El P. Jorge Cela , SJ nos regala con su pensamiento un mapa tangible de la realidad eclesial.

 

Dicen que el diablo inventó el corona virus para cerrar las iglesias, pero Dios viralizó las misas por las redes sociales. Pero se equivocan ambos. Ni Dios está encerrado en las iglesias, ni la fe de la gente se promociona como la pasta de dientes o la cerveza.

La experiencia de Dios de una comunidad que se reúne a celebrar la Eucaristía o la Palabra, no se sustituye por el espectáculo que se contempla comiendo rositas de maíz o maní tostado desde un cómodo sillón.

Ojalá que no nos acostumbremos a orar con una comunidad virtual a un dios virtual. Para nosotros los cristianos está claro que Cristo dijo que donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allá estoy yo en medio de ellos. Por eso es siempre celebración de un pueblo que camina unido hacia la libertad. Las redes son un instrumento para vivir de nuevas formas esta realidad, no para sustituirla por actitudes de espectador pasivo, que guarda distancia afectiva.

Tenemos que mirar la “nueva situación” como un kairós, una oportunidad para entrar en la conversión pastoral que nos piden el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium y los obispos cubanos en el Plan Pastoral. Para pasar de una Iglesia de masas a una Iglesia de pequeñas comunidades, en las que respetando protocolos y evitando multitudes, celebremos la Palabra y fomentemos la fraternidad. Convirtamos nuestras parroquias en comunidades de comunidades, hagamos pequeñas comunidades juveniles, fomentemos pequeños grupos de sociedad civil con espíritu fraternal y compromiso por el medio ambiente y la justicia y reconciliación.

¿Por qué no sacar una reflexión guía para esas comunidades a través de las redes una vez al mes que les dé unidad de espíritu desde la espiritualidad ignaciana? Pasemos de una iglesia clerical, centralizadora y autoritaria, a comunidades laicales, horizontales y fraternas, creando estructuras en equipos, desarrollando habilidades para el trabajo compartido y la colaboración en red, fomentando una espiritualidad de colaboradores en la misión de Cristo, ofreciendo Ejercicios completos en 4 o 5 tandas de fin de semana, formando acompañantes y acompañando Ejercicios en la vida cotidiana, y promoviendo la oración diaria a través de whatsapp. Hasta llegar, así, a una iglesia sinodal, que aprenda a dar participación en el discernimiento y a abrirse a la misericordia, para que quepan todos.

Convirtamos nuestras casas en centros de irradiación de este nuevo estilo de ser iglesia; hagamos liturgias abiertas y significativas que celebren la vida en comunidad y la iluminen, con ofertas de formación en espiritualidad para vivir el momento presente, con oportunidades de voluntariado para la formación y acompañamiento a envejecientes, jóvenes, mujeres, con centros de reflexión que nos ayuden a entender la realidad desde el Evangelio, con iniciativas sociales que abran nuevos caminos.

¿Con qué recursos haremos esto? Con los que tenemos: la gente de buena voluntad que se acerque, seleccionando y formando bien al liderazgo de estos procesos. La iglesia que tenemos nació de doce apóstoles, varios analfabetos, con grandes debilidades de formación y temperamento, con pocos recursos económicos. Creció en pequeñas comunidades en medio de un mundo pagano, con poca gente formada, sin templos ni sacerdotes permanentes.

Pero con una fuerza espiritual, nacida de la resurrección, que los unía y enviaba. Desde nuestra debilidad y pequeñez, como nos ha obligado a aceptar la situación creada por la historia reciente y la pandemia. Sin tenerle miedo a la pequeñez de lo germinal. Como grano de mostaza, que despunta como frágil ramita verde que anuncia la esperanza del arbusto que será. Dejemos que el Espíritu sople cómo y hacia dónde quiera.


Por: P. Jorge Cela, SJ, coordinador de la Red de Centros Loyola en Cuba.

Tomado del boletín, InfoSJCuba- Octubre