Compartimos una entrevista publicada en Iuventus, revista digital de la Red Juvenil Ignaciana de la Provincia de Centroamérica (RJI-CAM), realizada al P. Cristian Peralta, jesuita de la Provincia de las Antillas y actualmente estudiando en la Universidad Pontificia Comillas, en Madrid, España.

 

De todo lo que el COVID-19 ha significado en el mundo, ¿Qué elementos podemos reflexionar los jóvenes para sacar algún provecho tanto para nuestras vidas como para el bien común?

Hace unos meses me referí al COVID-19 como un “desvelador silente”, pues sigilosamente ha sacado a la luz muchas de las realidades que han sido ignoradas o marginalizadas en nuestros países. Por ejemplo, en algunos países latinoamericanos se hacía mucho énfasis en las conquistas políticas públicas en materia de reducción de la pobreza, la pandemia ha puesto en evidencia la pobreza extrema de millones de personas y la fragilidad económica en que viven muchas familias. También nos ha hecho ver que existe una vulnerabilidad humana compartida, que no hay diferencia de clases para que el virus afecte, pero si en la respuesta sanitaria a los afectados, pues miles de personas no tienen acceso a una atención sanitaria de calidad. Yo creo que la incidencia de este virus nos debe llevar a reflexionar sobre la realidad de pobreza, desigualdad, marginalidad, discriminación y exclusión que viven millones de personas en América Latina. Los jóvenes latinoamericanos, con su fuerza vital, creatividad y sensibilidad, están llamados a unirse para la transformación de la realidad social de sus países. Frente a lo que nos revela el virus, la pasividad no es una opción éticamente aceptable. Creo que los jóvenes pueden ayudarnos a crear sociedades donde los últimos no queden abandonados a su suerte.

 

Ha quedado evidenciado este año cómo la tecnología (lo digital) concebida como medio nos puede ayudar a alcanzar el fin. De pronto Zoom, Google Meet, Microsoft Team, etc., se convirtieron en plataformas digitales a través de las cuales nos reunimos -y lo seguimos haciendo- para celebrar el “misterio de nuestra fe”. ¿Qué le está indicando esto a la Iglesia universal? ¿Cuál es el mayor desafío que enfrenta la Iglesia ante nuestra cultura ampliamente digitalizada y en la cual los jóvenes somos protagonistas?

Así es, la pandemia nos ha lanzado a la digitalización de la pastoral, especialmente con los más jóvenes. Creo que es uno de los elementos positivos de la pandemia, esa invitación que nos ha hecho a la creatividad pastoral y a perder el miedo al uso de la tecnología para ello. Entiendo que puede llevar a una mayor interacción con los jóvenes más allá de las fronteras a las que estábamos acostumbrados. Otro aspecto positivo es que puede animar a muchos jóvenes a proponer el mensaje de los evangelios de forma creativa y eficaz en las redes sociales que muchas veces están plagadas de descalificaciones y violencia. Eso si, hay tres elementos que creo importante cuidar. Primero, debemos cuidarnos de no crear burbujas ideológicas, es decir, las redes sociales tienden a interconectar a personas que piensan igual, hay que cuidar la diversidad de pensamiento para no renunciar a la escucha, al diálogo y al encuentro, pues como Iglesia nos enriquece. Segundo, nuevamente, no olvidarnos de que hay muchos niños, adolescentes y jóvenes que, por sus condiciones de pobreza, no tienen acceso a estos medios, basta con ver la difícil situación para la continuidad de la educación. Nuestras propuestas pastorales no deben olvidar a ese segmento poblacional. Tercero, que la digitalización no nos acomode a tener una mirada del tamaño de la pantalla que tenemos frente a nosotros. Tener mirada amplia y fomentar el pensamiento crítico es hoy contracultural y revolucionario. Que la comodidad de lo digital no nos robe la pasión por el encuentro cercano y abierto con la realidad.

 

Usted trabajó mucho tiempo con las juventudes de República Dominicana. ¿Qué le ha dicho el COVID-19 sobre los mismos jóvenes, sus contextos y procesos? ¿Qué rostros de las juventudes nos ha develado el contexto pandémico?

