Pedro Trigo SJ estuvo presente en la Asamblea de la Red de Centros Sociales jesuitas, donde reflexionó sobre la importancia y trascendencia de la sinodalidad. Compartimos su reflexión.

 

Caminar juntos hacia la Fraternidad de las Hijas e Hijos de Dios

por el camino que es Jesús de Nazaret

 

Lo primero es comprender qué es una Iglesia sinodal, para que, teniéndolo claro y viendo qué es lo que Dios nos pide y deseándolo, podamos encaminarnos hacia ella, cambiando en nosotros todo lo que veamos que hay que cambiar en nuestro modo de vivir el cristianismo y desde este cambio personal cambiar lo que en nuestros trabajos no es buen conductor de este camino. Empecemos por el principio, es decir por explicar qué significa sinodalidad.

  1. ¿POR QUÉ EMPEZAR POR EL SENTIDO HUMANO DE SINODALIDAD?

¿Por qué tenemos que empezar por ahí? Porque el cristianismo no es una religión en el sentido de un sector específico de la realidad separado de los demás, templos-sacerdotes-sacrificios[1], aunque con influencia en el resto. Jesús realizó su misión en la vida y sus seguidores también, aunque esta vida tenga expresiones simbólicas como el bautismo y la Cena del Señor. Y así también lo teorizó: él vino, dice, para que tuviéramos vida y esa vida abundara (Jn 10,10). Más aún, dijo que él era la vida (Jn 14,6) y que había venido al mundo para comunicarnos esa vida. Él era el plenamente humano y vino a entregarnos esa humanidad: la humanidad fraterna del Hijo único de Dios, para que también nosotros pudiéramos vivir la fraternidad de las hijas e hijos de Dios y fuéramos así plenamente humanos.

Si se trata de ser humanos, plenamente humanos, vamos a comenzar por lo que significa sinodalidad para los seres humanos. Luego especificaremos el modo cristiano de vivir humanamente.

Sinodalidad viene del griego: σύν (sin) significa con y ὁδός (odos) camino; por tanto, sinodalidad es la vida entendida como caminar con otros, caminar juntos, pero ante todo caminar. Este modo de vivir presupone que la vida es camino y no instalación, ni en uno mismo y los suyos ni en su querencia ni en el orden establecido ni en una institución sacralizada.

Pero dice además que ese camino, para que llegue realmente a la meta, es decir, a constituirnos como seres con calidad humana, no lo realiza cada quien por separado, sino que lo realizamos juntos. Si no lo realizamos juntos, podremos llegar a adquirir grandes cualidades y riqueza y poder e influencia, pero nos habremos deshumanizado. Tener grandes éxitos no equivale de ningún modo a humanizarnos.

Ahora bien, en la explicitud cristiana de este caminar juntos, se trata concretamente de caminar juntos como hijas e hijos de Dios en el Hijo y como hermanas y hermanos en el Hermano universal.

1.1 Para llegar a ser humanos tenemos que caminar y caminar por el buen camino

La existencia humana es camino, ante todo, porque no estamos hechos y además porque la realidad de la que formamos parte está abierta, en proceso. Estamos humanamente abiertos. Nuestros actos nos van edificando y por tanto definiendo. Pero ningún acto, ninguna decisión, nos totaliza. Siempre podemos desdecirnos o cambiar de rumbo. El modo humano de ser es ser siendo[2]. El que siempre tengamos que edificarnos, porque cuando no lo hacemos nos desdibujamos, indica que los seres humanos estamos en camino de hacernos.

Ahora bien, podemos caminar en varias direcciones: con nuestros actos podemos humanizarnos o deshumanizarnos. Los actos humanos son ambivalentes. Es decir, que nuestro camino nos puede llevar a la perdición o a la salvación, a realizarnos como humanos o a deshumanizarnos. Tenemos, por tanto, que definir nuestro camino.

Pero el problema es que lo que entiende la dirección dominante de esta figura histórica por camino humano deseable es el que conduce al éxito, que no coincide de ningún modo con la realización como seres humanos cabales.

