Compartimos un artículo publicado en la revista  escrito por el P. Luis García Orso SJ, profesor de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Especialista en análisis de cine desde la espiritualidad ignaciana.

 

Notas para un camino espiritual hoy al modo ignaciano

 

Caminar. Cada persona es un caminante en la vida, que busca, se mueve, desea algo bueno y valioso. La persona se ayudará si se detiene y considera «a dónde voy y a qué» (Ejercicios Espirituales de San Ignacio, 239): plantearme un para qué, una dirección de mi existencia. Pero hay un camino único y diferente para que cada una, cada uno, se encuentre con Dios y consigo mismo. Cada creyente, tú, ha de encontrar su propio camino: aquel que saque a la luz lo mejor de ti mismo, aquello tan personal que Dios ha puesto en ti, ahí donde hallas vida verdadera y con sentido, y motivación para cada día.

Preparar el corazón. Los que buscan lo mejor para su vida creen que también Dios así lo quiere y que te lo quiere mostrar y ofrecer. San Ignacio de Loyola te propone prepararte a encontrar y, para ello, hacer silencio interior, disponer tu corazón y quitar lo que lo detenga, lo apegue y lo apague; dejar lo que te haga menos libre para recibir de Dios lo mejor para ti.

Desear de corazón. El deseo más profundo de tu corazón es el terreno donde tu persona va a trabajar y donde Dios va a trabajar en ella. Por eso detente frente a lo que en verdad y con sinceridad deseas y buscas en la vida. San Ignacio recomienda a cada quien: «Poniendo todo el cuidado en sólo una cosa, es a saber, en servir, a su Creador y aprovechar a su propia alma; y usa de sus potencias naturales más libremente, para buscar con diligencia lo que tanto desea» (EE. 20). No vas solo en esa búsqueda, sino guiado por el Espíritu. A Él le preguntas: ¿Qué quieres de mí, Señor?… Preguntas y te abres a una luz y a una invitación que llegarán.

Encuentro personal. No se trata de cumplir con unas prácticas o formalismos o rezos repetitivos, sino de hacer un encuentro y una relación personal con Dios, y dejar que «el mismo Creador y Señor se comunique al alma devota, abrazándola en su amor y alabanza, y disponiéndola para el modo de vivir en que mejor podrá servirle en adelante» (EE. 15). Es un encuentro que se da en el amor y por amor, por tanto bien recibido. Porque «Dios nos amó primero y nos envió a su Hijo» (1 Juan 4, 10).

Encuentro con Jesús. Jesús el Hijo de Dios sale a mi encuentro y me invita a una relación personal viva con Él: «Venir conmigo», «trabajar conmigo», «seguirlo» a él en mi vida (cfr. Ejercicios de San Ignacio, 95). Es un llamado del mismo Cristo que toma toda mi persona: sentimientos, sentidos, inteligencia, voluntad, decisiones, imaginación… y me pone en la mejor dirección. Entusiasmado por esta invitación de Jesús, pido «conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga» (EE. 104); un conocer no teórico, sino íntimo, personal, porque de esta relación va brotando el amor.

Seguimiento de Cristo. La contemplación de Jesús en su historia —como nos lo transmiten los Evangelios— me lleva a situarme en mi propia historia y realidad, pues es ahí donde quiero yo amarlo y seguirlo, no en un mundo idílico o nebuloso. Voy aprendiendo en la oración, en la contemplación del Evangelio, y en la vida cotidiana la pasión amorosa de Jesús por Dios y su reino de vida; voy aprendiendo —poco a poco— qué es amar a Dios y a los demás y seguir a Cristo en las condiciones reales de la vida, junto con otros; voy aprendiendo compasión, perdón, generosidad, solidaridad, trabajar por la paz y la justicia, colaborar con otros, etcétera. Aprendo al mirar a Jesús.

Amar y servir. Como lo contemplo en su vida, Jesús me lleva a amar y servir a los demás, a los pobres, los necesitados, los marginados; a descubrir que una vida plena y con sentido es aquella que se entrega con amor gratuito y desinteresado; que rompe el estrecho mundo egocéntrico y se abre a Dios y a los otros. Jesús mismo me regala otro querer, otro interés, otro amor, otra forma de vivir. «Piense cada uno que tanto se aprovechará en todas las cosas espirituales, cuanto salga de su propio amor, querer e interés» (EE. 189).

 

P. Luis García Orso SJ

Con información de christus.jesuitasmexico.org