En el presente artículo se pretende dar cuenta de un acervo de conocimientos vividos y profundos de la Red de Mujeres del lavkenmapu [1] de la Comuna de Tirua, al sur de Chile, para mostrar cómo desde las resistencias cotidianas encarnan alternativas al modelo extractivista impuesto desde el Estado de Chile. El pueblo mapuche y las familias campesinas que habitan la provincia de Arauco llevan 60 años siendo acosadas, acorraladas y despojadas de sus tierras para favorecer al duopolio forestal que ya cuenta con 3 millones de hectáreas densamente plantadas con monocultivo de árboles, pino y eucaliptus, para la exportación de celulosa.

La red de mujeres del lavkenmapu de Tirúa evidencia que la recuperación de tierras no es solo por el pedazo de tierras, sino que también es una recuperación cultural, es de conocimiento, y es desde este ámbito donde han ido centrando sus aportes, desde la cultura que son y que se han atrevido de forma colectiva a revalorar. En ese proceso es que han ido recuperando y re-despertando el vínculo afectivo con el bosque, recuperando y haciendo memorias, re-diseñando la economía familiar, y poniendo la alerta en que el agua está escaseando y que hay que tomar medidas urgentes porque si no hay agua, no hay vida. Logran dimensionar que están haciendo un gran aporte en la defensa del agua, son las guardianas del agua en territorio lavkenche, y muestran una gran capacidad de aprender y de integrar nuevos conocimientos para lograr sus objetivos.

Esta lógica integradora, es clave. Desde ella, son capaces de ver a quienes plantaron pinos y eucaliptus en sus territorios no como traidores, amigo o enemigo en las coordenadas del discurso hegemónico, sino como personas que se dejaron engañar: son sus padres, sus maridos, el vecino, el pariente, que cayeron en el juego porque la confianza en las nociones propias estaban débiles, era mucho el abandono y la necesidad. Por lo tanto, para revertir la situación no hay que sacar a esas personas de la comunidad, sino fortalecer la cosmovisión, preservar la abundancia que regala el territorio para los que son y para las y los que vienen. Del mismo modo, no hay un discurso frontal contra los hombres, entienden que no es necesario, que sería colonizante hacerlo, y desde ahí, es que se alejan de los feminismos blancos u occidentales y focalizan todo su newen en cuidar el estar juntas, en caerse bien, en buscar razones para continuar, en encontrarse en espacios para trabajar colectivamente y mejorar las condiciones de vida de todos quienes habitan el territorio, más con la pandemia global que nos aqueja. Hay confianza en que esta construcción es la que vaciará de sentido, al menos en los espacios de la Red y en los que logren ir transmitiendo su vivencia, de los planes de expansión del modelo forestal que amenaza de forma crítica.

La propuesta de la Red supone recuperar el vínculo indisoluble del che (persona) con la mapu (tierra) por eso los huertos familiares, los viveros para hacer plantas, todo gira en torno a la tierra y su abundancia, no quieren recuperar la tierra y el agua para seguir los cantos de sirena del mercado y plantar más pinos y eucaliptus, sino para reforestar con árboles nativos, con plantas de cualquier tipo, de manera de ir recuperando una vieja/nueva relación con la naturaleza y los demás seres que la habitamos. Como se aprecia, es otro modo de confrontar el avance y la profundización del modelo, desde abajo, desde la tierra.

Evidentemente la apuesta que subyace al trabajo de la Red, es una apuesta distinta, no le disputa terreno a las forestales porque se desarrolla desde otro paradigma. Desdeña el paradigma económico capitalista, o al menos va avanzando en esa intuición, reivindica el vínculo como matriz estructurante, no la idea, ni menos el número; valora el iltrofill mongen (biodiversidad) y lo propaga, no quiere pinos y eucaliptus uniformados, todos de la misma edad, con el mismo traje y con el mismo destino mercantil, sino que procura reivindicar el bosque biodiverso, con miles de colores, sonidos, olores, historias, funciones, seres. Porque esos son los bosques que están plasmados en sus memorias, bosques completamente posibles si se atreven a trabajar valorando y nutriendo sus propias diversidades, su riquísima unicidad que se potencia y se significa en el trabajo colectivo diverso.

Es fácil ceder a la tentación de encasillar críticamente el trabajo se la Red en lo que las posturas feministas denominan “las labores de cuidado”, dando cuenta de que la emancipación que están logrando las mujeres no les permite desmarcarse de lo que el capitalismo les obligó. Sin embargo, esto sería un error interpretativo. Las mujeres develan los cuidados como una apuesta amorosa, reformadora de vínculos, la Ñuque Mapu cuida a los suyos, por eso hay comida, agua, vida, quien no cuida no está comprendiendo lo que dice la tierra. Es por ello que permanentemente la Red brega por que el motor de sus planificaciones, de sus estrategias, de la superación de las vicisitudes, sea el cuidado, cuestión que es eminentemente colectiva. Es verdad que el paradigma occidental ha relegado a las mujeres a las labores de cuidado, que estamos tremendamente sobrecargadas, más en la pandemia, que la reproducción social debería estar sostenida por todas y todos, y es necesario mantener una postura alerta al respecto, para no naturalizar cuestiones que son culturales. Sin embargo, también es importante, a la luz de la experiencia de la Red, dimensionar la enorme potencia que esto trae consigo. Tantos siglos de cuidado constituyen un acervo que requiere ser compartido ahora que estamos en una situación crítica donde el extractivismo impone la muerte. Pensar las labores de cuidado desdeñosamente es perpetuar aún más la invisibilización de la mujer. Esta comprensión impone además el desafío de ampliar la concepción de las resistencias, tanto en el mundo mapuche como no mapuche. Reconocer las resistencias bioculturales reposiciona la apuesta amorosa de los procesos de recuperación de tierra, invita a hablar desde el Kume mongen (Buen Vivir) no solo desde el conflicto. Se reivindica el vínculo en medio de una cultura individualista en profunda crisis. Es decir, diversificar la expresión de las resistencias no solo constituye un acto de justicia imprescindible, sino que revivificaría las demandas del pueblo mapuche en términos de la cosmovisión, y re enmarcaría el hacer de cientos de mujeres que mantienen viva la conexión con la Ñuque (Madre), muchas veces solo “porque les nace”, “porque así hay que hacerlo”, pero sosteniendo desde esa simpleza, aun ardiendo el fuego de la cocina.

Verónica González Correa
Antropóloga, parte del equipo del Observatorio Latinoamericano

de Conflictos Ambientales (OLCA), trabaja en la Fundación Lican
de los jesuitas de Tirua en temas medioambientales, cuidado de aguas y huertas familiares.

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[1] Red autónoma de mujeres mapuche y no mapuche apoyada por la Municipalidad de Tirua.

 

Información de la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena