Hoy mi corazón recuerda la memoria de una noche oscura, por una carretera vecinal, sin asfalto y poco definida, en una Toyota gris, sin más iluminación que los faros de nuestra camioneta. Un camino poco transitado. Apenas nos topamos con otra camioneta que deseábamos que no se detuviera. El lugar era tan inhóspito y desierto, que la única confianza que teníamos era saber que el motorista que nos llevaba, afirmaba estar acostumbrado a hacer este trayecto todos los días... Y es que el año de 2020, marcado por la pandemia, nos retuvo en Iquitos por seis meses, y cuando pudimos regresar para Puerto Maldonado, lo hicimos por tierra rehaciendo el camino que los pucallpinos y sus familias hacen para llegar a Iñaparí y trabajar en las madereras.

En este trecho, fuimos asaltadas por la realidad:

En Atalaya no pudimos seguir por el río, así que nos propusieron que fuésemos por tierra hasta Pichari. Al llegar nos hablaron de unas camionetas que salían en dirección a Puerto Ene en cuanto se llenaban de pasajeros. A las 15h solo había un matrimonio, Yeny Vargas y su esposo, que se dedican a vender artesanías y regresaban a su casa en la comunidad nativa de Anaro. Fue oscureciendo y cuando ya improvisábamos en la cochera de la camioneta nuestras redes para dormir, llegó de repente una mujer con un grupo de adolescentes. La mujer era conocida por los que hacen la ruta. Yeny la reconoció, sabía que trafica con mujeres. De repente, los dueños de las camionetas, a pesar de ser hora avanzada decidieron salir en mitad de la noche.

Hoy todavía tengo gravada la mirada de aquellas adolescentes que pareciera no saber adónde iban.  Asustadas, huidizas, nos esquivaban. Las dos mujeres más mayores sí sabían. Se aseguraban de tenerlas cerca, de que no hablasen. Ellas si sabían dónde iban. De hecho, al decir que nosotros íbamos para Puerto Maldonado una de ellas comentó:  yo quiero ir allí, que hay oro y hay trabajo. Con certeza, no hacía falta decir qué trabajo. Lo sabíamos: la minería ilegal no solo explora la tierra, también los cuerpos femeninos.

Mucho se habla de la trata de personas, de tráfico humano, pero de repente ahí estábamos nosotros, en una camioneta con dos mujeres que llevaban una muchacha con su bebé, y 4 o 5 Indígenas adolescentes. Fuimos por una carretera que no aparece en los mapas, camino de cocaleros; de Pichari a Puerto Ene. Algunas luces encendidas en chácaras, lejos de las miradas: laboratorios clandestinos. Me impresionó cómo, en el camino, una de las mujeres que comandaba esa expedición hablaba con toda normalidad de sus experiencias sexuales con sus clientes, de lo que le gustaba y de lo que no estaba dispuesta a hacer. Nosotros simplemente escuchábamos, porque íbamos en la cabina, y no teníamos como huir.

Entre tanto, en la carrocería, atrás, en la oscuridad, el corazón de las jóvenes indígenas, sin saber, se introducía y alimentaba la memoria del mito de Luna:

«Escucha, te voy a contar», me dijo Basta:
En la oscuridad, Luna le hizo el amor a su hermana.
Era de tarde y siguió haciéndole el amor.
Ella se preguntó quién era su amante. Entonces, en la
oscuridad, le pintó la mitad de la cara con huito negro.
Al día siguiente, fue a mirar a los hombres por el camino.
De pronto, vio al hombre.
–‘¡No, no puede ser, es mi hermano mayor el que está
con huito en una mitad del rostro!’
–‘¡Que te mueras!’, le dijo. ‘¡Que un extranjero (nawa)
te mate!’ (Siskind, 1973:47. Traducción propia).

¿Sera que las jóvenes como la hermana de Luna, entendían lo que sucedía? ¿sabían dónde iban? “-A una fiesta, comentaron”. ¿Qué tipo de fiesta? La vivencia de la sexualidad en las comunidades indígenas es diferente. “Ella (la hermana de Luna) - como estas jóvenes-, se preguntó quién era su amante”.

El mito de Luna es una racionalización de cómo el universo social está regido por la ley del intercambio de las mujeres por los hombres, para que haya continuidad social. Pero no se trata de un intercambio racional, un intercambio de lo que ofrecen las mujeres, su cuerpo, por la producción de los hombres, su dinero[1].

En el universo de comprensión de algunos pueblos de la región no existe la categoría ‘prostitución’ o la conciencia de que están siendo usadas, mercantilizadas. Lo que sí existe es un intercambio social en otro horizonte cultural: por eso, resulta más fácil engañarlas. Se aprovechan de que en sus imaginarios y horizonte conceptual existe el intercambio, pero en el marco de otro sistema de relaciones de igualdad y complementariedad en la diferencia, que no tiene correlación con el carácter mercantil occidental del (ab)uso de la sexualidad. Este sistema tradicional una vez quebrado, les dificulta distinguir el comportamiento apropiado en las relaciones.

