Fernando Verdugo SJ nos comparte su artículo, publicado en Revista Mensaje N° 697, de Chile.

 

Cuando se cumplen cinco años de la exhortación Amoris laetitia, estamos invitados a reflexionar
sobre la familia y a elaborar propuestas para abordar las necesidades y los desafíos locales.

Hace cinco años, el 19 de marzo de 2016, el papa Francisco firmó su exhortación apostólica Amoris laetitia, la cual publicó tres semanas después. En ese documento retomaba y desarrollaba los aportes de los sínodos de los obispos sobre el matrimonio y familia, realizados en 2014 y 2015, en los cuales a su vez se habían tenido a la vista las amplias consultas hechas a instancias académicas y eclesiales de todo el mundo.

Asimismo, en esa exhortación invitó a «elaborar propuestas prácticas y eficaces que tengan en cuenta tanto las enseñanzas de la Iglesia como las necesidades y los desafíos locales» (AL 199, cf. 3). Es posible que surjan propuestas concretas de los pastores de la lglesia chilena, como ha sucedido con otras iglesias locales. Al parecer, las energías de nuestros pastores en estos años transcurridos han estado dirigidas a otras preocupaciones y prioridades.

Considerando que el papa Francisco, en el Ángelus del domingo 27 de diciembre de 2020, anunció que el 2021 sería un año con especial atención pastoral en la familia, tenemos una excelente oportunidad para retomar, profundizar y sugerir aplicaciones en nuestro contexto a las orientaciones que nos ofrece Amoris laetitia. Son muy variados los temas que aborda dicha exhortación, pero acá nos limitaremos a ofrecer criterios de discernimiento sobre un posible acceso a los sacramentos de «divorciados en nueva unión», retomando básicamente la novedad del capítulo 8 de la Exhortación. Agradezco a los matrimonios de distintos movimientos de Iglesia, convocados en su momento por la Comisión Nacional de Pastoral Familiar, con quienes pudimos decantar, reflexionar y discutir estos criterios.

CONTEXTO SOCIAL Y ECLESIAL

Es pertinente recordar que los obispos chilenos, en la «Carta Pastoral» redactada por su Comité Permanente en octubre de 2017 —año y medio después de la publicación de Amoris laetitia—, reconocían que «es habitual que en las encuestas una inmensa mayoría destaque el rol esencial de la familia en sus vidas». Advertían, sin embargo, cómo muchas familias en nuestro país enfrentan problemas «particularmente dolorosos», como la pobreza o la violencia intrafamiliar, a lo que se agrega el aumento de los nacimientos fuera del matrimonio y los embarazos adolescentes. Junto con esto, denunciaban que extensas jornadas laborales o sistemas de transporte defectuosos constituyen un sistema que «priva a la familia de los esenciales tiempos de comunión y encuentro en el hogar». En el escenario descrito, es comprensible que muchos matrimonios se fragilicen o rompan. Y, en este caso, resurja el deseo de contar con una pareja y nueva familia. Por cierto, tales problemas se han agudizado con la pandemia y sus consecuencias.

Por otra parte, así como las encuestas expresan una sostenida confianza y aprecio a la familia más allá de las dificultades, lamentablemente la credibilidad y confianza hacia la Iglesia católica han descendido drásticamente en la sociedad chilena durante los últimos años (v.g., CEP, Encuesta Nacional de Opinión Pública, diciembre 2019). Las razones son múltiples y algunas muy dolorosas, como los casos de abuso sexual y de conciencia, y la dificultad institucional para abordarlos. Ante ello, el Papa invitó, especialmente a los pastores, a «no disimular o esconder nuestras llagas». «Una Iglesia con llagas —sostiene el Papa— es capaz de comprender las llagas del mundo de hoy y hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y buscar sanarlas» (Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas, 16 de enero de 2018). Desde las llagas y vergüenza de la Iglesia chilena, habiendo ella necesitado y experimentado también la misericordia de Dios, se hace más urgente el llamado de Amoris laetitia, de volcarse hacia los separados o divorciados en nueva unión, acercándose a ellos con actitud de «discernimiento pastoral cargado de amor misericordioso, que siempre se inclina a comprender, a perdonar, a acompañar, a esperar, y sobre todo a integrar» (AL 5).

