Orar y escucharnos en torno a la realidad de nuestros vecinos migrantes nos ha puesto en una relación de solidaridad y preocupación por sus situaciones vitales. El contacto con la vida de los migrantes nos ha mostrado unas negaciones vitales que nos han escandalizado, pero también nos ha revelado posibilidades de construir nuevas alternativas de vida. El sufrimiento de cualquier ser humano, sin importar su condición, nos ha de poner en actitud de discernimiento, buscando la huella de Dios que quiere generar fraternidad y dignidad. El proyecto Arrupe 2020 ha significado una oportunidad comunitaria para esta búsqueda, posibilitando un discernimiento que ha involucrado a jesuitas, benefactores y migrantes.

Ante la pregunta qué hacer, hemos confirmado que tenemos que estar presente como una comunidad fraterna que camina junto al migrante. Una comunidad que se hace parte de sus alegrías y tristezas. Esta confirmación, en parte, ha iluminado el cómo hacerlo. Nuestro acompañamiento ha de ser fraterno que, sin duda, ha de dar alivio a sus carencias socioeconómicas; pero también ha de poner al descubierto sus potencialidades para construir alternativas de vida más humana. Desde esta convicción, y junto a nuestra presencia fraternal, hemos confirmado que tenemos que impulsar iniciativas de emprendimientos productivos que permitan a los migrantes gestionar su proyecto vital con mayor autonomía. Lograr esto, además de ser un desafío, es la clave para un proceso de integración migratorio positivo y favorable.

Como anécdotas vale recordar que, gracias a una donación del Grupo Social San Ignacio de una importante cantidad de BonIce (helados de jugo congelado en barra), se le ofreció a dos migrantes la oportunidad de impulsar un emprendimiento. Así mismo, recordamos a la familia Tarazona quien generosamente ofreció a una madre migrante la posibilidad de vender flores (claveles) y tapabocas. Valorar los frutos de estas experiencias nos permitió dimensionar el desafío que significa acompañar y propiciar proyectos productivos. Estas experiencias nos ayudaron a comprender que las iniciativas emprendedoras son posibles, pero exigen un estudio, una preparación y un acompañamiento que se ajuste a la realidad de cada familia y al contexto económico del sur de Bogotá.

Desde estas experiencias y desafiando un contexto adverso, hemos estructurado un proceso de acompañamiento y formación para emprendedores. Se busca con ello descubrir y construir junto a las y los migrantes alternativas de sostenibilidad. Este proceso de acompañamiento ha de procurar el conocimiento y la identificación del capital humano, la proyección y planificación vital, y el diseño de proyectos en materia de finanzas. Se trata de fundamentar vital y económicamente los emprendimientos, para poder enfrentar juntos los desafíos que suponen.

Para descubrir esto ha sido clave escucharnos, escuchar a los migrantes, escuchar a los benefactores, es decir, escucharnos como comunidad. Esta actitud nos ha permitido aprender de las experiencias de acompañamiento a emprendedores que lleva adelante el JRS-Colombia, y también aprender de las experiencias emprendedoras de los mismos migrantes. Encomendamos al padre San Ignacio y al padre Arrupe estas iniciativas.

Juan Carlos Sierra, SJ

 

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