Los ancianos de las comunidades de la Amazonía viven una conexión profunda con todo lo creado es admirable. En Angoteros hablando con Walter – padre del actual Apu – de 75 años, al mostrarle la imagen de Pachayaya, inició una oración en kichwa con devoción. Más que las palabras, nos asombró su espontaneidad y su semblante iluminado como se viese al Invisible.

O al compartir con el chamán David, en Pucallpa, que nos mostraba un vídeo de unas luces que aparecían en el medio de la selva cuando él entonaba los cantos que los xapiris le inspiraban: “Todo es energía. Ellos se muestran, son los espíritus de nuestros antepasados manifestándose, entrando en comunicación”, afirmaba.

Pero no es una práctica restricta a los hombres. La relación de las mujeres con la naturaleza, especialmente con la Tierra, posee un substrato simbólico vital, e inherente al propio cuerpo de cada una de ellas: de fecundidad y natalidad. Su cuerpo, como prolongación de la tierra, que engendra, cuida, alimenta: la pachamama.

Aprender de las mujeres

La mujer Awà Guajá de la imagen, con la rodilla en el suelo, cargando en brazos el niño de su vientre, alimenta al cerdito de monte que la naturaleza le ofreció. Alimenta la cría que perdió su madre por alimentar al ser humano, talvez a la familia o a los parientes y familiares de la comunidad de la mujer Awà Guajá. Una relación de reciprocidad e integración, en la espontaneidad de la vida, que va más allá de racionalizaciones. Imagen que muchos de nosotros talvez vimos en nuestras visitas a las comunidades.

La Madre Tierra, como esas mujeres y como tantas mujeres que llevan la vida en sus entrañas, busca un espacio seguro para dar a luz y dejar brotar la vida que lleva dentro; o simplemente compartirla, amamantando a todo aquel que con humildad se aproxime de ella, no en una relación mercantil o de comercio, sino de necesidad y equilibrio elemental con el ecosistema, como la cría o el bebé que nace.  Nos evoca o simboliza una conocida expresión bíblica: “La tierra gime con dolores de parto” (Rm 8,32), por dar vida.  Y ¡cómo podemos aprender de las mujeres!

Las mujeres sabias y parteras: una práctica concreta

El testimonio de Lorenza nos abre una ventana a esta espiritualidad vivida por las mujeres que viven en las márgenes de los ríos, lejos de la atención médica, pero que guardan en sí el poder de la vida. Siguen su instinto y se solidarizan entre sí, apoyándose mutuamente cuando se trata de defender la vida de un ser viviente.

La vida llega de cuclillas: LORENZA, partera consagrada en Angoteros

Sentadas en un tronco, mientras se celebra una minga en la casa, la mamá de Geni, Lorenza, nos cuenta su experiencia como partera. Una charla tranquila, casi susurrando, pues los kichwa no alzan la voz. Prestamos atención a sus frases entrecortadas, con el español que maneja, y nos confirma que ayudó a muchas mamás a dar a luz de cuclillas. Detalla que amarran una cuerda al palo transversal de la maloca (o casa de madera), y el marido ayuda asegurando la espalda por detrás. Es interesante, lo escuchamos también de otras mujeres de la región, que continúan dando a luz en las propias casas, y que son los maridos los que atienden directamente a sus mujeres en esos momentos. Están “al lado” – como el Génesis[1] sugiere- en la creación del hombre y la mujer.

Alumbrar sin luz

Las mujeres de esta región (Río Napo- Perú) acostumbradas a dar a luz en sus casas, cuentan sus experiencias, y una nos comenta que había dado a luz en la cocina, en una casa de tablas a varios metros de altura del suelo, y cuenta: “Como era de noche y sin luz, tenía miedo de que, a la hora de nacer, el bebé se escurriese por las rendijas que se abren entre las maderas irregulares. Mi marido fue a buscar ayuda, y yo le supliqué: ¡Ven enseguida!”. Al observar el espacio, y las condiciones, percibimos que las mujeres son muy valientes y creen profundamente que el poder de la vida siempre vence.  El bebé ahí estaba, corriendo en medio de nosotros.

Contar experiencias como éstas no es para resaltar lo exótico o lo diferente y curioso de lo vivido, sino para colocar de relieve la capacidad de defender la vida. Un poder ancestral: dar vida sean cual sean las condiciones. La historia de las parteras, y el poder de la vida en el cuerpo y manos de las mujeres, es ancestral. Tenemos referencia no sólo en la historia de esos pueblos, sino también en la historia de otros pueblos de otras partes del mundo, como sabemos por otros estudios, como es el caso del pueblo de Israel[2].

