Compartimos el testimonio del P. Luis Javier Sarralde Delgado SJ, quien es Coordinador del Servicio Jesuita Panamazónico (SJPAM) de la CPAL y se encuentra en Leticia, la zona amazónica de Colombia que limita con Brasil y Perú.

 

En el mes de enero de este año 2021 mis superiores, formalmente con sendas cartas, me destinaron a Leticia, a la comunidad Samuel Fritz SJ, como superior, y al Servicio Jesuita Panamazónico - SJPAM como coordinador del mismo. Así, tengo dos jefes, “caciques”, o “curacas” a quienes debo dar cuenta: Roberto Jaramillo SJ por la CPAL y Hermann Rodríguez SJ por la Provincia Colombiana, lo cual, por cierto, no es poco -jejeje-. Igual les sucede acá a mis otros tres compañeros, con sus Provinciales respectivos. Pero como doña Pandemia de Covid siguió con su letal presencia, el gobierno nacional cerró el aeropuerto de Leticia y, por ello, pude llegar con mis corotos a Leticia apenas el 26 de mayo pasado, aunque menos mal con el esquema completo de la vacuna gracias a Dios.

Desde entonces, y con mis compañeros jesuitas de comunidad, he caminado alguna pequeña pero significativa parte de la vastedad de este bello territorio inabarcable desde donde quiera que mires; he conocido poco a poco el talante espiritual innato -si cabe- de los indígenas, especialmente de la etnia tikuna, una de las etnias mayoritarias de los pueblos originarios presentes en la triple frontera. Como otros pueblos originarios, el pueblo tikuna tiene una predisposición a la contemplación que, quieras o no, se impone por la bella exuberancia de la flora, de la fauna, y de la vida que por el agua fluye de diversos afluentes, “bocanas” les llaman acá a las desembocaduras de innumerables quebradas y riachuelos tributarios del gran río, el Amazonas. El agua abunda por todas partes, ya en el aire con los intempestivos aguaceros que descargan nubes voluminosas, ya por tierra en ríos, lagunas, o pantanos; no así el agua potable que es muy escasa. El clima es un tanto bravo, si a la altísima humedad le añades el calor de algunas jornadas unas más que otras; pero comparado con otros lugares, la selva aporta algo de frescura y en ocasiones, corre brisa casi como en el mar.

Ciertamente no soy el primero ni el último pastuso por estas tierras, así lo espero. A finales del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII el padre Juan Lorenzo Lucero SJ, pastuso, con otros jesuitas (entre ellos Samuel Fritz SJ checo) se adentraron más al sur por el Marañón en el actual Perú, partiendo desde Quito. Estos dos seguro que cruzaron en su momento por lo que es hoy Leticia, apenas fundada en 1867. También ha habido seglares como Rafael y Benjamín Larrañaga, pastusos de la dolorosa y triste época de la cauchería de fines del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo pasado, o José María Hernández nariñense de Pupiales, comerciante que se vino a estas tierras, ayudó al ejército colombiano como informante de las posiciones peruanas en la guerra colombo-peruana de 1932-1934, pero que fue descubierto y conducido a Iquitos donde fue fusilado. El estadio de fútbol de Leticia lleva su nombre. Pero dejemos esto de lado. Ojalá tuviésemos más presencias de la Compañía de Jesús por estos lados amazónicos desde Colombia.

Poco a poco me acostumbro a las caídas, a las embarradas, a las resbaladas y hundidas en el barro blando del río, en las riberas de los muelles que son inexistentes. Hasta ahora unas tres veces me he caído, una de ellas, con ambas piernas casi hasta la cintura del pantalón enterrado en el barro que parecía blando, pero era de consistencia real como un flan. Tuve la necesidad de que me vinieran a auxiliar los de una balsa cercana. Al inicio, con gran rabia inicial por quedar todo cochino, embarrado y mojado, pero después de todo, la vida muestra su sentido chistoso de ciertas cosas que le pasan a uno, que no es nada, por ser tan falto de pericia. Siento que el equilibrio para subir o bajar los “muelles” ya no es el mismo como en Barrancabermeja hace 18 años, aunque por el clima selvático -de sauna gratis- haya enflaquecido. Me he encomendado a mis “santos ángeles” protectores (Mono Vargas, Padre Arrupe, Javier Osuna, mis abuelos, en fin).

