«¿Qué dices de ti misma?». Con esta pregunta el Card. Léon-Joseph Suenens, arzobispo de Malinas-Bruselas, sugirió que el Concilio interrogara a la Iglesia[1]. La pregunta, formulada en el célebre discurso que el cardenal pronunciara el 4 de diciembre de 1962, surgía en el contexto de la discusión de De ecclesia, del que partió la redacción de la Constitución dogmática Lumen gentium (LG)[2].

Se trata de una pregunta que no puede responderse de una vez y para siempre: se repite en cada época, y el Sínodo 2021-24 es otra instancia, o más bien un camino, para elaborar juntos una respuesta al comienzo del tercer milenio, a través de las distintas etapas de un proceso que, desde su apertura en octubre de 2021, ha interpelado a la Iglesia en todos sus niveles, desde el local y nacional hasta el continental. Concluida la fase de consulta y escucha, el proceso continúa con la XVI Asamblea General del Sínodo de los Obispos, que, por decisión del Papa Francisco, tendrá lugar en dos Sesiones (octubre de 2023 y octubre de 2024). La apertura de la Primera Sesión (30 de septiembre – 29 de octubre de 2023), con la Vigilia Ecuménica de Oración «Together»[3] en la Plaza de San Pedro, es ya inminente.

El título del Sínodo 2021-24, «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión», deja claro que su tema es precisamente la identidad de la Iglesia, su modo de proceder y su estilo de anunciar la buena nueva del Evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Es esta atención a la identidad misionera de la Iglesia la que está en la raíz del proceso sinodal en curso en el Concilio Vaticano II, como lo demuestra también la riqueza de referencias conciliares[4], explícitas e implícitas, que se encuentran en el Instrumentum laboris para la Primera Sesión (IL)[5]. Para una presentación de su contenido, remitimos al artículo recientemente publicado en esta revista en su versión italiana[6]. En éste, por otra parte, a pocos días de la apertura de los trabajos asamblearios, intentaremos explicar algunas de las coyunturas que están en juego en este Sínodo.

Retomar de modo dinámico el Concilio Vaticano II

El Sínodo 2021-24 se celebra aproximadamente sesenta años después del Concilio: una distancia históricamente significativa, que indica que ya no es posible considerar el Vaticano II como un acontecimiento de nuestro tiempo. Basta pensar en lo mucho que ha cambiado el mundo en estas décadas, con el fin de la «guerra fría» y el bipolarismo, o la irrupción de las tecnologías de la información, Internet y ahora la Inteligencia Artificial, por citar sólo algunos ejemplos. No son pocos los pasajes de los documentos conciliares que, a pesar de la profundidad de sus reflexiones, corren el riesgo de parecer anticuados. Por otra parte, los mayores de sesenta años son hoy alrededor del 15% de la población del planeta, y algo más del 30% en un país notoriamente envejecido como Italia: para todos los demás, el Concilio pertenece a la historia, no al pasado biográfico y existencial. Ante esta constatación, debemos considerar cerrado el tiempo de la recepción y aplicación del Concilio en sentido estricto, y pasar al de una relectura que sea a la vez una modernización y un relanzamiento.

Evidentemente, no se trata de poner el Concilio en el desván, ni menos aún de pensar que este Sínodo pueda sustituirlo. En estos sesenta años, incluso con todas las tensiones que ha atravesado – o quizás precisamente a causa de ellas –, el Vaticano II ha representado la «vía común» que ha permitido a la Iglesia realizar la unidad en la diversidad y llevar a cabo su propia reforma constante. El Concilio es también la base sólida sobre la que se asienta el Sínodo 2021-24, como demuestran los resultados de la fase de escucha y consulta con el pueblo de Dios: por ejemplo, la fuerza con la que ha surgido la centralidad de la dignidad bautismal indica hasta qué punto ha calado hondo el mensaje del Concilio.

Los nuevos tiempos traen nuevos signos, que debemos volver a discernir para permanecer fieles al Evangelio, mientras el cambio de circunstancias lo haga posible, y al mismo tiempo nos exijen dar un paso adelante respecto a las numerosas tensiones sobre las que los documentos conciliares registran un balance inevitablemente provisional. Por tanto, es necesario retomarlos, no para resolverlos definitivamente – tarea imposible –, sino para encontrar un modo de proceder y de sembrar el Evangelio que sea adecuado a nuestro tiempo.

El Sínodo 2021-24 no es sólo la ocasión, sino también el instrumento para hacerlo, a través del dinamismo del «caminar juntos»: pide a la Iglesia que haga experiencias concretas, pero sobre todo que se detenga a releer las ya realizadas y las que están en curso a la luz de la Palabra de Dios; así podrá meditarlas en profundidad, discernir lo que en ellas parece venir de Dios y lo que no, y reorientarse en la dirección en la que el Espíritu le pide mover los pasos siguientes. De este modo, tiene la oportunidad de «distender» diacrónicamente las tensiones y experimentar posibles disposiciones, verificando sus resultados, valorando la escucha de la voz del pueblo de Dios y el discernimiento de sus pastores.

Con la Constitución Apostólica Episcopalis communio (18 de septiembre de 2018), el Papa Francisco confiere a la institución del Sínodo un carácter marcadamente procesual y dinámico. Por una parte, esto permite escapar al imperativo de elaborar, en el breve tiempo de una asamblea sinodal, soluciones definitivas, que luego solo piden ser puestas en práctica; por otra parte, la relajación del proceso en el tiempo permite «desactivar» los conflictos, a los que se puede dejar emerger en lugar de mantener ocultos, transformándolos así «en eslabón de unión de un nuevo proceso», según la enseñanza del Papa Francisco en el n. 227 de la exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG). Gracias al método de la conversación en el Espíritu, algunas asambleas continentales han podido constatar que esto es posible, y sobre todo fructífero[7].

En los párrafos que siguen trataremos de explicitar algunas de las orientaciones sobre las que el Sínodo 2021-24 y, dentro de él, la Asamblea que está a punto de inaugurarse con la primera de sus dos Sesiones están llamados a llevar a cabo, en una la labor de relectura, reapropiación y relanzamiento del Concilio.

 

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  1. Poco menos de un año más tarde, Pablo VI, sin formular literalmente la misma pregunta, indica la definición del concepto de Iglesia como prioridad del Concilio: cfr. Pablo VI, s., Alocución por la solemne apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 29 de septiembre de 1963, n. 4. 

  2. Cfr. G. Sale, «Dal “De Ecclesia” alla “Lumen gentium”», en Civ. Catt. 2017 III 360-374. 

  3. Para mayor información sobre la iniciativa «Together», véase el sitio web: https://together2023.net 

  4. Cfr. M. S. Winters, «Synodal working document is deeply rooted in Vatican II», en National Catholic Reporter (www.ncronline.org/opinion/ncr-voices/synodal-working-document-deeply-rooted-vatican-ii), 26 de junio de 2023. 

  5. Cfr. XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Instrumentum laboris para la Primera Sesión (octubre 2023), 29 de mayo de 2023. 

  6. Cfr. G. Costa, «L’“Instrumentum laboris” per la prima sessione del Sinodo 2021-2024», en Civ. Catt. 2023 III 121-135. 

  7. Las siete Asambleas Continentales, celebradas en el primer trimestre de 2023, son la culminación de la fase de escucha y consulta. Permitieron a las Iglesias de una misma zona geográfica establecer un diálogo. Sus Documentos Finales constituyeron la fuente principal para la elaboración de la IL. Para más información sobre la articulación de las distintas fases y etapas del proceso sinodal, consulte el sitio web oficial del Sínodo www.synod.va