CRITERIOS PASTORALES

«Acompañar, discernir e integrar», siguiendo el itinerario de la misericordia que nos manifestó Jesús, son los conceptos claves que atraviesan la exhortación Amoris laetitia y que recordó también el papa Francisco a los obispos chilenos en la visita Ad Limina de febrero de 2017. Para ello es necesario no solo acoger, sino incluso salir al encuentro de aquellos que después de una separación, han formado una nueva unión.

Acompañar

Es posible que, por mucho tiempo, los que han experimentado rupturas matrimoniales y familiares se hayan sentido marginados de la Iglesia, por más que objetivamente no lo estén (cf. AL 246 y 299). Con todo, es tiempo de salir a su encuentro o de acogerlos cuando se acerquen a ella, con la actitud del peregrino de Emaús que acompaña a los caminantes entristecidos por el fracaso, les renueva la esperanza y los reorienta hacia la comunidad (cf. Lc 24,13-35).

«Acompañar» a los separados en nueva unión es una tarea pastoral que atañe normalmente al presbítero que está al servicio de una comunidad. Pero, dado que «la mies es mucha y los obreros pocos» (Mt 9,37), se requiere disponibilidad de tiempo para un acompañamiento más personalizado, donde sea necesario el presbítero puede ser apoyado por diáconos u otros agentes pastorales debidamente capacitados (cf. AL 202, 300, 312). Así como son fundamentales los equipos de preparación al sacramento del matrimonio, puede ser también conveniente contar con ellos u otros agentes pastorales para el proceso de discernimiento conducente a una mayor integración de los separados en nueva unión en la Iglesia. Es evidente que no todas las diócesis cuentan con los recursos para abordar este desafío. Se necesita, por tanto, solidaridad y creatividad. Puede ser necesario, por ejemplo, el apoyo interdiocesano o de otras instancias eclesiales y profesionales para la capacitación de sacerdotes y/o agentes pastorales para este servicio específico.

Con todo, no hay que olvidar que es ineludible el rol del presbítero en la administración de los sacramentos que conducen a una comunión plena. Un buen trabajo en equipo entre agentes pastorales y sacerdotes facilita el proceso de acompañamiento en todas sus etapas.

Discernir

Si acompañar es la actitud del pastor o agente pastoral hacia los separados en nueva unión, el «discernimiento» es la principal actividad que se ha de realizar a lo largo del camino. Esta práctica eclesial, que se remonta a los orígenes de la iglesia, pone a las hijas e hijos de Dios en contacto con su Señor, que nos habla por medio del Espíritu (cf. 1 Tes 5,19-21).

El papa Francisco, retomando la indicación entregada por los obispos en ambos sínodos, en relación al acompañamiento de los separados y divorciados en nueva unión (v.g., Relatio Synodi 2014,47 y 51; Relatio final 2015,84), insiste en la necesidad del «discernimiento personal y pastoral» como la forma adecuada de abordar situaciones tan diversas y complejas (AL 249, 293, 298 y 300, 301-303, 312). Descarta que sea posible «una normativa general de tipo canónica aplicable a todos los casos» (300), ni menos «juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones» (AL 296). Se trata de ayudar a la persona a ponerse en conciencia delante de Dios y a discernir lo que el Espíritu, en la situación que le ha tocado vivir, le está pidiendo a ella y a la comunidad.

En el proceso de discernimiento parece más conveniente partir por la experiencia concreta de las personas separadas en nueva unión, que por recordar el ideal de matrimonio cristiano resguardado por las normas de la Iglesia. Con todo, como bien lo ha señalado el papa Francisco, «comprender las situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos de lo que Jesús ofrece al ser humano» (AL 307). En algunos casos, reflexionar junto a la pareja en nueva unión los capítulos 3 a 5 de Amoris laetitia, donde se describe tan bellamente la vocación del matrimonio sacramental y de la familia cristiana, puede ser muy necesario como parte del proceso de discernimiento personal.

El discernimiento personal pasa también por «un examen de conciencia, a través de momentos de reflexión y arrepentimiento», cuando corresponde, para lo cual ayudan las cuestiones que sugiere el Papa: «Los divorciados vueltos a casar deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis; si hubo intentos de reconciliación; cómo es la situación del cónyuge abandonado; qué consecuencias tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y la comunidad de los fieles; qué ejemplo ofrece esa relación a los jóvenes que deben prepararse al matrimonio. Una reflexión sincera puede fortalecer la confianza en la misericordia de Dios, que no es negada a nadie» (AL 300). Otras preguntas que se consideren pastoralmente pertinentes pueden ayudar a estos fieles a encontrarse con su propia verdad y, sobre todo, con la misericordia de Dios que es siempre «inmerecida, incondicional y gratuita» (AL 297).

