El padre Timothy Radcliffe, que fue Maestro General de los dominicanos, presentaba la posible relación entre fe y cultura en los siguientes términos: «Crecí en una subcultura católica que interpretaba la existencia y el mundo en términos de gratuidad y bendición. Creíamos en un Dios que escuchaba nuestras oraciones, que nos amaba y que, a la hora de nuestra muerte, nos llevaría al paraíso […]. Teníamos un grupo de amigos que no eran católicos, y ni siquiera cristianos, pero a todos les parecía evidente que la vida estaba orientada a la eternidad. Ahora esta subcultura está en gran medida desapareciendo […]. Me parece que para que el cristianismo crezca, el único camino es mantener una cultura cristiana viva, segura de sí misma y vital, y al mismo tiempo en interacción dinámica con la cultura contemporánea»[1].

Este es también nuestro principal deber como comunidad creyente: mantener viva la dimensión cultural de la fe cristiana, y en especial el valor decisivo que representa la educación bíblica frente a algunos problemas graves de nuestro tiempo. No por nada las Sagradas Escrituras han sido estudiadas durante siglos por las generaciones que nos precedieron, incidiendo de manera profunda en todos los aspectos de la historia de Occidente.

Pero es sobre todo en nuestro tiempo, marcado por la profunda inestabilidad institucional y económica, por la crisis de sentido y el fracaso de las grandes ideologías, que la Biblia continúa estimulando la cultura, el modo de ver y evaluar los problemas de la vida de siempre. Porque es en esta confrontación «sapiencial» donde el hombre puede experimentar a Dios.

La prohibición

Algunas palabras claves de la Biblia pueden acompañar la reflexión sobre el tema, palabras paradojales, incluso fuertemente críticas de ciertos aspectos de la cultura de nuestro tiempo, pero que son indispensables para vivir.

La primera palabra es prohibición. Es la primera gran instrucción que Dios da al hombre: «De cualquier árbol del jardín puedes comer, pero no comas del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque el día en que lo hagas, ciertamente morirás» (Gn 2,16-17).

Una palabra absolutamente impopular. Y sin embargo, indispensable para vivir. La prohibición de comer de ese árbol es la prohibición de querer ser como Dios, medida de todas las cosas. Dios dice a cada hombre al inicio de su historia: si quieres vivir, si quieres disfrutar la vida, recuerda que eres creatura, que tienes límites. Esa es tu verdad de creatura, pues son los límites los que te permiten vivir. Si no los respetas, de destruirás a ti mismo.

Es una instrucción que tiene importantes efectos culturales. Sobre todo a nivel pedagógico y psicológico. La psicología del desarrollo resume las tres etapas fundamentales del crecimiento a partir de tres renuncias diferentes a la omnipotencia, al hecho de creerse el centro de todo: el nacimiento, el destete, la derrota edípica[2]. Son tres «puntos de no retorno», propios del crecimiento (frente a las condiciones prenatales, de amamantamiento, del vínculo exclusivo con la madre), indispensables para entrar en la vida, para convertirse en hombres y mujeres.

En la base de muchas peticiones de ayuda psicológica, a menudo se encuentra la no aceptación de la propia verdad de creatura, marcada por el límite y la fragilidad. No nos aceptamos como somos, no aceptamos nuestro cuerpo, la familia de la que provenimos, la propia historia y personalidad, nuestras capacidades.

La psicoanalista francesa Catherine Ternynck, en un libro cuyo título es significativo, El hombre de arena, observa que cuando una generación se cree el centro de todo y descuida la prohibición, se vuelve incapaz de vivir: «Desde hace algunas décadas, vemos a jóvenes que llegan a los pies de la vida adulta sin alcanzarla y emprenderla. Parecen presas de un umbral de ansiedad que no pueden traspasar»[3].

Las culturas de todos los tiempos han introducido siempre al joven a su vida adulta mediante ritos de iniciación. Su objetivo – como el de los sacramentos de iniciación cristiana – era precisamente ayudar al recién llegado a traspasar el umbral, a entrar en la edad adulta, adquiriendo consciencia con la agresividad, el sufrimiento y la muerte – en otras palabras, con la propia fragilidad –, expresadas de manera concreta a través del cuerpo.

Cuando se descuidan, estos ritos no desaparecen sino que «enloquecen»: dan origen a los comportamientos de «manada», ampliamente difundidos en nuestra sociedad. Las violencias de las baby gang o pandillas adolescentes, el bullying masculino y femenino, las violaciones en grupo, la euforia del sábado por la noche, los comportamientos sexuales arriesgados, el consumo grupal de droga, e incluso la práctica del piercing y de las perforaciones, de los tatuajes, la fascinación por el horror y lo macabro, son ritos de iniciación desordenados, reclamos degenerados de los jóvenes por conectarse con la dimensión de la corporeidad, de la relación, de la agresividad, del sufrimiento y de la muerte (del propio límite como creatura), pero en ausencia de un adulto de una comunidad capaz de acompañarlos. Por eso quedan como peticiones desatendidos.

