alertan, para Calderón el gran tema de debate es el vacío jurídico y conceptual que existe sobre lo que significa la migración forzada.  Los marcos jurídicos actuales y los conceptos que se manejan para explicar la migración forzada no sirven, son limitados, para entender un fenómeno que va más allá de la seguridad de los Estados y de la reacción humanitaria hacia los migrantes. Por ello, habla de flujos migratorios mixtos, ya que involucra migrantes de tránsito, migrantes de destino, migrantes legales e indocumentados que huyen de sus países, así como refugiados y grupos de personas movilizadas por las redes ilegales de tráfico de personas.

Si bien, hay una normativa internacional que orienta las acciones de organismos como la ONU, la situación de América Latina y El Caribe tiene sus propias especificidades. Hay muchas diferencias entre el flujo migratorio de los venezolanos que huyen a países vecinos de América del Sur, y casos como la migración haitiana, o de poblaciones centroamericanas que huyen en caravanas o son trasladados por redes de tráfico ilegal, en ese triángulo fronterizo que involucra flujos migratorios procedentes de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, que atraviesan el territorio de México, buscando llegar a los Estados Unidos, como destino final.

En este escenario son múltiples los signos de alerta. Por un lado, la política de los Estados que sirven de acogida transitoria o de destino final a los migrantes. Por el otro, los riesgos de la movilización, que transforma a los migrantes en víctimas del tráfico ilegal de personas, de la persecución gubernamental o del rechazo de las comunidades de tránsito o acogida.  Se trata de un mundo de irregularidades, ya que los Estados actúan en base a sus políticas de seguridad fronteriza, sin estar preparados ni jurídica ni conceptualmente para asumir funciones de protección y resguardo de los migrantes, que en la práctica son personas que huyen de sus países de origen, muchas veces sin contar con documentación ni dinero para movilizarse en condiciones normales. Se trata, de puntos ciegos, de zonas grises en la normativa legal que se le aplica a estos movimientos migratorios forzados, complicando aún más el tratamiento del problema.

En este sentido, los dispositivos militares que los Estados ponen en ejecución, dejan sin protección a los migrantes, afectando su condición humana, y las deportaciones a sus lugares de origen, los pone en riesgo de sufrir torturas y vejámenes, siendo tratados como enemigos políticos o como delincuentes. Esta situación, en gran parte es el resultado del desconocimiento que se tiene de la composición y características de estos flujos migratorios forzados por la violencia y la crisis social. En muchos casos, no se llevan registros específicos que permitan diseñar y poner en práctica mecanismos de protección de los migrantes.

En términos generales, no se diferencian las migraciones por causas socio-políticas o por efecto de desastres naturales, como las movilizaciones que se vienen dando por el cambio climático o por la destrucción de bosques, como es el caso de la Amazonía, donde el desarrollo de grandes proyectos agrícolas, ganaderos o mineros han forzado el desplazamiento de poblaciones en el Brasil y resto de países amazónicos.

Un cuarto signo de alerta tiene que ver con los flujos constantes de población, cuyos efectos son más duraderos a nivel regional. La migración venezolana es uno de los casos más contantes y voluminosos que se han dado en estos últimos años y sus efectos deben ser analizados a escala regional. Igual sucede con la migración que se lleva a cabo en el triángulo norte del continente, que además experimenta un importante contraflujo o retorno desde los Estados Unidos a sus lugares de origen.  También están los flujos migratorios extra-continentales, con poblaciones venidas de África y Asia a través de redes ilegales que movilizan personas por el Golfo de Darién, entre Colombia y Centroamérica, donde el paso de los migrantes se hace a costa de su propia vida.  

Finalmente, como otro signo de alerta tenemos las deportaciones y sus consecuencias en los Derechos Humanos, ya que se trata de un retroceso en la protección de seres humanos que han tomado el camino de la migración forzada por las circunstancias y que al ser deportados quedan en la incertidumbre y a merced de represalias en sus países de origen.  Aquí hay que anotar la situación de los refugiados y su debido proceso de calificación legal, que a veces queda suspendida en el tiempo. Por otro lado, existen muchos espacios de acogida, como destino final del migrante, que lejos de ser solución, se transforman en lugares de violación permanente de los derechos humanos.

En síntesis, la falta de coordinación de los gobiernos en la atención regional de este problema es un gran vacío. Sin herramientas legales para actuar los Estados dejan a los migrantes a su suerte. Se aprecia un debilitamiento de la gobernanza en sitios fronterizos y lugares de tránsito donde debieran concurrir en alianza las instancias internacionales de protección de los migrantes, los Estados involucrados y las comunidades afectadas de una u otra manera con la presencia de migrantes en sus territorios. Muchas políticas se quedan en anuncios por la falta estas alianzas locales o regionales que podrían ser muy útiles en la aplicación de soluciones.

