Informe del Servicio Jesuita a Migrantes El Alto - Bolivia sobre la situación migratoria de la frontera entre Chile y Bolivia.

 

El actual gobierno de Chile postergó el Estado de Excepción por 15 días, lo que significa que las personas migrantes no pueden ingresar a aquel territorio por vía terrestre. La Fundación Servicio Jesuita a Migrantes recibe diariamente entre 3 a 4 grupos de migrantes, los que indican que tienen la intención de llegar a Chile, a pesar de que se les informa de la situación que actualmente vive aquel país en relación al flujo migratorio.

Por esta razón el Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) decidió viajar a la frontera entre Bolivia y Chile para constatar la situación de las personas migrantes que llegan hasta aquellas poblaciones. El 19 de marzo el equipo de la Fundación llegó a Pisiga Bolivar donde se encontró con la frontera abierta, y con resguardo militar en el lado chileno. El sábado, tanto la población de Pisiga Bolivar (lado boliviano) y Pisiga Carpa (lado chileno) realizan una feria, donde intercambian productos aprovechando que la frontera está abierta por varias horas.

Al iniciar el recorrido por aquella zona, el equipo de la Fundación decidió cruzar la frontera junto a la multitud que también lo hacía. En esta oportunidad el equipo llevó alimentos secos, agua y medicamentos. Para ingresar a territorio chileno, los militares pedían la cédula de identidad boliviana.

Ya en territorio chileno hicimos el camino para llegar a Colchane, población que se encuentra a unos 20 minutos de la frontera. En la aduana del lado chileno, tienen instaladas grandes carpas, allí encontramos a grupos de migrantes venezolanos, según nos dijeron, esperaban que les hagan la prueba PCR, a partir de allí y dependiendo de los resultados, los llevarían a Iquique. A través del enrejado el SJM preguntó si tenían alimentos, a lo que respondieron negativamente, cuando se les empezó a entregar galletas, atún, agua y otros productos, se reunió una importante cantidad de gente para que les alcanzáramos los productos que estábamos distribuyendo.

Algunos de los migrantes y las trabajadoras sociales de la Fundación, se reconocieron mutuamente, ya que días antes ellos pasaron por las oficinas de la Fundación. Muchos de los grupos viajan con niños y adolescentes, por lo que recibieron los productos con mucho agradecimiento. En el momento de la entrega indicaban que están hace uno o dos días en aquél lugar, y tienen la esperanza de que pronto puedan salir del campamento.

Al llegar a Colchane encontramos un pueblo vacío, solo un muchacho venezolano estaba sentado en la plaza, esperando, según dijo, a una persona que lo llevaría hasta Iquique, no tenía equipaje “me lo robaron”, comentó, “pero tengo mi celular y mi cédula”. Se quedó allí, sentado y tapando su cuerpo con una frazada, mientras comía y bebía lo que le ofrecimos.

A la entrada de Colchane hay algunas viviendas abandonadas, al ingresar constatamos que era el lugar donde los grupos de migrantes pernoctaba. Las paredes están llenas de grafitis, nombres y dibujos, y en el piso, objetos personales que se confunden con la basura que se acumula en aquellos espacios. Silenciosas historias de migración que se fueron tejiendo en esos espacios, ahora deshabitados.

Al retorno encontramos a una pareja venezolana que decidió salir de Chile: “No se puede vivir en Chile, el trabajo no da para pagar el arriendo, la comida, está muy duro vivir allí, nos vamos pa´ Perú”, el hombre empujaba un carrito de bebé donde cargaban sus pertenencias y la mujer llevaba en sus brazos a un bebé. A pesar de que desandaban sus pasos, tenían una asombrosa actitud positiva.

Cuando nos acercábamos a la frontera vimos a una mujer que cargaba a su niña en la espalda y hacía rodar cansadamente una maleta llena de polvo, al hablar con ella explicó que era boliviana y regresaba a su tierra (Santa Cruz) porque en Chile ya no hay trabajo, “soy madre soltera”, comentó y solo se detuvo un momento para darle a su hijita el alimento que el SJM le ofreció.

A las 4 de la tarde, aproximadamente, en la frontera empezaron a reunirse migrantes venezolanos y personas bolivianas (la mayoría de Santa Cruz), pero la guardia chilena ya no dejaba pasar ni a unos ni a otros. Al otro lado, en territorio boliviano, también los militares bolivianos hacían su trabajo.

En este panorama se podía identificar con relativa facilidad el “trabajo” que realizan los “guías”, o “zorros andinos” (como los llamamos, porque tienen una función similar a los “coyotes” de la frontera en Norte América), ellos se acercaban a las personas y les ofrecían sus servicios a cambio de 100 Bs. ($ 14 dólares aproximadamente), “estoy reuniendo a un grupo en mi casa, cuando oscurezca nos vamos hacia la cumbre”, con estas palabras abordaban a los migrantes venezolanos o a las personas bolivianas que querían pasar a territorio chileno. De este modo la trata de personas se normaliza en la frontera, como también el constante engaño al que son sujetos los grupos de migrantes, por parte de aquellos “guías”.

Al promediar las 5:30 de la tarde, el equipo SJM retornó a la ciudad de Oruro, luego de 3 horas de viaje se dirigió a los alrededores de la ex terminal, allí encontró varios grupos de migrantes venezolanos que esperan la madrugada para ir a la frontera. Un pequeño grupo compuesto por un hombre adulto, su hijo y su nieto, dijeron que estaban retornando de Chile y tenían la intención de volver a Venezuela, pero como se les acabó el dinero, probablemente tendrían que pasar la noche en la calle.

Estas son algunas de tantas historias que el SJM escuchó y vio en el interminable camino que está impregnado del polvo y la esperanza de miles de pasos migrantes.

 

Imagen e información de la Oficina de Comunicación del SJM El Alto - Bolivia