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El fetichismo que vivimos en las sociedades capitalistas lleva a muchas personas a pensar que el valor y hasta la dignidad de las personas dependen de la riqueza que poseen. Como los pobres no tienen dinero, ellos son vistos como personas de ”menos valor o de menor dignidad” y, por consiguiente, sus problemas no son importantes. Con esto, las luchas y programas político-sociales en contra de la exclusión social no entran en las prioridades reales de la nación.

Ante esta realidad social y antropología perversas, señalada por el Papa Francisco como uno de los grandes desafíos para la evangelización, concluí el artículo anterior proponiendo que la ”teología de la gracia” es una fuente para el desenmascaramiento y la superación de esta insensibilidad social. Esta propuesta puede sonarles realmente extraña a muchos lectores acostumbrados a los discursos religiosos cristianos. La ”gracia” es un tema de la teología dogmática o de la espiritualidad, y la insensibilidad y exclusión sociales, como los propios términos lo indican, temas sociales. Es decir, parece que estoy proponiendo mezclar temas religiosos con sociales, la misión religiosa con la acción social.

Ante esta percepción, algunos podrán defender esta propuesta diciendo que el cristianismo tiene dos misiones: la misión religiosa de anunciar el evangelio, y la misión social en favor de los pobres, en busca de la justicia social. Otros podrían decir que la Iglesia no puede perder de vista su misión fundamental, que es la religiosa, y deben dejar en segundo plano –para cuando haya tiempo y recursos que sobren– la misión social. Esos dos grupos, con posiciones conflictivas, comparten el mismo presupuesto: la misión religiosa es diferente de la misión social. Por eso, un grupo propone asumir las dos misiones, el otro asumir solamente la misión religiosa.

Esas dos posturas tienden a separar ”teología de la gracia” (tema religioso) de la discusión social sobre la exclusión social y la pobreza. Mi argumento, sin embargo, va en una dirección diferente. Ante un mundo que clasifica a los seres humanos con el criterio de la riqueza (y también debemos incluir, el de la raza, etnia, sexo...), es misión del cristianismo testimoniar que Dios no hace distinción entre las personas (Rom 2,11). Es decir, debemos anunciar al Dios que reconoce a las personas más allá de sus clasificaciones sociales (pobre o rica, libre o esclava, mujer u hombre, blanco o negro/indígena, hetero u homosexual...), o mejor dicho, antes que las sociedades clasifiquen a las personas y la importancia de sus sufrimientos, Dios reconoce la dignidad humana –y la dignidad no puede ser medida– de todas las personas, independientemente de su mérito o de su pecado, del éxito o del fracaso. Y esto es así porque Dios ama a todas las personas gratuitamente, sin imponer precondiciones.

En la medida en que vivimos en un mundo idólatra que clasifica a las personas por su posesión y otros criterios (sociales, étnicos, sexuales...), anunciar la verdad sobre Dios y el ser humano es también denunciar, desenmascarar la totalidad de la cultura dominante que niega la dignidad de la parte mayoritaria de la población.

En este sentido, la misión de evangelización del cristianismo no es una misión religiosa como comúnmente lo entendemos hoy. Nuestra misión es anunciar la buena nueva de que, no importa la condición social de las personas, Dios las ama y quiere que todas tengan vida en abundancia (Jn 10,10). Y esa vida no es aquella presentada por el ídolo-dinero que hace de la acumulación y competencia el sentido último de la vida humana. El Papa Francisco, en su documento ”Alegría del Evangelio” nos recuerda, citando el Documento de Aparecida: ”La vida se alcanza y madura a medida que es entregada para dar vida a los demás. Esto es, definitivamente, la misión.” (AE, n. 10)

En otras palabras, la evangelización no es una misión religiosa que debe venir acompañada también de una misión social, que sería como un desdoblamiento o aplicación de la misión religiosa en el campo social. Evangelización es una misión ”espiritual”, en el sentido de dejarnos llevar por el Espíritu de Dios que nos ama gratuitamente. La experiencia de ser amado gratuitamente por Dios nos lleva a testimoniar ese amor gratuito de Dios en los más diversos espacios de nuestra vida, sea en el campo religioso, social, educacional, familiar... donde las personas son ”oprimidas” en nombre de leyes sociales o religiosas.

Y la mayor ”máquina de opresión” que tenemos en la actualidad es el sistema capitalista globalizado que se presenta como absoluto, como ídolo hambriento de sacrificios de vidas humanas y del propio medio ambiente. Por eso, el Papa transfiere el tema de la economía y los problemas sociales desde la ”periferia” de la teología hacia el centro de la discusión sobre la misión de la Iglesia, la evangelización y, por consiguiente, hacia el centro de la teología. La cuestión teológica fundamental de nuestro tiempo no es un tema religioso o social, sino que es el conflicto entre el Ídolo-Dinero/Capital, que ”se alimenta” de sacrificios de vidas humanas y de la destrucción de la naturaleza, y el Dios de la Vida y de la Gracia. (Continuará con: La Gracia y las dinámicas económicas)

*Jung Mo Sung es teólogo y autor de ”Dios en nosotros: el reinado que ocurre en el amor solidario a los pobres”, Paulus. Twitter: @jungmosung. Traducción: Daniel Barrantes - Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Tomado de ADITAL, http://site.adital.com.br/site/noticia.php?lang=ES&prevlang=PT&cod=80520