La segunda grave señal de alarma del olvido de la prohibición está simbolizada por una extraña paradoja: mientras más se proclama autonomía e independencia, el «hazte a ti mismo», mayor es la dependencia que descubren el hombre y la mujer. «El término autonomía está de moda, sin embargo nunca antes se observaron tantas personalidades adultas que sufren adicciones: drogadictos, adicción sexual, adicción pornográfica, adicción a internet, adicción afectiva, adicción al juego, al trabajo, al alcohol, a las compras. Hoy todo puede convertirse en una adicción»[4].

«Serán como Dios» (Gn 3,5), había sugerido la serpiente, tocando ciertamente una tecla sensible. Cuando el hombre olvida la prohibición pierde sus raíces: no se convierte en Dios, sino en «arena». Cuanto más intenta alcanzar la perfección, más desnudo se descubre.

Pensemos en la llamada «cultura de la salud y del bienestar», tan en boga hoy en día. A medida que aumenta la investigación en salud, más enfermos nos sentimos, incapaces de sobrellevar el peso de la vida: «Una investigación del gobierno inglés reveló que en 10 años el número de ingleses que se consideraban discapacitados aumentó en un 40%. En el rango etario que va entre los 16 y los 19 años, ¡el aumento era incluso de 155%! Los autores de la investigación concluyeron que 10 años eran “demasiado poco para explicar un aumento real de la discapacidad”, pero no logran explicar por qué las personas parecen cada vez más proclives a adoptar la etiqueta de discapacitado […]. Actualmente la cultura, que exagera el papel de la víctima, lleva a “menospreciar el yo, lo que tiene como consecuencia la acentuación de la fragilidad y la vulnerabilidad”»[5].

A pesar de la técnica y del aumento de las posibilidades, el hombre sigue sintiéndose desnudo. Desde esta perspectiva, es significativa la evolución del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM), considerado la «Biblia» de los profesionales de la salud mental. En su primera edición, de 1952, había 106 trastornos identificados, descritos en otras tantas páginas. La cuarta edición, de 1994, reportaba 300 trastornos en un volumen de 900 páginas. ¿Cómo interpretar estos datos? ¿Aumentaron los trastornos en 40 años, o bien se difundieron a medida que se fueron estudiando?

Volvemos a la paradoja de Gn 2,17: reconocer que somos frágiles, que tenemos límites, no solo es nuestra verdad, sino también nuestra verdadera fuerza. Por eso la primera instrucción de Dios es una prohibición. Ternyck concluía su lectura sobre la actual dificultad de crecer con una pregunta: «¿Quién prohíbe hoy?». La prohibición, el límite, cuando se establece bien, es decir, al interior del don recibido y de la estima, permite tener la experiencia de la realidad del otro, que no puede ser reducido a mi imagen y semejanza, puesto que es diferente a mí.

El fracaso

Otra palabra decisiva para la vida que sugiere Gn 3 es fracaso. En este pasaje la caída no se ve como una catástrofe global: Dios no retira su confianza en el hombre, sino que continúa dialogando con él. Reconocer la fragilidad implica también aceptar el fracaso, buscando la lección que deja.

Esta también parece ser una instrucción ampliamente ignorada: la posibilidad de equivocarse, de fracasar, se rechaza con horror. Pero de esta manera se vuelve todavía más inquietante, especialmente en la etapa de crecimiento. Pensemos en la dificulta del diálogo entre los padres y los profesores: se rechaza a priori la posible revelación de problemas o carencias[6]. A medida que se suceden las generaciones, a los padres se les hace cada vez más difícil reconocer y aceptar la fragilidad, los límites y los fracasos de sus hijos, quizá porque estos no los han reconocido y aceptado todavía. Sin embargo, no se ayuda a los hijos a crecer cubriendo su desnudez.

El que paga el precio de esta pretensión es el más débil. Basta pensar en el impresionante aumento de suicidios entre adolescentes y jóvenes. Los datos de la Organización Mundial de la Salud muestran un notorio aumento de suicidios en general en los últimos 50 años – más de 60% -, pero, entre los adolescentes, el aumento alcanzó un 400% (desde 2,5 a 11,2 sobre 100.000). En Estados Unidos, cada 90 minutos un adolescente se quita la vida[7].

¿Qué motivos explican un aumento tan relevante, especialmente en una etapa que debería ser la más abierta a la vida? Una investigación realizada en Italia en 2009, planteaba que la difusión del suicidio entre los adolescentes estaba ligada a un cambio de mentalidad que no tolera derrotas, defectos e incapacidades: hay que ser un ganador a toda costa[8]. Cuando este estilo de personalidad prevalece en la fase de desarrollo, refleja una preocupante fragilidad interior: cada revés – una calificación baja en la escuela, una burla de los compañeros, el «no» de la persona amada, el reproche del padre – puede vivirse como una negación total del valor de sí mismo, con consecuencias catastróficas.