Pero el discernimiento no atañe solo a los separados o divorciados en nueva unión, sino también al pastor y a la comunidad: «Es necesario discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas. Ellos no solo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio. Esta integración es también necesaria para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes» (299). El pastor, pues, tiene una tarea de acompañamiento y discernimiento pastoral que se orienta también hacia la comunidad en la que esos separados en nueva unión pueden vivir y celebrar su fe, de modo que también esta crezca en capacidad de comprensión y acogida.

Siguiendo al Concilio Vaticano ii, el papa Francisco insiste en el respeto a la decisión tomada en plena conciencia por los creyentes. Conviene recordar esto, porque a los obispos, y también a los sacerdotes, «nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden lo mejor posible al Evangelio en medio de sus límites y pueden desarrollar su propio discernimiento ante situaciones donde se rompen todos los esquemas. Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas» (AL 37). O bien, porque a veces no atendemos suficientemente los «condicionamientos y circunstancias atenuantes» en relación a la ruptura del primer matrimonio o en relación a la nueva unión que le impiden «obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa» (al 301). Finalmente, insiste en que «la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio» (AL 303).

Integrar

¿Hasta dónde puede conducir el proceso de acompañamiento y discernimiento? Hasta donde el Espíritu Santo, derramado sobre todos los bautizados, los quiera conducir. Un signo claro de que el separado o divorciado en nueva unión ha alcanzado el lugar correcto o que está bien encaminado, es la paz y el consuelo espiritual que trae en esa persona la decisión tomada en conciencia delante de Dios. Y, desde el punto de vista objetivo, se verifica siempre en una mayor integración en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, lo cual se expresa en diversas formas de participación comunitaria y de servicio (cf. AL 299).

No siempre el camino del discernimiento puede concluir en la recepción de los sacramentos, aunque Amoris laetitia abre la posibilidad de acceso a la Re- conciliación y a la Eucaristía (cf. notas 336 y 351). En todo caso hay que evitar «dar permiso para comulgar» —como se suele decir—, pues se caería nuevamente en la práctica de sustituir la conciencia, frente a la cual el papa Francisco ha llamado la atención. El acompañante, sacerdote u otro agente pastoral, ha de ser sobre todo testigo y reflejo objetivo de lo que el Señor va haciendo con cada persona que ha emprendido el camino de la misericordia y de la integración. En cada caso, no cabe sino tener el mayor respeto por la decisión adoptada cuidadosamente y en conciencia por el acompañado. Llegado a un punto, cuando la persona que ha sido acompañada decide acercarse al sacramento de la Re- conciliación y recibir la Eucaristía, en ciertos contextos puede ser conveniente evitar «cualquier situación de escándalo» (AL 299). En otros, como se ha dicho al describir el discernimiento pastoral, puede ser necesario preparar adecuadamente a la comunidad para acoger al que se reincorpora a la comunión eucarística plena. Incluso puede ser ocasión de celebrar el paso con la comunidad, al estilo de la parábola del padre misericordioso (Lc 15, 11-32).

Finalmente, ni el acompañante ni el acompañado han de olvidar la «ley de la gradualidad», destacada tanto por el papa Juan Pablo II (Familiaris consortio, 34) como por el papa Francisco (AL 295). Es decir, nunca dejar de tener en cuenta que el ideal evangélico es una meta a alcanzar y no la medida para juzgar a las personas y sus actos, puesto que el ser humano está en un proceso constante de crecimiento. «El discernimiento —añade Francisco— debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios y de crecimiento en medio de los límites. Por creer que todo es blanco o negro, a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios» (al 305). El óptimo alcanzado en cada momento no es la meta, sino el punto de partida para una nueva etapa del crecimiento personal, de la pareja y de la familia. En definitiva, el discernimiento que lleva a una mayor integración en la Iglesia «es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena» (AL 303).

Fernando Verdugo, SJ
Facultad de Teología, Pontificia Universidad Católica de Chile

 

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