La coyuntura actual de la emigración no podría ser más compleja. Caravanas de emigrantes de Venezuela, Colombia y Centro América y Haití, como nunca se había visto. Todos tratando de atravesar por el peligrosísimo Darién, con razón llamado “el tapón”, diseñado desde antiguo como un obstáculo para el paso entre Colombia y Panamá.

La palabra clave para definir la actuación de los gobiernos es “contención”. Sea dejando pasar por las fronteras para buscar el agotamiento de los emigrantes en su largo camino, sea dispersándolos para hacer más difícil su avance.

México se manifiesta más dolorosamente como la frontera alargada de los Estados Unidos. Los emigrantes van aprendiendo que han de mostrarse como personas en busca de asilo, más que como viajeros con necesidades económicas apremiantes. Así, el gobierno mexicano no los está deportando. Puede otorgar permisos temporales, o visas humanitarias para alargar el viacrucis. Los procedimientos para conseguir asilo en Estados Unidos se han convertido en un laberinto burocrático que acaba en un filtro denso para solo dejar pasar a unos cuantos emigrantes, hombres o mujeres.

Las medidas de contención no satisfacen a los grupos de ultraderecha de los Estados Unidos. En Texas se conforma el temible Ejército de Dios, apoyado por contingentes de Florida y de Alabama, en acción armada directa con el beneplácito de sus gobernadores y del precandidato a la Presidencia Donald Trump. Sigue ondeando la bandera antiinmigrante de los partidarios del expresidente de pelo pintado.

La realidad de esta coyuntura de la emigración fue analizada con detalle en la Asamblea de la Red Jesuita con Migrantes, desarrollada los días 30 y 31 de enero de este año en el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro, en Ciudad de México. 

El Albergue para Migrantes de Tierra Blanca, Veracruz, a cargo de Dolores Palencia, como el de Tapachula en la frontera con Guatemala y el de Iniciativa Kino en la Frontera entre Nogales y Arizona dieron cuenta de las oleadas de emigrantes centroamericanos y caribeños. Ellos recurren a ser multitud para no ser detenidos por las fuerzas de la Guardia Nacional Mexicana y los empleados del Instituto de Migración. La Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) apenas tiene dos oficinas en el sur de México, desentendidas de su mandato.

El lado hipócrita de siempre en la política inmigratoria estadounidense es que la vida de los restaurantes, tiendas chinas, marketas, carwhash y sobre todo cosechas de los frutos de la agricultura industrial sería la muerte sin el trabajo de los latinos. Los inmigrantes de México sin papeles suman más de once millones, según datos oficiales. Muchos más, teniendo en cuenta que no hay registro de su estancia. Pensemos en los Ecuatorianos de Cuenca que pueblan el barrio de Corona en Queens, Nueva york. Son los invisibles indispensables. Son los eternos establecidos del otro lado sin protección de la ley. Los perpetuos amenazados por la ICE, la institución que amplió a todo el país la zona vigilada por la Boorder Patrol. Ellos no pueden regresar a visitar libremente a sus familias sin enfrentar otro éxodo con el costo de once mil dólares y peligro de ser detenidos.

Otro hecho poco analizado es el de la indigenización del trabajo agrícola. Ya lo había advertido el investigador californiano Johnatan Fox a principios del siglo. Los cortadores de manzana y cereza en el estado de Washington, al sur de Seattle son los mixtecos de Guerrero, los nahuatl de Tlaxcala, norte de Puebla, y de Xilitla y Aztla de Terrazas de la Huasteca Potosina. Allí se juntan con los otomíes de Texcatepec en la sierra norte de Veracruz y los amuzgos de la frontera de Oaxaca y Guerrero.

A los campos del estado de Florida en las cosechas de berries y jitomates van los tzeltales y los tzotziles de Chiapas y los nahuatl de Ilamatlán, Veracruz. Y, desde cuando, los Cachiqueles y los Quichés, de Guatemala. A los viñedos de California acuden los zapotecos de los valles centrales de Oaxaca y los Ayuuk arriba del Istmo de Tehuantepec. En las fábricas de pollos en Raeford, Carolina del Norte se congregan los tepehuas de Chintipán y los otomíes de Otatitlan del municipio de Tlachichilco Veracruz. 

Para las empresas de la agricultura industrial en crecimiento exponencial los jornaleros indígenas son simplemente un recurso entre otros. 

Las Universidades jesuitas Iberoamericana de Puebla y Universidad de Seattle y la misión jesuita en Huayacocotla, México publicaron su investigación sobre de trabajo temporal de los trabajadores indígenas con visa H2A en el valle de Wenatche, Washington. La pesquisa reveló que no hay atención a la salud física y psicoĺogica para los trabajadores. Estos viven en el aislamiento de las huertas. No tienen acceso a vehículos para salir a visitarse. Están expuestos a las enfermedades de la piel y de los pulmones por la cantidad de químicos utilizados en la industria agricola y otros males no publicitados. Ninguna mención existe de parte de las empresas de los peligros de estas substancias tóxicas, ni de la conciencia de los daños colaterales. Asi lo ratifica la  CMFN – Catholic Migrant Farmworker Network que dirige el jesuita Thomas Florek.

La gente de los países del sur se empeña en brincar muros y barreras de burocracia buscando los billetes verdes. No es el sueño americano, invento de la ideología de los supremacistas blancos. Pero sí la manifestación de la desigualdad y del despojo que empuja a la gente a trepar al norte a recuperar parte de lo robado.

La tarea de nosotros los jesuitas, de acuerdo a las preferencias apostólicas universales, es estar junto a estos emigrantes descartados, marginalizados, discriminados, olvidados, obligados a dejar su lugar para preguntarse ¿Cómo cantar a Dios en Tierra Extraña? (Sal. 137)

 

Alfredo Zepeda González S.J. 

Misión jesuita en Huayacocotla, Veracruz, México.