¿Dónde hallaremos los recursos para ejercer nuestro compromiso a favor del mundo creado? ¿En qué apoyaremos nuestra acción en beneficio de la Tierra y de los seres vivos que la habitan? La campaña ecológica, como se sabe, ha puesto el énfasis sobre todo en la dimensión del miedo y el sentimiento de culpa; en otras palabras, en sentimientos reactivos[1]. Si bien el miedo juega un papel indispensable al dar un sentido de urgencia al problema[2], ¿puede, por sí solo, alimentar una «toma de posición» ecológica de largo plazo? ¿No es necesario, acaso, añadir al miedo y a la culpa sentimientos proactivos, que nos involucren positivamente en un compromiso personal con la «casa común»?

Por otro lado, la alerta a propósito del clima y del futuro de las especies viene acompañada por la difusión de datos científicos continuamente actualizados. Reflejan el papel fundamental que tiene la ciencia para dar la voz de alarma (en respuesta a todo tipo de escepticismos). Estos datos desempeñan un papel esencial en la movilización actual, pero ¿pueden sostener un compromiso de fondo en beneficio del Planeta verde o azul? «El discurso de la razón no funciona», constata el oceanógrafo François Sarano, no menos dedicado, por profesión, a la demostración científica. En sus abstracciones, las cifras no hablan: «200.000 toneladas de plástico arrojadas cada año al Mediterráneo, ¿qué significa esto?». Lo que más cuenta hoy, prosigue el oceanógrafo, es de otro orden: «Necesitamos conducir a cada uno a retomar contacto con los seres vivos»[3].

Estas páginas intentarán demostrarlo. La crisis actual nos llama a redescubrir un vínculo de empatía con las demás especies vivientes, vegetales y animales, en el espacio y en el tiempo del «paisaje», extendido a todo el planeta[4]. El camino de búsqueda de sí mismo al que está llamado el ser humano no puede ser antropocéntrico y solipsista, como lo ha sido en la modernidad: la vida del «yo» pasa por su inclusión en el «nosotros» de los seres vivos, en el horizonte del mundo natural. Esta transformación tiene lugar en el plano de la «simpatía»: pasa por una percepción imaginativa y afectiva de los demás seres vivos de esta Tierra. Como veremos, esta se encuentra reiteradamente con la percepción suscitada por la poesía. Es conocida la afinidad inmemorial de la poesía con la naturaleza: las reglas del haiku (por mencionar una tradición) requieren la inclusión de una referencia a la estación en el breve poema. Esta afinidad recibe hoy una nueva actualidad: la de despertar en cada uno una comunión posible con los (otros) seres vivos de la tierra[5].

En el itinerario aquí propuesto, la noción de «ejercicio» desempeñará un papel central. Ha llegado el momento de ejercitar nuevamente – o finalmente – nuestra empatía por los seres vegetales y animales que pueblan el planeta, para descubrir cómo revive la compasión por los seres humanos. Para los que viven de la fe en el Dios creador, y por tanto, para los herederos de la Biblia, los ejercicios en cuestión comprenden una dimensión espiritual. Como Obra de Dios, la creación no puede ser el telón de fondo del teatro de lo humano: es el ambiente en el que Dios ha puesto al hombre, ser vivo entre los seres vivos. Dice Dios a Job: «¿Dónde estabas tú cuando yo echaba los cimientos de la tierra?» (Job 38,4). A los hombres de hoy, les pregunta: «¿Dónde estás tú en la tierra de los seres vivos?».

