Una gran catástrofe puede condicionar el modo de pensar de una generación, bien lo saben los niños que nacen después de un conflicto bélico, las madres que ven a sus hijos huir del hambre o los millones de refugiados que hay actualmente en el mundo. Las guerras, las pandemias y las hambrunas aparecen frecuentemente en la Historia de la humanidad, y requieren una buena comprensión de las causas y de las consecuencias, porque si no hay un riesgo alto de repetir errores, de perder el rumbo y de volver a naufragar.

En el caso particular de las pandemias las consecuencias pueden llegar a ser aún más dañinas, porque el culpable no está en el vecino malvado o en la falta de lluvia, el verdugo además de invisible está muy dentro, y si ya es complicado de curar, aún lo es más de comprender. Los libros de historia[1] destacan la peste negra de 1348[2] como gran referente. No obstante, conviene señalar que este tipo de calamidades no solo han ocurrido en la estigmatizada Edad Media, qué decir de la viruela en el siglo XVI, el cólera en el XIX o la mal llamada gripe española hace casi un siglo.

Pese a que los virus y las bacterias no entienden de economía, los grupos más castigados eran los más pobres, y aquellos que los intentaban socorrer. Cuando la población se diezmaba se producían movimientos demográficos, escasez de alimentos y alza de precios, alterando el orden social en cuestión de meses. Y quizás el ámbito con más impacto era el religioso y existencial. Evidentemente, no contaban con nuestra tecnología, y cada generación trataba de responder a los interrogantes que surgían con sus propias herramientas, encontrando así en el castigo divino la causa favorita. Y sobre todo se alteraba el modo de comprender el mundo, de tal manera que en pocos años podía cambiar la percepción de Dios y del hombre, de la muerte y, por tanto, de la vida. En ocasiones la realidad supera la ficción, y las pandemias se pueden convertir en auténticos puntos de inflexión[3].

A diferencia de otras pandemias, en esta crisis desde bien temprano han corrido ríos de tinta sobre las secuelas físicas y psicológicas. Para numerosos pacientes que han sobrevivido al Covid-19 este no se ha quedado en una historieta para contar a sus nietos o en la ya clásica pérdida de cabello. Las secuelas físicas pueden ser graves, como la alteración de la coagulación o la fibrosis pulmonar, entre otros muchos. No son una broma. Tampoco lo son las secuelas psicológicas, como el estrés post traumático de aquellos que pasaron semanas en terapia intensiva o la tendencia a la depresión durante el confinamiento, por no hablar de la adicción a las redes sociales o los trastornos de alimentación entre adolescentes. Y sabiendo por experiencia cómo es esta pandemia y cómo lo fueron las anteriores, resulta oportuna la siguiente pregunta: ¿cuáles son las secuelas espirituales del Covid-19?

Las cifras de muertos, el sonido de las ambulancias y la preocupación por los nuestros no tardarán en cobrarse su factura, esto nos recuerda que no somos máquinas. En este punto conviene ir más allá, porque lo espiritual no es solo lo psicológico, aunque a veces nos cueste distinguirlo. Hay aspectos compartidos, pero insisto: no es lo mismo. No es emocionarse con una canción bonita, disfrutar de un atardecer junto al mar o sentir ansiedad ante un examen. La espiritualidad tiene que ver con cómo nos relacionamos con la trascendencia. Por lo tanto es una relación, hay una alteridad. Y en función de cómo sea este vínculo nos relacionamos con nuestra realidad -los otros, el entorno, la naturaleza, el tiempo, el espacio, la sociedad o la cultura- y con nosotros mismos. Por eso todo está interrelacionado y nos afectan tanto los cambios, y principalmente porque nos jugamos nuestro modo de estar en el mundo y de percibir nuestra identidad, nuestra libertad y nuestra existencia.

Curiosamente, las secuelas espirituales tienen una particularidad: se pueden convertir en oportunidad. Un ejemplo claro y recurrente es la experiencia de san Ignacio de Loyola[4]: el mismo cañonazo que le destrozó la pierna también propició un cambio de vida y una conversión espiritual que aún sigue dando que hablar. Por tanto, cada una de estas secuelas tiene un lado bueno, y aunque no sabemos cómo, algún día darán fruto, como le pasa a la vid cada vez que la podan.

La imagen de Dios

En la vida son más importantes las preguntas que las respuestas, sencillamente porque nos permiten avanzar. Y cuando la incertidumbre irrumpe en nuestro camino se multiplican exponencialmente. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Por qué Dios lo consiente? Y estas solo son el principio. Cuestiones lícitas y que conviene hacerse a menudo, porque nos permitirán crecer aunque la respuesta sea el silencioEl problema surge cuando todo lo atribuimos a la voluntad de Dios, responsabilizándole de todo lo que pasa en el mundo sin ningún criterio, de lo bueno y de lo malo. Esto responde a todas nuestras preguntas, pero al momento nos conduce a un callejón sin salida: ¿en qué tipo de Dios creemos que quiere nuestro dolor?

Esta secuela tiene una parte teológica y pastoral, ya que si no se explica bien puede condicionar nuestro modo de acercarnos a Dios. Dios nunca quiere nuestro mal, y conviene decirlo alto y claro. Puede ser fácil y recurrente culpar a Dios, pero no es ni justo ni conveniente. No es un castigo[5] de Dios ni una venganza de la naturaleza que un virus pase de un animal al ser humano y se multiplique por todo el mundo cobrándose la vida de cientos de miles de personas[6]. Todo lo contrario, Dios está con el que sufre en cada cama de hospital, acompañando en la soledad, animando al investigador o consolando a las familias. Cualquier desliz pastoral que promueva la imagen de un Dios castigador puede propiciar un daño espiritual al que lo escucha, pues el modo de entender y de relacionarse con Dios cambia cuando hay miedo de por medio.

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[1] Cfr E. Mitre Fernández, Fantasmas de la sociedad medieval: enfermedad, peste, muerte, Valladolid, Universidad de Valladolid, 2004. A lo largo de esta obra se desglosa el impacto de las catástrofes sanitarias en la mentalidad de la Edad Media.
[2] Se estima que hubo entre un 40 y 60% de mortalidad.
[3] Cfr P. Rodríguez López, «Los jesuitas en las epidemias, entre la incertidumbre y la enfermedad», en Manresa, vol. 92, 291-300. Es este artículo, el historiador se refiere a las pandemias como puntos de inflexión o bisagras de la Historia.
[4] En este caso y en alguno más me referiré a él para ubicar mejor algunas claves de la espiritualidad, en este caso ignaciana.
[5] «No quiero decir que se trata de una suerte de castigo divino. Tampoco bastaría afirmar que el daño causado a la naturaleza termina cobrándose nuestros atropellos. Es la realidad misma que gime y se rebela» (Francisco, Fratelli Tutti, n. 34).
[6] Cfr Á. Cordovilla, «Teología en tiempos de pandemia» en Vida Nueva, n. 3178, 2020, 23-30.

 

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