Tras dos semanas de negociaciones, entrevistas, reuniones, manifestaciones y postureos, la COP26 que se celebraba en Glasgow ha concluido. Tras la COP21 celebrada en diciembre de 2015 y que llevó a los Acuerdos de París, ninguna otra COP había generado tantas expectativas. La primera COP o Conferencia de las Partes se celebró en 1994, cuando entró en vigor la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático adoptada en la Cumbre de la Tierra organizada por la ONU en 1992 en Río de Janeiro.  El objetivo de las COP fue desde el primer día establecer acuerdos entre todos los países del Planeta para estabilizar o reducir el impacto de la actividad humana en la atmósfera. En la actualidad, el tratado cuenta con 197 países signatarios. De la COP3 nació en 1997 el protocolo de Kioto, por el que se obligaba a 38 países industrializados más la Unión Europea a reducir las emisiones de los gases de efecto invernadero a los niveles de 1990. Firmado en 1998 el protocolo sufrió numerosos altibajos con las entradas y salidas de diferentes países. Así, en 2001 Bush no quiso ratificar la firma de Bill Clinton y Canadá lo abandonó en 2011, por lo que muchos lo consideraron un gran fracaso. Sin embargo, constituyó la base técnica de una gran parte de los mecanismos que se siguen aplicando en la actualidad para inventariar las emisiones de gases de efecto invernadero y afrontar la mitigación del cambio climático.

La Cumbre de París volvió a abrir un camino de esperanza ya que se consiguió que todos los países firmasen una serie de acuerdos con el objetivo de evitar que la temperatura media del planeta subiese más de 1,5ºC, y ayudar a los países más afectados por los impactos del calentamiento global con un fondo solidario para la mitigación y adaptación de unos 100.000 millones de dólares anuales. En este acuerdo fue decisivo el informe científico del panel de expertos del cambio climático (IPCC) que ya apartaba toda duda de que el aumento de 0,8ºC que se registraba en el planeta fuese debido a la intervención humana, y la recién publicada encíclica del papa Francisco, Laudato si’, en la que llamaba a todos los seres humanos al cuidado de la Casa Común. El optimismo de los Acuerdos de París quedó fulminado en gran parte con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, que ya había anunciado la retirada de Estados Unidos en el caso de su victoria electoral.

La Cumbre de Glasgow ha encontrado un panorama muy diferente y complejo. Por un lado, se halla el panorama desolador producido por la pandemia de la covid-19, que se ha relacionado con la globalización y la destrucción del hábitat planetario que tanto afecta también al clima, al que se une un aumento de los conflictos bélicos y las desigualdades, nacionalismos exacerbados, y un ambiente altamente crispado, entre otros. Por otro, la situación en Estados Unidos ha cambiado, lo que también fuerza el posicionamiento de China, la concienciación sobre la problemática del cambio climático ya ha llegado a casi todos los recónditos de la Tierra, y han entrado otros actores en escena que tienen mucho que decir y hacer. Entre las 50.000 personas que han participado de alguna forma en la COP26, los pueblos indígenas, los jóvenes, las ciudades, el sector privado, las oenegés…, han estado presentes y han conseguido proponer cambios más sutiles, pero tal vez más consistentes. La COP26 se ha cerrado con un acuerdo climático de compromiso, pero sin la suficiente ambición como para evitar que la temperatura media del planeta llegue a aumentar 1,5ºC a mediados de siglo. Tampoco se ha alcanzado la cifra de los 100.000 millones para las ayudas a los llamados países del Sur Global, que se ha postergado hasta el 2023.

Pero no nos podemos quedar aquí. También ha habido resultados alentadores. El primero es el de poder llegar a un consenso de casi 200 países con diferentes intereses, culturas, lenguas, visiones, etc. Si no somos capaces de ponernos de acuerdo ni los vecinos de una escalera para hacer una reparación en el edificio, qué fantásticos habrán tenido que ser algunos negociadores para, tras el cansancio de sesiones y más sesiones, alcanzar un acuerdo común. Además, la mayor parte de los países habrían firmado acuerdos más restrictivos para la no financiación de los combustibles fósiles, lo que quiere decir que son susceptibles de actuar así en sus respectivas naciones. Hay otros pequeños y grandes éxitos. Así, los líderes de más de 120 países, que representan alrededor del 90% de los bosques del mundo, se han comprometido a detener e invertir la deforestación para 2030; liderados por Estados Unidos y Europa, 100 países han acordado reducir las emisiones de metano para 2030; más de 40 países han acordado abandonar el carbón y, entre ellos, se hallan grandes consumidores como Polonia, Vietnam y Chile; casi 500 empresas de servicios financieros mundiales han acordado alinear 130 billones de dólares con los objetivos del Acuerdo de París; más de 100 gobiernos nacionales, ciudades, estados y grandes empresas han firmado la Declaración de Glasgow para poner fin a la venta de coches y furgonetas con motores de combustión interna en 2035; Irlanda, Francia, Dinamarca y Costa Rica, entre otros, así como algunos gobiernos subnacionales, han lanzado la Alianza Más allá del Petróleo y el Gas (BOGA) para fijar una fecha de finalización de la exploración y extracción de petróleo y gas a nivel nacional, que cuenta ya con 11 países; en el último momento Estados Unidos y China se han comprometido a impulsar la cooperación climática durante la próxima década. No son los únicos, hay muchos más.

No podemos rendirnos ni perder la esperanza. Mejor dicho, no tenemos derecho a hacerlo. Se nos ha otorgado en préstamo una Tierra y un mundo para vivir y mejorar. Y de lo que hagamos con ellos depende nuestro presente y su futuro.

 

Información de cristianismeijusticia.net