El problema se daba igual en tiempos de Jesús y le fue planteado a él reiteradamente. Para los apóstoles, si venía como enviado de Dios, su poder debía canalizarse en derrotar a los romanos y a los judíos colaboracionistas e instaurar el reino invencible de los santos de Dios (Mt 16,21-22; Hc 1,6; Lc 24,19.21). Para Jesús, en cambio, imponerse era incompatible con su humanidad y con la humanización de los seres humanos (Jn 18,36-37; Mc 10,42-45).

Lo que hizo, en cambio, fue salir de su casa, dejar su familia y su trabajo y vivir en el camino (“El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”: Lc 9,58). Pudo vivir en el camino sin angustia ni depresión porque vivió con todos, desde vivir con los que también vivían en el camino: los sin techo. Las relaciones fueron su querencia. Relaciones de entrega de sí horizontal, gratuita y abierta. Pero, si dio todo y se dio por entero a sí mismo, también recibió: todos los días recibía la comida y el alojamiento, aunque habría días en que no comió y durmió viendo las estrellas. Porque el dar y recibir era en total libertad, como expresión de amor. Con ese modo de caminar juntos instauró la reciprocidad de dones como alternativa al romano do ut des, te doy para que me des, que imperaba y sigue siendo lo propuesto por el orden establecido. En esto consiste la sinodalidad que practicó y propuso Jesús.

El problema es que no coinciden las cualidades humanas con la calidad humana. Si nuestros actos van encaminados a la cualificación para tener mejor puesto y más riqueza y poder, y concretamente ésta es la propuesta del orden establecido, cuanto más nos empeñemos en este camino, al ignorar lo que conduce a la calidad humana, de hecho, la estamos sacrificando. El problema es que en la línea dominante de la cultura occidental esto ha estado encubierto porque la meta humana ha estado absorbida por la adquisición de las cualidades que son funcionales al sistema, desconociendo cualquier otro planteamiento. Esas cualidades son las que se publicitan por doquier y constituyen muy expresamente la meta de la educación formal[3]. Por tanto, muchos están en camino hacia la adquisición de la excelencia en cualquiera de esos campos y en mantener y si es posible incrementar la posición adquirida, cosa nada fácil por la competencia universal.

Quien vive así no vive en camino hacia su edificación como ser humano sino como miembro eximio de su cultura. Pero en ninguna cultura cabe el ser humano con calidad humana, porque en todas las culturas, al menos desde que existe la división de trabajo, existen principios de jerarquización y exclusión: existe el arriba y el abajo y el adentro y afuera. Y las personas llegamos a serlo por la relación de entrega de nosotros mismos horizontal, gratuita y abierta y sin excluir a nadie[4]. La respectividad positiva está anclada en la constitución personal[5]. No me afirmo a mí mismo como persona, si en el acto de afirmarme a mí mismo, no afirmo a los demás[6].

Pero ninguna cultura está estructurada a base de este tipo de relaciones. Aunque, como somos seres culturales, el camino hacia la humanización no puede hacerse sino dentro de cada cultura, transformando desde dentro lo que impide la humanización. Una postura que tiene grandes costos. Se requiere, por tanto, tener una decisión profunda, una auténtica hambre de humanidad, para persistir en ese camino. Por eso nos dice Jesús: espacioso es el camino que lleva a la perdición y muchos entran por él; pero qué angosto el camino que lleva a la vida y qué pocos son los que lo encuentran (Mt 7,13-14).

Así pues, estamos en camino porque estamos siempre en proceso de hacernos. Pero estamos tan abiertos que nuestros actos pueden edificarnos como seres humanos o deshumanizarnos. Así pues, tenemos que elegir el camino que conduce a la humanización y no el que nos deshumaniza. Pero esto no es tan fácil porque el orden establecido publicita por todos los medios el camino de la cualificación para obtener el éxito, sacrificando, sin embargo, la realización auténticamente humana que se da, insistimos, en la entrega de nosotros mismos gratuita, horizontal, abierta y sin excluir a nadie.

