+++ Un signo de muerte y de vida.

Cuando avanzaba la disolución de la Compañía por Portugal, España y Francia, entre los más empeñados en esta tarea de exterminio, corría de mano en mano un dibujo llamado “árbol jesuítico”. Las ramas gruesas tenían el nombre de las naciones donde estaba enraizada la Compañía, las ramas pequeñas el de las provincias y las hojas el de las ciudades donde vivía alguna comunidad de jesuitas. El hacha se afilaba en las cortes borbónicas para ir cortando las ramas una tras otra.

En el evangelio de Juan encontramos la parábola de la vid y los sarmientos (Jn 15,1-11), que nos acompañará como hilo conductor en esta reflexión sapiencial. En ella Jesús se comprende a sí mismo y se explica ante sus discípulos de todos los tiempos. Durante los cuarenta años en los que la Compañía estuvo suprimida los jesuitas vivieron un proceso pascual muy intenso. Leer estos años sólo con lenguaje de injusticia, de lamento y de pérdida, no respeta la obra de Dios ni la inspiración y novedad que él nos ofrece en toda poda, el Padre es el agricultor y puede convertir los hachazos dirigidos hacia la muerte en un futuro de vida de más calidad para tiempos nuevos.

+++ Un lenguaje sapiencial.

Escojo, con cierta audacia, el género sapiencial porque me parece propio de nuestro tiempo. Dice el P. Adolfo Nicolás en una entrevista publicada en Vida Nueva (Vida Nueva, Nº 2.850, mayo, 2013): “La Iglesia tiene que hablar sapiencialmente…, a la sociedad hay que ofrecerle sabiduría, dándole mensajes que tengan sentido, que abran caminos, que ayuden a los jóvenes a ver que hay todo un camino de sabiduría que hay que seguir… La gente busca sabiduría”.

Sabiduría y profecía son los dos términos de una polaridad bíblica. Los dos son necesarios, y tienen que estar siempre en diálogo como las dos alas de una paloma. Los verdaderos profetas llevan en sus entrañas la sabiduría para no quemarse en el fuego profético, y los verdaderos sabios incorporan la sensibilidad profética ante la injustica de la realidad para que su mística no sea una burbuja aséptica que flota sobre lo real.

De manera muy diferente al siglo XVIII, también nosotros vivimos hoy tiempos de poda en la Compañía y en la Iglesia. Precisamente, mientras experimentamos disminución de números, de provincias, de comunidades, de influencia en la Iglesia y en la sociedad, nos preguntamos cómo enfrentar de manera creadora los grandes desafíos del servicio de la fe y la promoción de la justicia en una cultura que globaliza la seducción y la superficialidad, y cómo unirnos al Espíritu que trabaja escondido en esta misma cultura como la savia en la vid. Buscamos por dónde brota y crece hoy la novedad de Dios en las ramas podadas. No existe ninguna situación personal o social donde Dios no esté trabajando y donde no pueda ser encontrado para crear con Él su novedad en la historia.

Al ser enviados a las “fronteras existenciales” de nuestro tiempo, descubrimos que no sólo la Compañía y la Iglesia padecen la poda. Pueblos enteros declarados no viables, minorías étnicas, inmigrantes sin papeles, refugiados de guerra, de conflictos y del hambre, esclavos de redes del tráfico humano, innumerables personas sienten amputada la vida, despojados de los derechos fundamentales y viven mutilados.

Este mundo que evoluciona con cambios profundos y vertiginosos nos desafía para dejarnos podar de todo lo que nos lastra el paso, de lo rancio, de lo que perdió su sabor y su sentido en nuestra misión. Como decía el Kolvenbach, somos invitados a tomar nosotros mismos las tijeras, cortando la “cosa adquirida” del segundo binario, para una refundación, “no ciertamente, en cuanto a nosotros toca, para repetir o copiar lo que Ignacio el fundador tuvo que hacer en su tiempo para la mayor gloria de Dios, sino para vivir con más radicalidad, más explícita y visiblemente, la razón de ser de la Compañía, a saber su misión”. (KOLVENBACH, Selección de escritos, 1991-2001; Sobre la reunión de Provinciales en Loyola 2000, p.68). Este proceso es algo muy distinto de “encerrarse en un orgulloso restauracionismo”. (p. 141). La expresión, “fidelidad creativa”, expresa bien esa doble fidelidad al origen de donde seguimos surgimos siempre, y al futuro que acogemos abiertos a la creatividad inagotable del Espíritu.

Con lenguaje sapiencial de poda, ya se expresaba el P. Arrupe en términos que siguen siendo actuales. Para el cambio que necesita la Compañía, hay que “cortar los lazos afectivos que nos atan a ciertas obras o instituciones o a cierto modo de gestionarlas que ya no son de actualidad en términos apostólicos, romper finalmente con todos los intereses creados que atentan contra la gratuidad de nuestra labor apostólica”. (Citado por KOLVENBACH, Selección de escritos, 1991-2001; A la Congregación de Procuradores.Discurso final. p. 122-123) Cortar y romper. Sin poda, hecha por otros o por nosotros mismos, no hay creatividad, ni futuro.

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