El tema del discernimiento de espíritus[1], característico de la espiritualidad de San Ignacio de Loyola y pieza esencial de sus Ejercicios Espirituales (EE), ha sido objeto, en todo tiempo de estudios especializados. Es típico de nuestro tiempo el intentar una teología de los Ejercicios, o sea la búsqueda, en las fuentes de la teología especulativa, de temas que, en el pasado, sólo eran objeto de comentarios históricos o espirituales.

La teología que hizo San Ignacio en sus Ejercicios tiene un carácter especial. La consideramos como un tipo de reflexión teológica que Ignacio llamaba «teología positiva» y que nosotros llamaremos «teología kerigmática». Es una teología que intenta conjugar el rigor teológico de la espe­culación sistemática, que busca el equilibrio entre todos los temas, con el vigor vital de la reflexión a-sistemática[2], que privilegia el discernimiento, sacrificando, diríamos, la lógica y el equilibrio del sistema en beneficio de la profundidad del enfoque teológico.

Lo propio de la teología kerigmática del discernimiento es que se orienta a la práctica, la de la fe que obra por la caridad. Es una teología vivida, que reflexiona haciendo consciente una experiencia espiritual y la ordena y profundiza a medida que lo necesita para comunicarlo a otros.

Ahora bien, el discernimiento de espíritus se inserta, como corazón, en el proceso integral de los Ejercicios Espirituales. De ahí que la totalidad de los temas y el orden y los tiempos en los que estos Ejercicios consisten, sea esencial al discernimiento. Dicho de otra manera: no se puede hacer un discernimiento «de buenas a primera», como si uno se sentara a razonar simplemente, y pusiera en un papel las razones a favor y en contra del tema acerca del cual tiene que elegir una opción u otra. Como veremos, en los Ejercicios este sería un «escenario» posible para plantear una elección. Pero el primer discernimiento de todo aquel que quiera discernir seriamente, consiste en clarificarse dos cosas: una, que su problema requiere entrar en un proceso; la otra: que necesitará acompañamiento y ayuda.

Lo primero, pues, para una teología del discernimiento, es una teología de los Ejercicios Espirituales en su conjunto, a nivel temático. San Ignacio le daba tanta importancia a los temas de oración que, respecto de ellos, exigía una peculiar fidelidad al director de los Ejercicios[3]. Esta fidelidad la exigía precisamente para poder contar con que se darían mociones en el ejercitante. Los temas mismos, en su totalidad y en el orden en que vienen presentados, tienen la gracia kerigmática de provocar estos movimientos de espíritu.

Si desde un punto de vista abstracto pudiera parecer reductivo el planteo de ceñir el tema del discernimiento a los Ejercicios de San Ignacio, tengamos en cuenta que en la Iglesia hay carismas que son «universales y concretos»: no excluyen sino que condensan y se complementan con otros carismas. Son gracias que el Espíritu da a una persona santa en concreto pero no para beneficio de pocos sino «para el bien común».

Y así como en cuestiones especulativas, recurrir a la autoridad de los Padres o de Santo Tomás, no se considera como un camino particular sino universal (el de la tradición católica), en lo que hace al discernimiento, recurrir a San Ignacio es recurrir a aquel a quien la Iglesia a nombrado Patrono de los Ejercicios Espirituales[4]. Y practicar los Ejercicios es algo que la Iglesia recomienda como «método óptimo»[5], no para un tipo especial de personas sino para todos los cristianos. Lo propio de los Ejercicios de San Ignacio es la flexibilidad – un «hacerse todo a todos» – para ayudar a todo aquel que desee seguir un poco más de cerca a Jesucristo, eligiendo el lugar de servicio que el Señor le da para el bien de la Iglesia y reformando su vida.

Para el discernimiento – y para una teología del discernimiento – los Ejercicios Espirituales son una puerta privilegiada para entrar a dialogar y a aprovechar toda la riqueza de la tradición y de la Escritura. La importancia del tema a discernir y la condición de las personas implicadas en el discernimiento marcarán el tiempo que se deberá dar a este proceso de los Ejercicios y el modo de llevarlo adelante.

 

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  1. El presente artículo es una síntesis de un ensayo que apareció con el título de «Apuntes para una teología del discernimiento de espíritus», en Ciencia y Fe XIX (1963) 401-417; y en Ciencia y Fe XX (1964) 93-123. 
  2. Fiorito desarrolla, como ejemplo de teología sistemática la obra de K. Truhlar, Structura theologica vitae spiritualis, Roma, Gregoriana, 1958, 219; y como ejemplo de teología asistemática, la obra de K. Rahner, Lo dinámico en la Iglesia, Barcelona, Herder, 1963, 181. 
  3. Cfr. EE 2 y 20, donde habla del «fundamento verdadero de la historia», y del dar «todos los ejercicios espirituales por la misma orden que proceden», desde el «Principio y fundamento» hasta la «Contemplación para alcanzar amor». 
  4. Cfr Pío XI, Constitutio Apostolica «Summorum Pontificum». S. Ignatius de Loyola Caelestis Exercitiorum Spiritualium Patronus declaratur, 25 de julio de 1922. 
  5. Cfr. Id, Mens Nostra, 20 de diciembre de 1929; Juan Pablo II, s., Angelus, 16 de diciembre de 1979; Código de Derecho Canónico (CIC) nn. 246; 5; 770; 1030.