La ecobiografía

En su ensayo Je est nous. Enquête philosophique sur nos interdépendances avec le vivant, el filósofo Jean-Philippe Pierron introduce una noción particularmente valiosa en la crisis actual: «ecobiografía». «Forma renovada del “conócete a ti mismo”», la ecobiografía «despliega una ecología en primera persona, en la que la persona no va primero»[6]. El «yo» humano juega ciertamente un papel creativo, pero sin robarle la escena a los demás vivientes, como ocurría en los pensamientos antropocéntricos que avalaron la explotación del mundo natural. En efecto, se trata de percibirse como ser vivo en medio de los seres vivos: «El dato más inmediato del pensamiento humano se formula así: “Yo soy vida que quiere vivir, rodeado de vida que quiere vivir”»[7]. La energía primaria de la ecobiografía es, pues, la de la empatía, en una «comunión simbiótica de los seres vivos»[8].

Una biografía como esta, explica Pierron, hunde sus raíces en la infancia, santuario de la polisensorialidad: la infancia es «la movilización de una textura particular del mundo, de un olor particular, poblada de perfumes secretos»[9]. Pensemos en el recorrido «zumbante de los espinos», caro a Marcel Proust en su infancia[10], o en la haya saludada por Pascal Riou, «la haya que me ha visto crecer: tú, mi plácido aliento»[11]. Es una edad en la que todos fuimos «arbóreos»: «Éramos pequeños, pero nos volvíamos tan grandes cuando, en el árbol de nuestros juegos, nos agarrábamos con una mano de una rama más alta. Y encaramados en ella, pasábamos las horas maravillados, contemplando la historia de la especie que se inventaba en nosotros»[12].

Esta afinidad sensorial, nacida antes de que diéramos la primacía a lo visual, retomada por el lenguaje, está dormida en nosotros, esperando que la despertemos. Quienes la reaniman experimentan a menudo un encanto, en forma de gratitud.

Estas emociones, antiguas o nuevas, no significan en absoluto que la ecobiografía sea un esteticismo pendiente. «Las imágenes poéticas del mundo que habitamos – escribe Pierron – son también imágenes que nos vuelven capaces de soñar , de captar la medida de nuestras posibilidades y de nuestros poderes de acción»[13]. La imaginación es precisamente una categoría del querer y del actuar: «Si potenciar la ecobiografía tiene un sentido no solo para uno mismo sino para los demás y para curar la tierra, es el de enseñarnos a imaginar más para querer mejor»[14].

Ejercitarse en el jardín

La ecobiografía así concebida, explica Pierron, «invita al ejercicio del yo»[15]. La noción de «ejercicio» está en el centro de muchas tradiciones filosóficas y espirituales. Pierra Hadot, que ha escrutado su forma antigua en el estoicismo y el epicureísmo, define estos ejercicios como «una práctica voluntaria personal destinada a operar una transformación en el individuo, una transformación del yo»[16]. Una práctica como esta merece estar en el centro de nuestro vínculo con la Tierra. Un primer ejercicio es ciertamente el de la memoria, como dijimos. «Y tú – pregunta Pierron –, en el laberinto que hace de una historia tú historia, ¿hay en alguna parte un árbol que te espera, una fuente que te encanta, un jardín próspero y promisorio?»[17].

El jardín, pues, se ofrece como un campo de prueba. Los «jardines – escribe el filósofo Robert Harrison – son lugares que hacen que el tiempo pase más lento»[18]. Estos se prestan para los ejercicios «estacionales», inspirando movimientos más lentos, más atentos, dispuestos a las sorpresas. Ejercitarse significa, en este caso, «herborizar», volverse más atento al modo característico de cada especie vegetal. En su antología L’entrée dans le jardín, el poeta Pierre-Albert Jourdan escribe: «Una de las presencias más fuertes habrá sido la del romero a los pies de la terraza. No logro explicármelo, pero lo siento profundamente. Una suerte de impulso común. Desde adentro. En secreto. En comunión secreta. Los giros de lo invisible. Expándete, ábrete a ese ardor, hazte femenino. Ahí, en el vacío de tu vientre, en esta hambre, da a la luz el mundo de la adoración. No agregues nada. Mantiene en ti el retirarte»[19].