El primer arte de la tierra es el de las parteras: dar vida, dejar que las crianzas vivan, nuestros niños y los de las demás. Todas las crianzas de todos. Un oficio de la Antigüedad única y totalmente femenino. Cuando ese primer arte se eclipsa, la vida pierde el primer lugar, y las civilizaciones se confunden, enferman e decaen. Sabemos que permanecen en la sombra, ocultando su poder, sin que se hable de ellas.

Decir no a todo aquello que coloca en peligro el nacimiento y decir si a la vida, por encima de cualquier otra ley, es expresión y símbolo de lo que prevalece: el valor de la vida. Un valor que se perpetúa por siglos y es símbolo de resistencia. Cuántas mujeres se alían por la vida, como parteras, madres de leche, o apadrinan los hijos de sus parientes, más allá del círculo estrictamente familiar, dejando que la vida las hermane y emparente, en la unidad de la familia universal.

Espiritualidad de los cuerpos femeninos

Las mujeres en su cuerpo, como continuidad y símbolo de la relación con la tierra, revelan una espiritualidad de la vida y de la fecundidad que integra y lo envuelve todo, pasando por su propio ser. Una relación que las lleva siempre más allá, estableciendo una hermandad que no se limita al territorio, ni a la familia parental, sino que las incluye en la hermandad universal de ser hijas de la tierra. Pertenecer a la tierra, como identidad primigenia.

Sus cuerpos, son casa que nos acoge. Una relación que ellas experimentan en el propio cuerpo como continuidad de sí, y que revelan en las relaciones con los otros (iguales a sí), el otro (animal) o los bienes (la naturaleza, los frutos que nos ofrece la tierra), haciéndonos nacer constantemente a la vida: son parteras.

Un cuerpo que fecunda y alimenta, como la tierra misma. La tierra es útero de nuestra existencia, hogar y casa. Y las mujeres, como parteras, nos ayudan a romper aguas, enseñándonos una relación nueva con los otros (iguales a sí) de hermandad, con el otro (animales) de reciprocidad, y con los bienes (la naturaleza, y bienes que nos ofrece la tierra) de cuidado. Es esa espiritualidad lo que les permite resistir en el tiempo, más allá de las condiciones físicas o geográficas. Perpetuarse y perpetuar la especie.

La espiritualidad indígena enriquece nuestras propias espiritualidades, al indicarnos: la relación con la naturaleza y lo creado, como parte de nuestro ser, integrándolo de manera natural. El cuidado con la tierra y los otros seres, es algo constitutivo de nosotros, por ser cuerpos abiertos a la vida, dedicados a acoger la vida, cuidarla y alimentarla, porque en el origen y al final de la existencia: Somos tierra.

Sería un sueño que como mujeres ejerciésemos nuestro poder ancestral, “al lado” de Adán, como los kichwa asisten a sus mujeres: en igualdad y reciprocidad de la diferencia de ser.

Maria Eugenia Lloris Aguado, FMVD
Misionera del Equipo Itinerante de BOLPEBRA (Triple Frontera entre Bolíva, Perú, Brasil)

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[1] Génesis, 2 – Bíblia Católica Online: Considerando el termino en hebreo, hay varias traducciones o sinónimos:“ צֵלָע – tsela, lado, costado, viga, rayo, costilla. Eva fue formada del lado de Adán: “Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. 22.De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. 23.Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.»
[2] Bruni Luigino in https://www.ciudadnueva.com/libro/19911/las-parteras-de-egipto . Editorial Ciudad Nueva 2017, pp 6: Al comparar ambas vivencias, el pueblo hebreo – pueblo nómada de partos difíciles en tiendas portátiles – colocó en el origen de su historia de liberación el testimonio de las parteras de Egipto, Sifrá(«la bella»)  y Puá, («esplendor», «luz»),  de las cuales sabemos poco, pero  casi seguro que fueron egipcias, y probablemente las parteras responsables de los israelitas o de todo Egipto. Son un símbolo de la capacidad que tienen las mujeres de superar normas, leyes, y obstáculos, cuando lo que está en juego es la vida. Y la vida de un ser indefenso, frágil y dependiente. Un gesto que nos recuerda el mito de Antígona, que desobedeció al rey para obedecer la ley más profunda de la vida.

 

Imagen e información de redamazonica.org