Luego de esta exhaustiva mirada, Oscar Calderón pasa a los signos de esperanza, constituidas por esas “texturas de hospitalidad” que se aprecian en las comunidades que han entrado en contacto con los migrantes, sea por ser zonas de tránsito o por ser destinos de acogida. Aquí se registran casos relacionados con la labor que desarrollan comunidades y organizaciones sociales que le brindan su apoyo y solidaridad a los caminantes, como es el caso de los venezolanos que han partido hacia países del sur, desde Colombia hasta Chile, cruzando los Andes a pie.

Otro aspecto, es el intercambio de saberes y los procesos de intercambio cultural que a nivel de la música y la gastronomía se empiezan a desarrollar en las diferentes rutas de la migración y en las comunidades que sirven de acogida. Y el reto que ha significado la organización de los propios refugiados para cooperar con quienes le dan acogida. Estos procesos se vienen dando a escala local, no son publicitados, pero son signos de esperanza en la construcción de lazos de hospitalidad y reconciliación entre los grupos sociales y comunidades que se ven involucrados en la problemática de la migración como un problema humano. 

Y finalmente, los signos que nos desafían y que se deben asumir como retos en el corto y mediano plazo. En primer lugar, hay que darle mayor atención a las fronteras y a los pasos por donde circulan los migrantes. La frontera, en el caso latinoamericano no es un límite, un separador de pueblos con culturas diferentes, sino más bien, son espacios de vida compartida entre nacionales que están ligados por lazos familiares y culturales.  Por ello, el reto es crear coordinaciones que faciliten la vida en esos espacios de frontera.

Y en cuanto al drama de los refugiados, reconocerlos en su condición humana, dándoles herramientas para que sean protagonistas de su propio destino, tratando de entender el drama que viven en esa búsqueda de una mejorar condición de vida.  La perspectiva que nos propone el ponente es hacer una mirada global y profundamente humana de la situación del migrante y del fenómeno de la migración en nuestro continente.

Por una cultura  del reconocimiento y la reconciliación como Humanidad

La sesión de preguntas y respuestas sirvió para precisar los siguientes aspectos: Oscar Calderón señala que a pesar de la existencia de mecanismos de coordinación entre la ONU, organismos subregionales y gobiernos, para normar los tránsitos fronterizos y atender los flujos migratorios, hay ausencia de espacios para analizar las causas y los causantes de los procesos migratorios forzados, a fin de actuar para detenerlos o reducirlos. También se hace necesario crear mecanismos para la incorporación de organizaciones de la sociedad civil que trabajan en la protección del migrante y en la defensa de sus derechos humanos.

Por su parte Javier Cortegoso señala que se han venido formalizando pactos globales para una mejor gobernanza de los flujos migratorios, los cuales son de una gran importancia, pero estos deben mejorar su capacidad de operación contando con las organizaciones no gubernamentales que actúan en el área. Asimismo, existen mecanismos para impulsar programas de desarrollo que pretenden incidir en las causas de las migraciones, pero la dificultad está en coordinarlos con organizaciones comunitarias, inclusive contando con la participación de quienes han sido migrantes y refugiados.

Aflora también una noción de frontera como tejido de relaciones y espacio compartido entre sus habitantes, aunque dominan las visiones económicas y de seguridad nacional entre los Estados fronterizos. Los gobiernos cierran y abren fronteras de manera unilateral, sin entender que son espacios vivos que al cerrar los accesos legales de tránsito, le están entregando el control fronterizo a las mafias y grupos ilegales que se lucran con el tráfico de personas. Por ello, hay que resignificar las fronteras como espacios de encuentro y fortalecer los sujetos fronterizos frente a los centros nacionales de poder gubernamental.

Siendo el caso de la migración venezolana, la segunda en el mundo por su volumen, con seis millones de personas huidas del país, especialmente desde el 2015, ese fenómeno masivo no parece replicable en otros países, aunque muchos de los factores desencadenantes del proceso venezolano están presentes en la región. Finalmente, para los ponentes el fenómeno migratorio debe ser un camino para forjar, desde el dolor y el sufrimiento de la huida, una cultura de reconocimiento del otro, de solidaridad, hospitalidad y reconciliación como Humanidad.

Reinaldo Rojas
Doctor en Historia, profesor titular jubilado de la Universidad Pedagógica
Experimental Libertador, de Venezuela.
Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia y colaborador del Centro Gumilla.
Encargado de la revisión de los videos de las conferencias virtuales de la serie
“Análisis de la realidad de América Latina y el Caribe”, y redactor de sus versiones escritas.