La gastronomía amazónica es un capítulo de especial mención. Frutas como el arazá, el asaí, el aguaje, el cupuazú o copoazú, etc., son una maravilla deliciosa para hacer jugos o helados, ¡¡¡hmmm!!! O la variedad fantástica de peces del río: pirarucú, gamitana, tucunaré, amarillo, pintadillo, etc., en diversas presentaciones: caldo, mazamorra, frito, en patarashca (asado a la brasa en hoja de plátano o bijao). Y la infaltable fariña (harina de yuca) que es, así como el arroz en el interior, el acompañante de todo plato amazónico que se respete. Hay por acá, aunque no tan abundante, qué curioso, chigüiro (le llaman capibara), pero ganado mayor no tanto (excepto búfalos de algún rico quién sí sabe cómo) porque la humedad de la selva pudre el casco del ganado. La carne es importada del interior. El pollo lo traen congelado de Brasil en gran cantidad.

Al comparar el duro trabajo para vivir que tiene la gente, no puedo quejarme de nada. La vida de los lugareños, sencilla y serena, es abnegada y heroica. Las distancias que por el río deben recorrer para trasladarse son enormes y de gran costo. O los caminos por trochas. El río Amazonas impone su ritmo a los pobladores. Una cosa es cuando el río va crecido, meses de diciembre a junio, y otra cuando el río va bajo de nivel del agua, meses de julio a noviembre. Con el río crecido se facilita el transporte, pues todo bote pequeño puede casi llegar hasta los caseríos más apartados, pero pescar es más difícil. Pero con el río bajo, son grandes las distancias para caminar a pie, con carga al hombro, los motores fuera de borda que pesan bastante, o las remesas, el mercado, o trasladar un paciente. Con lluvia, o con sol inclementes, la cosa es aún más dura, aunque pescar se facilita más. Solo por esta influencia del río sobre la vida, nuestros hermanos y hermanas de la Amazonía son héroes que merecen todo respeto. Y este Santo Pueblo Fiel de Dios no se ha hecho de la noche a la mañana. Porta consigo la gran tradición y sabiduría de su cultura, el conocimiento y experiencia ancestrales, acumulado de generaciones de sabedores, de los mayores, de los abuelos cuya palabra es muy importante. También me ha llamado mucho la atención cómo en algunas comunidades han combatido el Covid con remedios y medicinas tradicionales comprobados y verificados a su manera, desde sus síntomas iniciales, o en otros casos con cierta gravedad: Dios sea bendito. Ojalá esas recetas y fórmulas de hierbas y frutos, de raíces y ajo, cebolla cabezona y limón, no se pierdan.

Si Toñito Silva escribió su novela Colegialas en la Selva, este escrito es tan solo un mini ensayo para Doctores en la Selva (contando al Dr. Luis Alfonso Castellanos SJ en La Macarena, que ni es tan selva, ni amazónica jajaja). Todavía no entiendo del todo el gran conglomerado de la Red Eclesial PanAmazónica - REPAM y sus derivaciones en diversos frentes y siglas conexas; también me falta aún conocer más en vivo y en directo rostros y personas, pues lo virtual a lo que nos obliga el Covid, acá no es tan fácil por la conexión de internet muy frágil en estas latitudes y, también, porque no me gusta verme largo tiempo ante una pantalla repleta de nombres, casi todos con fondo oscuro, como si estuviese delante de un cenizario virtual. Ojalá la pandemia pase pronto, y con ella tanta “virtualitis” o “virtualisemia”, y podamos estrechar de nuevo los lazos de los encuentros y de las visitas presenciales que, a mi sentir, son insustituibles.

Un abrazo grande como el Amazonas.

P. Luis Javier Sarralde Delgado, SJ
Comunidad Samuel Fritz en Leticia (Colombia)

 

Imágenes e información Revista Jesuitas Colombia - Octubre 2021