Una vez más, el tema del rechazo de la fragilidad está en la base del problema, impidiendo enfrentar los obstáculos y las dificultades de la vida. Al querer ahorrar a los jóvenes todas las dificultades, se los hace más débiles e incapaces, y se alimenta la duda que tienen de su autoestima.

El tercer capítulo del libro del Génesis recuerda la presencia de una herida original, que debe ser reconocida para que el ser humano pueda crecer sin miedo al fracaso. En todas las culturas, el que ayuda a familiarizarse con esta herida es el padre, marcando una nueva etapa en la vida del hijo, quien hasta ese momento estaba relacionado de manera privilegiada con la madre. Es lo que el psicoanálisis llama «la derrota edípica»: «El padre inflige la primera herida, afectiva y psicológica, interrumpiendo la simbiosis con la madre […]; lo hiere para hacerlo más fuerte […]: cuando enfrente la pérdida, experiencia inevitable en la vida humana, esta no lo destruirá psicológica y espiritualmente. Más aun: sabrá extraer el jugo más valioso: el amor. Amor a sí mismo y a los otros: ambos se fortalecen en la experiencia de la pérdida, no en la ilusoria seguridad de la posesión»[9].

Prohibición, herida, castigo: son tres palabras «impopulares», pero indispensables para volverse adultos. Christopher Lasch, en su estudio sobre el narcisismo, entendido como la ilusión de no tener límites, muestra una interesante carta de un muchacho de 11 años sobre la inclinación del padre a evitarle cualquier tipo de castigo: «Me enseña a jugar al [béisbol y a] otros deportes [y] me da todo lo que puede»; pero se lamenta: «Nunca me dio una bofetada cuando la merecía». Lasch comenta: «Lo que al parecer el niño quiere decir es que el padre nunca pudo darle lo que necesitaba para convertirse en persona: el justo castigo por sus malas acciones. Para las personas que viven en una cultura de la permisividad, resulta sorprendente comprender que un castigo no dado puede vivirse como una privación. Pero para algunos niños es más doloroso soportar el sentido de culpa no castigada que recibir una bofetada»[10].

La Biblia enseña que la penitencia y la expiación son una manera de retornar a la vida, una forma de volver a levantarse de la caída, del mal y de la culpa: son, ante todo, un mensaje de esperanza y de reconciliación. Esto quiere decir que, a diferencia de la culpa negada, del mal es posible salir. El filósofo Paul Ricœur lo resume con una frase provocadora: «el castigo verdadero es aquel que nos hace felices, restableciendo el orden; el castigo verdadero tiene como resultado la felicidad; es el verdadero sentido de la paradoja de Gorgias […]: “huir del castigo es peor que sufrirlo”»[11].

En efecto, cuando se niega la culpa, se tiende a dudar de uno mismo, a vivir las relaciones de manera precaria e inestable, buscando en ellas un reconocimiento ilusorio e irreal; incluso la agresividad termina convirtiéndose en algo que el niño, y después el joven y el adulto, no está en condiciones de manejar.

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Giovanni Cucci, SJ
Miembro del Colegio de Escritores de "La Civiltà Cattolica"

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[1] T. Radcliffe, Essere cristiani nel XXI secolo. Una spiritualità per il nostro tempo, Brescia, Queriniana, 2011, 19-21.
[2] Cfr G. Cucci, La crisi dell’adulto. La sindrome di Peter Pan, Assisi (Pg), Cittadella, 2012, 70-81.
[3] Ch. Ternynck, L’ uomo di sabbia. Individualismo e perdita di sé, Milano, Vita e Pensiero, 2012, 127.
[4] Ibid. Texto levemente modificado.
[5] F. Furedi, Il nuovo conformismo. Troppa psicologia nella vita quotidiana, Mi­lano, Feltrinelli, 2005, 139 s. Cfr D. Wainwright – M. Calnan, «Rethinking the work stress “epidemic”», en European Journal of Public Health 10 (2000) 3.
[6] Cfr P. Mastrocola, Togliamo il disturbo. Saggio sulla libertà di non studia­re, Parma, Guanda, 2011.
[7] Cfr G. Cucci, «Il suicidio giovanile. Una drammatica realtà del nostro tempo», en Civ. Catt. 2011 II 121-134.
[8] Cfr G. Pietropolli Charmet – A. Piotti, Uccidersi. Il tentativo di suicidio in adolescenza, Milano, Raffaello Cortina, 2009, 43-45.
[9] C. Risé, Il padre. L’ assente inaccettabile, Cinisello Balsamo (Mi), San Paolo, 2003, 12 s.
[10] Ch. Lasch, La cultura del narcisismo, Milano, Bompiani, 2001, 202.
[11] P. Ricoeur, Finitudine e colpa. II. La simbolica del male, Bologna, il Mulino 1970, 292.

 

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