Ha sido un enorme regalo el trabajar con los jóvenes de República Dominicana, Chile y de España, donde ahora me encuentro estudiando. Si algo he de agradecer a la Compañía de Jesús son las tantas oportunidades que me ha dado de vivir la misión entre los jóvenes. Con la pandemia he visto a muchos jóvenes movilizarse solidariamente hacia los más necesitados, desde ir a comprar los alimentos a los ancianos que viven solos hasta organizar campañas solidarias para familias migrantes. Hay otros que han asumido con responsabilidad el autocuidado como modo de responsabilizarse por otros a su alrededor. Existe en la juventud una chispa de justicia que cuando se encuentra con otros logran formar un fuego transformador. Ciertamente existieron otros modos de manifestar sus inquietudes, pero hoy existe una mayor sensibilidad por el respeto de los derechos y por la protesta creativa que entiendo que tiene una impronta transformadora. También se nos ha revelado el rostro de la precariedad laboral de muchos jóvenes, de otros que no tienen las oportunidades de continuar con sus procesos educativos, de otros que son víctimas de la violencia y la represión o la realidad de abandono, en términos de políticas públicas, de este segmento poblacional. Entiendo que la respuesta a la realidad ha de ser un compromiso sostenido y responsable con las juventudes. Desde la Iglesia colaboramos y podemos profundizar nuestro compromiso.

 

En los últimos años —por así decirlo— la Iglesia ha mostrado un mayor interés por los jóvenes. Evidencia de esto lo es el Sínodo de los Jóvenes (2016), la JMJ celebrada por primera vez en Centroamérica (2019) y la publicación de la Christus Vivit (2019). La Compañía de Jesús ha mostrado también el deseo de acompañar a las juventudes en sus procesos (PAU). ¿Por qué esta opción e interés?

No cabe duda que la Iglesia ha estado reflexionando más sobre los jóvenes en los últimos años. ¡Demos gracias a Dios! La Preferencia Apostólica Universal de la Compañía de Jesús lo expresa claramente: “Acompañar a los jóvenes en la creación de un mundo esperanzador”. Creo que como Iglesia y como Compañía hemos crecido en consciencia de que, sin los jóvenes, esa población fuerte, ágil y creativa, al modo de Jesús, no podemos transformar la realidad del mundo hacia una más parecida al Reino de Dios. Por otra parte, entiendo que ante la enorme cantidad de ofertas a la que se ven invitados los jóvenes, la Iglesia desea brindar un espacio seguro e impregnado de evangelio, para que los jóvenes descubran el deseo de Dios para sus vidas. Ojalá podamos continuar creando espacios abiertos, profundos y comprometidos para que los jóvenes puedan ir descubriendo el modo en que colaborarán para que este mundo sea más justo y humano, para que se vayan apasionando cada día más por Jesús y asuman, con creatividad y alegría, su modo de proceder.

 

¿Qué temas preocupan a los jóvenes y a los cuáles —quienes les acompañamos— debemos ponderar para comprender y comprenderles?

Destacaría tres temas, entre otros muchos, que entiendo preocupan a los jóvenes: identidad, futuro y vínculos. El forjar la propia identidad es uno de los temas que más preocupan a los jóvenes. En una cultura tendente a la fragmentación, fraguar una identidad propia es un desafío mayúsculo para los jóvenes. El futuro puede abrumar ante la incertidumbre y las faltas de oportunidades. En un mundo que exige el éxito inmediato, perseverar en los planes, aprender de los fracasos y navegar en la incertidumbre son herramientas vitales no siempre accesibles para los jóvenes. Por último, los vínculos, el mundo afectivo es uno de los grandes desafíos de los jóvenes de hoy. En una sociedad en que se fomentan las relaciones casuales y se pintan como imposibles los vínculos duraderos, el sentirse amado y respetado, el crear lazos que saquen a la luz lo mejor de cada uno y el sentirse sostenido por otros, resulta un anhelo constante para los jóvenes. Como acompañantes tenemos herramientas que brindar: primero la escucha atenta y sin prejuicios; segundo, el discernimiento como modo indispensable de buscar y hallar aquello que conduce a la vida verdadera; y tercero, colocar a Jesús en el centro a través de la oración, el compromiso solidario con los más necesitados, la vida en comunidad y los sacramentos. Hay muchos otros desafíos y cosas que podemos ofrecer, los jóvenes nos pueden ayudar a descubrirlos, escucharlos es primordial.