1.2 Para llegar a ser humanos tenemos que caminar juntos

Así pues, el camino de humanización es un camino realizado con otros: recibiendo su entrega personal[7] y entregándonos nosotros mismos.

Es cierto que existen y siempre existirán diferencias en capacidad, en poder, en posesión, en influencia. Pero esas diferencias no pueden convertirse en fuente de jerarquización y discriminación. En lo fundamental todos somos seres dignos y nos tenemos que tratar así, lo que implica que las diferencias tienen que traducirse en un servicio más cualificado y no en creerse superior a otros y discriminarlos e incluso explotarlos y excluirlos.

Así pues, “caminar con” no significa sólo que todos habitamos a la vez un mismo espacio y ni siquiera que estamos bajo las mismas leyes y el mismo pacto social. Tampoco significa que un líder o una organización o un proyecto nos uniformice en torno a sí. Caminar juntos, tal como lo propone Jesús de Nazaret, no es seguirlo dejando de ser uno mismo y convirtiéndose en una masa uniforme en torno a él, de manera que todos digan, piensen y sientan lo mismo, es decir, las consignas que les da él.

Hay certeza histórica de que ése no fue el liderazgo de Jesús. Él hablaba en el templo ante miles de judíos y los soldados observaban desde la torre Antonia. Si Jesús hubiera galvanizado a la gente convirtiéndola en una unidad compacta en torno a sí, que coreaba sus gestos y sus consignas, ahí mismo lo hubieran matado porque ese entusiasmo masivo que provocaba era un gravísimo peligro latente para la seguridad. Pero no hicieron nada porque Jesús no daba qué pensar: es decir, consignas; sino daba que pensar: buscaba que la gente le echara cabeza a lo que él proponía para que llegara a tomar decisiones por su propia cuenta. Jesús no masificaba a la gente, sino que la personalizaba.

Así pues, caminar juntos no es convertirse en una masa uniforme. Significa concretamente que vivimos abiertos a todos, con respectividad positiva, que ponemos en común nuestros haberes para formar cuerpos sociales personalizados y que tratamos con todos fraternalmente: a nuestros padres como hermanos padres, a nuestras esposas como hermanas esposas, a nuestros hijos como hermanos hijos, a nuestros compañeros y amigos como hermanos compañeros y amigos, a los desconocidos como hermanos desconocidos y a nuestros adversarios como hermanos adversarios.

Creo que queda claro lo decisivo que es caminar y caminar por el camino de la humanización y caminar juntos. Pero también queda claro que ése no es el camino propuesto por el orden establecido y que por eso elegir este camino tiene costos permanentes, que tenemos que estar dispuestos a pagar, si queremos ser realmente humanos.

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Pedro Trigo, SJ
Teólogo. Centro Gumilla Venezuela

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[1] Esta es la religión de la época en que, con la aparición de la agricultura, la ganadería, la alfarería, la cantería, el laboreo de los metales y la ciencia y la técnica, se da la división de trabajo y son posibles las ciudades, los reinos y los imperios y la sociedad se hace piramidal. No es la religión de Jesús, aunque el cristianismo se adaptó a ella, sacrificando su genuinidad. Es la época que está pasando y si el cristianismo no se desmarca de ella, pasará con la época por su infidelidad.
[2] Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica. UCA, San Salvador, 1999, 345
[3] Por ejemplo, eso es lo que se llama calidad educativa, incluso, no pocas veces, en la educación católica.
[4] Trigo, “Ser humano”. SIC 829, nov 2020,403-414
[5] “Soy personalmente en la apertura a los demás. No son dos cosas ser persona y tener físicamente un ser común con los otros, sino que tener un ser común con los otros pertenece a mi modo de ser persona, definida como apertura real a mi propia realidad, vertida desde sí misma a las otras personas” (Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica, UCA, San Salvador 1999,388)
[6] Trigo, “Afirmarse como seres humanos y afirmar a todos los seres humanos: vocación y misión de todos los seres humanos”. Iter Humanitas 17 (en-jul 2012) 105-146
[7] Siempre comenzamos recibiendo: somos hijos.

 

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