Después de varios días, a la espalda del volcán, la ceniza paró y pudimos sacar de paseo a la mamá (90) y el papá (92). Se les nota la preocupación en el rostro y en el habla. Es un lindo ejercicio de cuidado mantener su vitalidad sin poder salir de casa y sin darle demasiado espacio a la tele, que nos mete en la sala la destrucción y el desasosiego. Hay una tristeza que se nos cuela con el rumor tormentoso de las explosiones y con el temblor de la tierra que parece que tiene fiebre.

Lo de la ceniza fue solo una tregua. Los tejados y caminos, los aguacates y mangos de nuestra huerta, las pocas flores que por esta época adornan el jardín amanecen hoy, de nuevo, de luto riguroso. Desde que comenzó la erupción hacemos lo posible por limpiar un par de veces al día y cada amanecer miramos hacia el Birigoyo indagando la dirección del viento que arrastra el penacho que, desde nuestra perspectiva, se eleva allí donde se juntan Cumbre Vieja y Cumbre Nueva, esa cordillera que, en el dicho palmero, une las dos islas que forman La Palma. A la espalda del volcán, cuando el alisio lo permite y frena la ceniza, cuando la agitación sismológica no lo impide, retomamos cierta normalidad.

Entre llamadas y mensajes, cada día mantenemos el contacto con la familia del Valle de Aridane. Escuchamos el cansancio y la tristeza, también el ánimo recio que no quiere rendirse. “Rezamos para que no nos flaqueen las fuerzas y podamos ser ayuda”. “Saben que aquí tienen su casa”, les insisto. La mamá pregunta por sus sobrinos del otro lado y conversamos sobre cómo ayudar. “¿De nuevo se puso negro?”, me pregunta. “No podremos salir”, concluye con resignación. “Diles que estamos para lo que haga falta”, subraya retomando el hilo de los parientes. Tratamos de reducir el seguimiento mediático de la erupción buscando ahora la información pertinente sin que nos fascinen tanto las imágenes espectaculares ni nos seduzca la vorágine de actuaciones probablemente necesarias. La normalidad incluye asistir al entierro de una amiga, ¡qué inmenso signo de la naturalidad del misterio de nuestra vida! Entre los reencuentros y la memoria de la persona querida, en el velatorio las conversaciones hablan de las viviendas arrasadas, de la caída de la Iglesia, de la platanera destruida, de las carreteras y canalizaciones borradas, de la limpieza de vías y plazas, de las ayudas que se están recabando.

Impresiona la ola de solidaridad que ha levantado el volcán de Cumbre Vieja. La enormidad del desafío exige, sin duda, una respuesta extraordinaria y es de agradecer el compromiso de las administraciones públicas, el mundo de la empresa, las entidades del tercer sector o las propias iglesias. También muchas personas particulares que llaman y preguntan: ¿cómo podemos ayudar? Hay un no se qué de orgullo al ver que la tribu está a la altura. La rama andaluza de la familia me cuenta de un centro educativo (uno más) que organizó una recogida de ropa para bebés y su envío lo más urgente posible a La Palma. Desde el colegio de los jesuitas en Gran Canaria recaban fondos para las cuentas abiertas y una amiga vinculada a una entidad deportiva me habla de los clubs de fútbol que donan la taquilla de una jornada. Sigo a mi gente de ECCA que mantiene su labor y recibe apoyos de la entidad desde toda nuestra geografía. Algunas comunidades religiosas, siguiendo una vieja recomendación de los primeros siglos del cristianismo, han decidido vender objetos devocionales y, respetando siempre la voluntad del donante, orientar los recursos a las ayudas necesarias para las personas directamente afectadas por las coladas. Los gobiernos implicados (España, Canarias, La Palma…) hablan pronto de un fondo de reconstrucción nada despreciable, y la Unión Europea se dibuja también como esperanza. Todo el mundo ha decidido echarse a la espalda el Volcán.

A la espalda del volcán, somos testigos de las tres urgencias del momento: primero, que la seguridad funcione de modo que nadie pierda la vida por causa de la erupción; segundo, que las personas desalojadas sean atendidas con los medios oportunos y proporcionados; y tercero que la sociedad palmera mantenga activa a su gente tratando de minimizar los daños sociales, psicológicos, económicos. Ahí está el centro, en las personas.

Para lo primero, para la seguridad, por supuesto, las administraciones públicas, apoyadas en los recursos humanos y técnicos apropiados, tienen toda la autoridad y nos toca seguir sus instrucciones. Es de agradecer la unidad mostrada durante estas primeras semanas de la crisis. Para lo segundo, para el acompañamiento de las personas afectadas, el apoyo principal normalmente es el de las familias, los vecinos, las amistades y también las ONG que se mueven en el terreno. Es así, la inmensa mayoría de los directamente afectados están compartiendo espacio con otros miembros de sus familias o en espacios cedidos por vecinas y vecinos. Sin embargo, la desmesura del daño requiere que las administraciones también se esmeren en cuidar las condiciones en que ahora quedan tantas personas, empezando por las que más dificultades tienen, las personas mayores, las que sufren alguna enfermedad, las que junto con la vivienda han perdido también su modo de vida. Para lo tercero, para mantenernos con vida, con esperanza, para mantener la actividad, cada oficina, cada empresa, cada familia, cada centro educativo, cada mercado, cada parroquia, cada club deportivo, cada asociación profesional, cada comunidad vecinal, cada espacio de salud, cada persona… todas y todos son imprescindibles. En este primer momento, sin duda, las personas son el centro y todo lo demás es medio, solo medio.

A la espalda del volcán, hoy, será cosa del viento, se sienten tambores más cercanos, el sonido de un chirimiri oscuro que no cesa y el temblor recurrente de lo profundo de nuestra tierra. La vida sigue agitada y aquí estamos, de pie, con el criterio claro, con el centro en las personas y una escoba en la mano.

Lucas López, SJ
Asesor de Comunicaciones 
de la Conferencia de Provinciales
jesuitas de América Latina y el Caribe - CPAL

 

Imagen e información de delaslecturas