 

¿Cuál es el mayor desafío de los jóvenes en medio de la renovación eclesial que lidera -gesto a gesto- el papa Francisco? ¿Qué pueden apoyar ellos a esta renovación?

Yo creo que la respuesta está en la misma clave que nos aporta la pregunta. El anuncio a través de gestos concretos es importante. El Papa Francisco testimonialmente ha insistido en ello. Un modo de vida coherente con la fe que profesamos es sumamente evangelizador. Necesitamos testigos del resucitado que hagan de su vida anuncio del Reino y denuncia de los males que nos corrompen. Siguiendo las insistencias del Papa Francisco, los jóvenes pueden ayudar a renovar a la Iglesia con una fe nutrida con el encuentro cercano y cotidiano con Jesús y con los más necesitados, con una mirada amplia abonada por el discernimiento profundo desde los criterios del evangelio y, por último, con una vida abierta a caminar con otros, dispuesta a mostrarse tal cual es y a impregnar de alegría evangélica los espacios donde se encuentra. En definitiva, los jóvenes renuevan la Iglesia cada vez que, apasionados por Jesús, asumen el compromiso de una vida coherente, solidaria e implicada en las causas de la justicia.

 

En Centroamérica estamos en un proceso de discernimiento para constituirnos como una Red Juvenil Ignaciana. ¿Qué le podría aportar la espiritualidad ignaciana a un joven que está autoafirmando su personalidad y pensando en su proyecto de vida?

La espiritualidad ignaciana tiene muchas cualidades con las que puede colaborar con la cultura juvenil actual. Menciono algunas: es una espiritualidad cristocéntrica, que conduce a la profundidad de los procesos humanos y los pone de cara al Dios que nos muestra Jesús: Dios misericordioso, acogedor, atrayente y siempre deseoso de amar hasta el extremo. También es una espiritualidad del discernimiento, abierta a la escucha del Espíritu que habla al corazón de cada persona. Es una espiritualidad que fomenta la libertad, esa que es posibilitadora del amor verdadero. Además, valora el acompañamiento personal y comunitario como herramienta para la búsqueda de la voluntad de Dios. ¡La enorme riqueza que nos brindan los Ejercicios Espirituales! En fin, que la Red Juvenil Ignaciana en Centroamérica tiene mucho que aportar a los jóvenes y a la Iglesia en general desde su identidad.

 

¿Cuál ha sido el momento más divertido que ha vivido con los jóvenes?

Bueno, acompañar a los jóvenes es una sorpresa constante y fuente inagotable de anécdotas graciosas. Son muchas, desde caídas estrepitosas en medio de la montaña, hasta confusión de palabras en medio de una charla o de una homilía. Aprovecho para denunciar al mundo que he sido una víctima constante de bullying por mi calvicie, es algo injusto, ¡si he perdido el pelo es por la enorme paciencia que he tenido con los jóvenes! jajajaja

 

¿Qué le gustaría decirle a los jóvenes de la Provincia Jesuita de Centroamérica?

Lo primero es agradecerles por mantener viva la estela de tantas generaciones que han sembrando la semilla del Reino en Centroamérica. Ustedes tienen grandes testigos del evangelio en su historia y en su presente, algunos de ellos hasta el martirio. Luego, repetir algo que ha salido en las preguntas anteriores: no tengan miedo de apasionarse por Jesucristo, de dejar que impregne todas las dimensiones de su vida, que les movilice internamente a un mayor compromiso con Él, con los demás y con la creación. Tampoco tengan miedo a ser creativos y alegres, al contrario, sean audaces en sus propuestas desde dentro de la Iglesia y, por favor, tengan paciencia con los que ponen trabas, perseveren. Nunca renuncien a caminar junto a otros, pues ese es un modo de mostrar que otro mundo es posible. Por último, no dejen de preguntar al Señor cual es su deseo particular para sus vidas, les aseguro que sus propuestas para cada uno son camino seguro de plenitud. ¡Muchas gracias!

 

Fuente: MAG+S 2019