La palabra griega hamartía, traducida comúnmente como pecado, en realidad significa desperdicio, no darle al blanco, perder tontamente las oportunidades de plenitud que la vida nos presenta.

Una vez que ha descrito el ideal de la vida humana —la comunidad centrada en el amor compartido que describe en el “Principio y Fundamento”— san Ignacio presenta, en las meditaciones de la primera semana de Ejercicios, la razón por la que no vivimos en plenitud nuestra vocación de ser comunión. Es la condición que en la tradición cristiana llamamos pecado.

Habría que subrayar que el término no describe una situación jurídica o moral, sino un desorden más profundo, podríamos decir que existencial. Pecado hace referencia al estado de quien no es capaz de percibir su vocación de construir una comunidad de amor, sino que se vive como un individuo en oposición a otros individuos ante quienes tiene que defenderse y luchar, tanto por llevar adelante sus propios intereses como para apropiarse de la mayor parte de los satisfactores, que siempre son escasos.

La palabra griega hamartía, traducida comúnmente como pecado, en realidad significa desperdicio, no darle al blanco, perder tontamente las oportunidades de plenitud que la vida nos presenta. Y no le damos al blanco porque toda nuestra percepción del mundo está viciada, está enferma.

Para entender esta distorsión fundamental (este pecado original, u origen de todo pecado) nos sirve mucho el relato del Génesis que describe el engaño de Adán y Eva, la manera en que pierden su relación de comunión con Dios, al seguir ingenuamente las insinuaciones del espíritu del mal. Es la primera meditación que Ignacio sugiere sobre el pecado: captar cómo el mal engaña, para así poder desenmascararlo en nuestra propia vida.

En Génesis 3, 1-24 se les presentan a Adán y Eva dos posibles itinerarios para construir sus vidas. Es la lucha entre las dos lógicas: la de Dios y la del mal; el amor en comunión o el aislamiento egoísta.

La narrativa inicia presentándonos en el capítulo 2 (para que podamos captar el contraste) la vida en el paraíso: el ser humano en libertad y armonía con la Creación, entendida como el espacio/tiempo donde podía crecer y madurar ejercitando su capacidad de amar. El ser humano está llamado a ser cocreador con Dios del mundo de la comunión.

En medio de ese ideal, y gracias a la capacidad del ser humano para tomar conciencia de sí y de su entorno, aparece el engaño de imaginar y, eventualmente, creer que la felicidad no está en la comunión ya experimentada (dar y recibir amor), sino en la autosuficiencia (apropiarse, depredar, no depender de nadie).

Hasta entonces, el ser humano había vivido en la dimensión de la gratuidad: todo lo que es y le rodea es un don, un regalo. Adán y Eva, figuras arquetípicas de la condición humana, experimentaban lo que los místicos han descrito con la frase “El amor de Dios basta”. Es decir, no hay nada que pueda nutrir más y mejor al ser humano que vivir en esa comunión de amor gratuito. Pero el espíritu del mal les insinúa que existe otro mundo y que ese mundo es preferible al que habitaban entonces. Un mundo de dueños y señores, donde cada individuo construye su derrotero a voluntad, prescindiendo de los demás. Un camino de autosuficiencia (el fruto prohibido) que les pareció apetecible.

Al decidirse a seguir ese camino, aparece en Adán y Eva una nueva actitud ante el mundo: la AVARICIA, el afán de posesión. Llegar a creer que nuestra alegría vendrá de acumular objetos y no del amor de sujetos (personas). Por primera vez, “arrebatan” algo que no se les había dado desde la gratuidad. Queda distorsionada su relación con su entorno material. Ya no lo ven como una gran comunidad, sino como una colección de cosas susceptibles de ser poseídas y acumuladas.

Al mismo tiempo, en sus conciencias se produce una imagen falsa del ser humano, de la propia identidad. En lugar de ser parte de un todo armónico y pleno, se perciben separados, opuestos. El pecado fundamental de Adán y Eva implica pretender prescindir del Otro. Le creen al mal espíritu cuando les afirma que “serán como Dios”, es decir, que Dios ya no les será necesario, que podrán construir un mejor futuro “solos”.

