Compartimos con ustedes la carta que la hermana María Luisa Berzosa, de la Congregación de las Hijas de Jesús, envió al Papa Francisco con motivo de su 8° aniversario de su pontificado.

 

Querido hermano Francisco

Me piden una reflexión sobre el tiempo transcurrido desde aquel 13 de Marzo de 2014 cuando al caer de la tarde te asomaste al balcón central de la Basílica de San Pedro. Guardo en mi corazón, de manera fresca y palpitante, todos los datos de aquellos instantes: tu saludo como obispo de Roma, tu afirmación de que fueron a buscarte “al fin del mundo”, escucho el silencio impresionante de la multitud en la plaza para bendecirte …¡cuántas sorpresas en pocos minutos!

Y llegó tu nombre como Papa: pasabas de Jorge Mario a Francisco y todo esto me permite tratarte así, en carta pública, de hermana a hermano en la misma fe. Te había conocido en Buenos Aires, pero intuía que ahora no era simplemente un cambio de nombre. Que todo eso encerraba mucho más y había que estar abierta a la novedad que en efecto, ha ido viniendo. Si te soy sincera me mantuve muy a la expectativa en tus primeros días, un tanto desconcertada positivamente y cada gesto, cada palabra me iba llegando como un aire fresco, distinto, nuevo, oxigenante, “franciscano” …

Y comenzaste a dar los primeros pasos como Papa con firmeza y decisión, parecían simples gestos apenas perceptibles pero ya estaban cargados de significado intencional para su desarrollo posterior. Aquel primer jueves santo donde te atreviste -¡tremenda osadía!- a lavar los pies a mujeres y no a sacerdotes como era lo esperado; quedarte a vivir en la Casa de Santa Marta, el dejar los ropajes pontificios y simplificarlos cuanto era posible … muchos cambios en poco tiempo. Y poco a poco te lanzaste a poner luz en otros mayores, como la reforma de la curia, los abusos de todo tipo, la transparencia en la economía, en la comunicación.

Pero creo que has promovido muchos y variados acontecimientos a nivel mundial: tus viajes a las periferias del mundo, la preocupación por la familia y el amor con la Encíclica Amoris Laetitia, la solicitud por el planeta explicitada con verdadera urgencia en la Encíclica Laudato Si, ese cuidado por la “casa común” que latía como un grito pero que supiste poner en primera línea de urgencia planetaria. La reciente “Fratelli Tutti” con ese deseo de amistad social y fraternidad universal. El Pacto Educativo Global por la Educación, algo que nos moviliza como individuos y sociedades, la Economía Joven los diversos Sínodos: de la Palabra, de la Familia, de la Fe, los jóvenes y el discernimiento vocacional; el Sínodo extraordinario sobre la Amazonía…

No son tantos los años transcurridos hasta ahora de tu pontificado pero me atrevo a decir que han sido muy fecundos y de alguna manera revolucionarios. Dijiste a los jóvenes “hagan lío”, pero permíteme decirte que lo has hecho en grande, has abierto horizontes insospechados al ocuparte de las personas y sus derechos, comenzando por los más básicos y elementales, las de cerca -bajo tu ventana- muchos hombres y mujeres sin techo han encontrado alimento e higiene, lecho donde dormir, y las de lejos han recibido tus visitas, tus mensajes de paz y no violencia, tu cercanía de padre y pastor.

Y te has mostrado especialmente sensible a los grupos humanos en movilidad, obligados a salir de sus países de origen en busca de un futuro mejor con el riesgo de muerte, muchas veces navegando en sus frágiles pateras han sido tragados por el mar.

Pero un rasgo que puede considerarse, desde mi punto de vista, eje transversal de estos años de pontificado, ha sido mostrarnos a Jesús, el Señor, como centro de la vida cristiana desde su dimensión de perdón y liberación, de acogida a todas las personas sin exclusión, con esa mirada hacia los más pobres y desfavorecidos de la vida.

Y una invitación a vivir en esas claves como una opción que se va haciendo en discernimiento, en búsqueda desde la oración y que no puede dejar de traducirse en un compromiso que abraza a los demás como hermanos y hermanas,

Es desde ahí que vas abriendo espacios en una iglesia más inclusiva, más igualitaria; has ido dando pasos que pueden parecer tímidos para lo que necesitamos -¡es muy lento el proceso!- pero considero que son significativos por lo que suponen de cambio y de puerta abierta para continuar ese camino. Nos duele no tener una única mesa en el banquete eucarístico donde no haya sillas vacías, en la que quepamos todas las personas; sufrimos con colectivos humanos en los márgenes, sin una acogida abierta. Te agradecemos mucho estos intentos y confiamos en poder continuar este proceso. No estás solo en el intento.

Y no podemos olvidar este último tiempo asolado por la pandemia del Covid-19. Imposible borrar de la retina tus pasos firmes en soledad, bajo la lluvia, en aquel atardecer del 27 de Marzo, orando en una Plaza de San Pedro totalmente vacía, como queriendo abrazar la humanidad doliente a los pies del Cristo de San Marcelo que salvó a Roma de la peste. Sentimos tu presencia en nuestras casas, en cada rincón, porque tu deseo era comunicarnos tu proximidad en esa hora de dolor para la humanidad.

Y sin que esta pandemia parezca remitir, has hecho otro viaje, bien valiente y arriesgado, a Irak y nos has dejado imágenes y palabras que vuelven a poner a Dios en el centro de la vida y de la historia, pero en diálogo interreligioso como en su momento lo hiciste en Asís y en otras ocasiones. Porque ser cristiano no nos da derecho a imponer a nadie nuestras propias creencias sino a respetar las de otras culturas sin cerrarnos al diálogo que enriquece.

Deseo felicitarte por estos 8 años de tu vida que nos has regalado como obispo de Roma, como líder espiritual que inspira abriendo caminos de futuro, manteniendo el sueño de la utopía para hacer del mundo una realidad más parecida a los sueños de Dios.

Y agradecerte tu entrega y dedicación incansable, pero permíteme decirte una cosa: cuídate para que puedas seguir cuidándonos. Estamos necesitados de tu espíritu soñador, de tu impulso hecho de gestos y signos que animan y estimulan, de palabras que se entienden tan bien porque llegan al corazón.

Seguimos rezando por ti cada día como nos pides; y por favor, no pierdas esa alegría y sentido del humor que tanto suavizan los problemas de la vida.

Un abrazo grande de tu hermana,

María Luisa Berzosa fi 

 

Con imágenes e información de religiondigital.org