Si los jardines ralentizan el tiempo, los árboles, con su canto, lo hacen visible. En el texto Le dialogue de l’arbre, Paul Valéry escribe sobre el árbol, el que exhibe «en el espacio […] un misterio del tiempo»[20]. El botánico Francis Hallé le da razón: «Un árbol es tiempo hecho visible»[21]. En su visibilidad temporal – medido en milenios, siglos o décadas – el árbol es el comienzo de una experiencia emotiva. «Me pregunto – escribe Hallé – si la primera relación con los árboles no es ante todo estética, antes que científica. Cuando se encuentra un árbol bello es simplemente extraordinario»[22].

La maravilla se hace más profunda cuando la percepción se afina. El árbol asombra siempre «por su modo de estar vivo», observa Bruno Sirven: «al mismo tiempo multitud – de ramas o brotes capaces de renovarse continuamente – y unidad, entidad privada de órganos diversos»[23]. Se distingue en el aspecto que le es propio: piramidal, cónico, llorón, extendido. Impresiona por su particularidad: la forma en que se adapta al terreno, su resiliencia en un contexto de adversidad, su modo único de insertarse en el paisaje.

En su inmovilidad, el árbol, como toda la flora, se revela en un desplegarse. «La fauna se mueve – escribe Francis Ponge – , mientras que la flora se despliega a la vista»[24]. Tal desplegarse es temporal y espacial: «El tiempo de las plantas: parece que estuvieran siempre fijas, inmóviles. Nos alejamos por unos días, una semana, su pose se ha vuelto más precisa, si miembros se han multiplicado. Su identidad no está en duda, pero su forma está cada vez mejor definida»[25].

Contemplar los grandes árboles, explica a su vez Yves Bonnefoy, es redescubrir en ellos el paso del tiempo: «Pero allá los robles están inmóviles, / ni siquiera su sombra se mueve, en la luz, / son las orillas del tiempo que corre hacia nosotros». El poeta añade: «hemos mirado los árboles por una hora entera»[26]. Entre la duración del árbol y la de la contemplación humana, las temporalidades se intercambian y se apoyan una a la otra. El ejercicio se termina, por decirlo así, con el compendio que François Jacqmin dedicó a las Estaciones. En el otoño, escribe, «mira la efusión tranquila de un sol fuerte en su palidez […]. La introspección alcanzará las peras»[27]. La introspección de las peras se refleja en la del hombre que las contempla. El hombre se piensa a través de los frutos que maduran. A estas alturas, el hombre y el árbol están en medio del huerto.

humana cuando se junta con la de la naturaleza y la hace propia. Tanto en las flores del jardín como en el eco del valle, la poesía de Glück es un lugar de sorpresas exigentes. Someterse a los ejercicios y a las variaciones que propone, de una estación a otra, es disponerse a una profunda conversión, es preparase a encontrar una voz.

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Jean-Pierre Sonnet, SJ Profesor de exégesis del Antiguo Testamento
en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma

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[1] Cfr J.-Ph. Pierron, Je est un nous. Enquête philosophique sur nos interdépendances avec le vivant, Arles, Actes Sud, 2021, 28.
[2] Cfr C. Benedetti, «Il coraggio di avere paura», en Id., La letteratura ci salverà dall’estinzione, Turín, Einaudi, 2021, 48 s.
[3] F. Sarano, «Il faut amener chacun à reprendre contact avec le vivant», en Le Monde, 3 de septiembre de 2021, 7.
[4] Las siguientes páginas se centran en la relación del hombre con el mundo vegetal y animal; debería elaborarse un discurso análogo a propósito del mundo inanimado, en particular, del mineral. El concepto de «paisaje» es aquí fundamental. Cfr, por ejemplo, V. Lingiardi, Mindscapes. Psiche nel paesaggio, Milán, Raffaello Cortina, 2017
[5] Esta actualidad se traduce en el campo de la «ecopoética», que cada vez toma más fuerza. Cfr N.
Blanc – D. Chartier – Th. Pughe, «Littérature & écologie: vers une écopoétique», en Écologie & politique, n. 36, 2008/2, 15-28; S. Strazzabosco (ed.), Oikos. Poeti per il futuro, Milán, Mimesis, 2020; y el dossier en www.fabula.org/atelier.php?Ecopoetique 
[6] J.-Ph. Pierron, Je est un nous…, cit., 38
[7] Ibid, 75.
[8] Ibid, 57.
[9] Ibid, 60.
[10] Cfr M. Proust, Du côté de chez Swann, París, Gallimard, 1954, 138.
[11] P. Riou, D’âge en âge. Poèmes, París, Conférence, 2018, 8.
[12] Cfr J.-P. Sonnet, «Arboricoles», en Id., Sapiens. Nul n’échappe à l’origine (de próxima publicación).
[13] J.-Ph. Pierron, Je est un nous…, cit., 34. La deuda de Pierron con el pensamiento de Paul Ricœur es aquí manifiesta; Dice Ricœur: «Es en la imaginación que experimento el poder de hacer, que tomo el peso del “yo puedo”» (P. Ricœur, Du texte à l’action, París, Seuil, 1986, 225).
[14] J.-Ph. Pierron, Je est un nous…, cit., 26.
[15] Ibid, 59.
[16] P. Hadot, La philosophie comme manière de vivre. Entretiens avec Jeannie Carlier et Arnold I. Davidson, París, Albin Michel, 2001, 144. El judaísmo rabínico y el islam del sufismo tienen formas de ejercicios similares. Cfr en particular J. Schofer, «Spiritual Exercises in Rabbinic Culture», en AJS Review 27 (2003/2) 203-225; Qamar-ul Huda, Striving for Divine Union. Spiritual Exercises for Suhrawardī Sufis, Londres, Routledge, 2002; M. de Fenoyl, «Propos de soufis. Mystique musulmane et Exercices spirituels de saint Ignace», en Archivo Teológico Granadino 81 (2018) 9-70. No falta quien ha equiparado la escritura poética a tales ejercicios. Escribe Gérard Bocholier: «¿No es, acaso, toda criatura poética un ejercicio espiritual en la medida en que el trabajo del lenguaje es también un trabajo sobre sí mismo, incluso en el sentido en que, más o menos confusamente, el poeta sabe que tiene que borrarse delante a algo – o alguien – más grande y más fuerte que él?» (G. Bocholier, Le poème, exercice spirituel, París, Ad Solem, 2014, 5)
[17] J.-Ph. Pierron, Je est un nous…, cit., 59.
[18] R. P. Harrison, Gardens: An Essay on the Human Condition, Chicago, University of Chicago Press, 2008, 39.
[19] P.-A. Jourdan, L’entrée dans le jardin, Losne, Th. Bouchard, 1984, 20.
[20] P. Valéry, Eupalinos. L’ Âme et la danse. Dialogue de l’arbre, París, Gallimard, 1945, 179.
[21] F. Hallé, La vie des arbres, París, Bayard, 2011, 13.
[22] Id., Catalogue de l’exposition «Nous les arbres» (12 juillet 2019 – 5 janvier 2020), París, Fondation Cartier pour l’Art contemporain, 2019, 2.
[23] B. Sirven, «Voir l’arbre. Regard porté à la croisée des invisibles», en E. Zürcher, Les arbres entre visible et invisible, Arles, Acte Sud, 2016, 234.
[24] F. Ponge, Le parti pris des choses, précédé de Douze petits écrits et suivi de Proêmes, París, Gallimard, 1967, 80.
[25] Ibid, 82.
[26] Y. Bonnefoy, «Les Arbres», en Id., Ce qui fut sans lumière, París, Mercure de France, 1987.
[27] F. Jacqmin, Les Saisons, poèmes en prose, Bruselas, Labor, 1988, 111; 119.

 

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