Así se consolida una imagen falsa del ser humano (aparece la VERGÜENZA, otro sentimiento que no conocían). Empiezan a verse como seres defectuosos, pervertidos, y a sentir la necesidad de ocultar esa situación a toda costa. Quieren esconderse, disfrazarse; quieren ser “otra cosa”. Su identidad en realidad se vuelve “diabólica”(que etimológicamente significa perversa, difamadora, dispersante y desintegradora). Queda distorsionada su relación consigo mismos.

Finalmente, y como la consecuencia más peligrosa, se establece un círculo vicioso de retroalimentación entre su autoimagen enferma de vergüenza y una imagen distorsionada de Dios, un “ídolo” (imagen de algo que no existe, como “icono” es la imagen de lo que sí existe)Ya no perciben al Dios cercano, que les ama y aprecia, sino que lo ven como una proyección de ellos mismos: una soledad autocentrada, sedienta de poseer y de mandar. Descubren un nuevo sentimiento que no conocían, aparece el MIEDO. Queda distorsionada su relación con Dios. Así se da efectivamente una ruptura de la comunión. Rompen con la naturaleza, consigo mismos, con Dios.

San Ignacio descubre, en su itinerario de conversión, que él y otras muchas personas habitaban (y habitan) este mundo ficticio, producto del único pecado, es decir, del egoísmo, de la distorsión perceptiva que nos lleva a ver al mundo, a vernos a nosotros y a ver a Dios, como un campo de batalla en el que luchan voluntades autocentradas y en el que hay que sobrevivir defendiéndose; mejor aún, atacando. Esto está en el fondo de nuestros desencuentros, conflictos, rupturas y violencia. Necesitamos sanar de nuestra distorsión afectiva para ver con claridad la realidad como un espacio donde el amor en comunión es lo único que sacia el hambre de felicidad que tiene el ser humano.

En su introducción a la primera semana de Ejercicios, san Ignacio sugiere que pidamos “interno conocimiento de mis pecados y los de la humanidad y aborrecimiento de ellos”, “deseo de enmendarme y ordenarme”, de convertirme al Señor y a su proyecto de comunión.

Con estos términos está describiendo el necesario proceso de desenmascaramiento del pecado, salir del engaño y la mentira que está en su origen. El pecado es la decisión de procurarse por sí mismo la propia realización, el rechazo (consciente o inconsciente) a situarse ante Dios y ante los demás con una relación de amor. Es la negación de toda interdependencia y la obstinación de la soledad de sí mismo. Es el acto de una libertad ingenua que se cierra sobre sí.

Alejándose de Dios y de la comunidad, nuestra libertad entra por caminos de autodestrucción. Como Narciso, que se contempla y queda absorto en sí mismo y al cabo se queda solo y muere. No es tanto infringir una ley, la ley es algo externo. La ley sirve para desenmascarar dinámicas de pecado. Pero el pecado es algo más profundo. Es romper con Dios, con mis hermanos y hermanas, conmigo mismo.

El pecado es un proceso paulatino de objetualización, de convertir a las personas en objetos. El síntoma principal del pecado es la incapacidad de sentir con el otro, tener el “corazón de piedra”. Y no sentimos a los otros porque para nosotros no son personas, no son hermanos, no son sujetos de comunión. En ellas y ellos sólo vemos objetos, insumos, en nuestra búsqueda de satisfactores. Como consecuencia de esto, nos vamos aislando con una sensación de vacío interior, de sinsentido, más allá de las alegrías efímeras que proporcionan los satisfactores materiales o intelectuales (que en realidad son “narcóticos”). Ese “vacío” sólo puede ser llenado con la presencia del Otro y de los otros.

La única manera de salir de este círculo vicioso es encontrarnos con un “inocente” que, a través de su amor incondicional, sane las heridas de nuestras experiencias de desamor, que nos libere de la tiranía del ego. Jesús es el Inocente por antonomasia. La manera en que nos redime (literalmente “rescata”) será el tema de nuestra siguiente aportación.

“Adán y Eva”. Lucas Cranach, siglo XVI.

 

Por Alexander Zatyrka, SJ

Con información de magis.iteso.mx