Una noche como aquella en la que es difícil distinguir los rostros, recordar el mito de Luna, para evidenciar: –“¡No, no puede ser, es mi hermano mayor el que está con huito en una mitad del rostro!”. Es mi hermana la mayor, otra mujer adulta, una igual a mí la que está comprometida con huito en el rostro.

–‘¡Que te mueras!’, le dijo. ‘¡Que un extranjero (nawa)
te mate!’ (Siskind, 1973:47. Traducción propia)34

Así cuenta el mito, y concluye con un deseo de justicia: ¡que te mueras!¡ que un extranjero te mate! ¡que tu propio deseo te trague!

Hablar del cuerpo de las mujeres es hablar de la tierra, existe una continuidad y relación profunda. Exigir justicia en sus cuerpos es dar continuidad a la justicia que hemos luchado con frecuencia y hasta la sangre por la tierra y los territorios: El derecho a la consulta previa. Consulta previa con las comunidades indígenas para decidir sobre sus territorios, comercio, inversiones. Consulta para abrir o no las carreteras, para conectar regiones, pueblos, comunidades. Se han abierto largos procesos, hemos luchado por ello, misioneros, lideres, organizaciones. Nuevos accesos de comunicación: ¡sí!; “Facilidades” de acceso a los territorios: ¡sí!; medios para que los productos producidos en las chácaras puedan llegar a la ciudad: ¡sí!.. siempre que así los comunitarios lo deseen. Sí, PERO con consulta previa, colocando abiertamente todos los pros e contras de estos “beneficios” según los conceptos de la sociedad occidental y globalizada. Diálogos para que los pueblos expresen desde sus categorías y formas de vida si es realmente beneficioso para ellos. ¿Será que, conocidas todas las consecuencias en sus culturas y forma de existencia, la opción permanece?

Con frecuencia, burlamos este derecho a la consulta o fingimos que hablamos, porque sabemos que no es beneficio para ellos. Esta es una lucha que entablamos desde nuestras organizaciones y movimientos indígenas desde hace tiempo: exigir este derecho de los pueblos a la consulta previa, y el respeto a la autonomía y decisión de los pueblos sobre sus territorios. En el caso de la tierra y de los territorios, hemos ganado consciencia, lucha, conquistas.

NO así para decidir sobre los cuerpos de las mujeres indígenas, para abrir o no sus cuerpos a cualquier tipo de comunicación o intercambio.

Hablamos de dialogo intercultural, y es necesario evidenciar las ausencias.  Hay que pintar de wito negro muchos rostros, para desvelar a quienes realizan intercambios fuera de los horizontes culturales de las indígenas, sin consulta, sin un verdadero dialogo intercultural, sin que exista verdadera comprensión de lo que significa entrar en este mercado de los cuerpos.

De repente, y a medida que nos adentrábamos en la noche, la selva espesa por la que transitábamos de árboles frondosos y plantaciones diversas, se transformaba poco a poco en lomas de un único cultivo: la coca. El trafico adueñándose de todo: la tierra, los cuerpos, los territorios, usando su propio lenguaje no verbal. El abuso, el engaño para explotar, instrumentalizar, tomar ventaja, vender, la tierra y el cuerpo de las mujeres indígenas, sin que nadie sepa. Sin establecer una autentica comunicación que les permita comprender, desde sus imaginarios y códigos interpretativos y no desde los nuestros, lo que sucede.

Para que podamos establecer un auténtico dialogo, el derecho a la consulta, es preciso empoderar a las mujeres, y que den una respuesta a esa realidad desde su identidad, desde sus conceptos, relaciones y maneras de vivir la sexualidad. «Escucha, te voy a contar», me dijo Basta. ¡Basta de decidir por ellas! Basta de engañar, de usar de elementos culturales para provecho propio. Sin un auténtico dialogo intercultural a plena luz del día, con categorías que las hermanas de Luna entiendan, desde sus categorías y conceptos, será imposible erradicar la vulnerabilidad en la que se encuentran esas jóvenes, que no conocen el rostro de este amante.

Una noche, una camioneta, unas mujeres, …un único amante: ¡el trafico!

 

María Eugenia Lloris Aguado, FMVD

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[1] BELAUNDE, Luisa Elvira. “El recuerdo de Luna. Género, sangre y memoria entre los pueblos amazónicos” Centro de Antropología y Aplicación Práctica-CAAAP. UNMSM -Fondo editorial CC.SS. Lima, octubre de 2008- Pp. 27: “Por lo tanto, el estudio etnográfico de las redes de intercambio que constituyen la sociedad también debería de considerar la parte activa de las mujeres y no condenarlas a ser meros peones pasivos de los intercambios masculinos”.