Compartimos la entrevista al Hno. Marcos Alonso Álvarez SJ, jesuita de la Provincia de México, realizada por Germán Méndez Ceval SJ y publicada en la revista Jesuitas 2022 - La Compañía de Jesús en el mundo”.

 

«En todas las casas en que he estado he plantado rosas porque me ayuda la maravilla que representa el que una planta retoñe y dé flores... Esa maravilla me ayuda a hacer oración. Aquí en casa tenemos tres jardincitos y, ahora que me paseaba por donde están los rosales, he caído en la cuenta de que, con la pandemia, parece que han dicho: “Vamos a ayudarle a los padres” porque florecieron todo el año.»

Para el hermano Marcos Alonso Álvarez, jesuita de más de 60 años de Compañía, su vida como religioso ha sido una experiencia similar a esta maravilla del rosal. En su vida, el Señor ha abierto varios botones y cerrado otros con cada destino recibido, pero el rosal conserva la gracia de retoñar.

En su adolescencia surgió el deseo de servir al pueblo. «Me acerqué a una religiosa, la madre Jacinta, y le propuse mi idea. Ella me presentó el trabajo de los hermanos coadjutores en la Compañía. Vi a los hermanos y lo que hacían, y me gustó.»

En 1961 hizo votos. «Hice votos y partí a trabajar [se ríe], en ese entonces ese era el estilo. Fui ayudante de cocina. Aprendí de una persona excelente, el hermano Luis Escalera – que hace poco falleció –. Terminé mi formación y me enviaron a la comunidad que atendía la iglesia del Espíritu Santo en Puebla.»

Allí colaboró en una obra que atendía las necesidades educativas de niños indigentes: rosales que buscaban también florecer. «Estuve ahí 23 años. Trabajaba en las mañanas y por las tardes estudiaba contabilidad para apoyar mejor en la obra. Los últimos 10 años fui Director Administrativo. Con ayuda de bienhechores pudimos sostener el proyecto que acompañaba a más de mil niños. Conseguíamos que algunas empresas les dieran a los jóvenes una oportunidad, pues reconocían en ellos una formación integral. Buscábamos darles herramientas para que salieran adelante en la vida.»

«Después, me destinaron a la Ciudad de los Niños, en Guadalajara. Acompañaba a 130 niños de 9 a 12 años. Venían de una situación de calle; era difícil la convivencia entre ellos. Venían muy maltratados y con necesidad de cariño. Por la mañana les ayudábamos con el estudio y por las tardes organizábamos actividades deportivas o culturales. Era muy satisfactorio ver cómo cambiaban en su modo de tratarse entre ellos y a su familia.»

Destinado a la ciudad de Torreón, zona casi desértica, apoyó en un centro parroquial que acompañaba a ejidatarios (cooperativistas agrarios). «Pasé de escuchar gritos de escuela las 24 horas a una gran soledad.» Después, colaboró en otra parroquia como administrador, ministro y ecónomo. «Tuve la oportunidad de convivir con muchos migrantes que llegaban a pedir ayuda para seguir adelante». Fueron 13 años de ver al rosal florecer en la soledad del desierto.

Después estuvo 11 años en la comunidad Pedro Canisio, enfermería de Guadalajara, como administrador y ministro. «Acompañar a nuestros hermanos y padres enfermos es un trabajo bonito, pero pesado. Me daba mucha tristeza ver cómo algunos padres, después de haber sido grandes profesores, predicadores o misioneros, terminaban solos. No abandonados, pero sí con mucha soledad.» No abandonados... pues en el desierto el rosal aún tiene botones que necesitan de cuidado, como el que él brindó a sus hermanos.

«Ahora estoy acá en la Sagrada Familia, en la Ciudad de México, como ministro y encargado del hospedaje. Estoy muy contento, ya no puedo trabajar mucho como antes pero todavía le hago la lucha.» Por la pandemia, la casa no ha recibido huéspedes, pero quien se hospeda en esta comunidad vuelve siempre con alguna anécdota del hermano Marcos y una gran experiencia de generosa acogida.

Su modo de ser con los más necesitados, de trabajar con el corazón entero, es fruto de esa relación que guarda con Dios. «Lo que me ha sostenido es la oración, la eucaristía y los Ejercicios. Para mí, Dios es un Padre que nos ama a todos y, sin embargo, siento que me ama de una forma especial a mí, por eso me ha dado la gracia de cumplir mi vocación. Estoy muy agradecido con Dios porque, sin merecerlo, me dio la vocación de hermano; y con la Compañía, que me aceptó así como soy... no me pidió grandes cualidades. Agradezco que, como nos insistían en la formación, toda la vida del hermano es vida oculta, no brilla para el mundo. A mí siempre se me ha hecho bello que el Señor estuvo 30 años así y nadie sabía de él; me siento llamado a imitar a Cristo así. No me interesa brillar, me interesa servirle al Señor y estar con él.»

«Le parecían todas las cosas nuevas...» es la expresión que Ignacio relató a Gonçalves de Cámara. Con esta pequeña entrevista, el hermano Marcos nos regala su propia experiencia de claridad del Cardoner: implica confiar en Dios que siempre hace brotar un nuevo botón en el rosal. Nuestra vida – si la vivimos con el Señor – nunca se volverá rutinaria. El Señor no se cansa nunca de renovarnos.

 

Imágenes e información de jesuits.global