El 23 de mayo se superaron los 100 mil casos y de ahí en adelante, a cada 12 días de media, los contagios iban sumando 100 mil casos más.

En los diferentes países, la Iglesia ha realizado campañas para providenciar oxígeno, alimentos, materiales de higiene, medicamentos, a cientos de miles de personas, especialmente los más pobres y abandonados.

Es tiempo de amazonizarse, de sensibilizarse, de tomar conciencia de la necesidad de unirnos y levantar la voz para enfrentarse a los villanos que pretenden instaurar el caos.

Si hay una región donde la pandemía del COVID-19 está teniendo las consecuencias más graves es en la Panamazonía. Los números oficiales, recogidos por la Red Eclesial Panamazónica – REPAM, nos dicen que ya se ha superado el millón de contagios y se está llegando a 26 mil fallecidos, unos números escalofriantes, si tenemos en cuenta que estamos hablando de una población de 33 millones de personas. Si se tratase de un país, sería el cuarto con más infectados en todo el mundo y el décimo con más muertes. En el caso de los pueblos indígenas, el último informe semanal habla de 47.623 contagios y 1.556 fallecidos.

El primer informe de la REPAM, elaborado el 17 de marzo, recogía 24 casos confirmados y un fallecido. Podríamos decir que las primeras semanas, visto como ha evolucionado posteriormente la diseminación de la enfermedad, fueron de relativa tranquilidad. El 30 de abril las cifras estaban en 20.471 casos confirmados y 1.257 fallecidos, momento en el que se produjo el despegue definitivo, sobretodo en el número de infectados, pues el 23 de mayo se superaron los 100 mil casos y de ahí en adelante, a cada 12 días de media, los contagios iban sumando 100 mil casos más. De hecho en unos 100 días se pasó de 100 mil a un millón de infectados. En cuanto al número de fallecidos, los meses más duros han sido mayo y junio, con poco más de 6.500 muertes en cada uno de esos dos meses, aunque en lo que no podemos decir que en julio y agosto haya habido un descenso significativo.

Las pandemias forman parte de la historia de la Panamazonía, como momentos trágicos que han ido diezmando a los pueblos originarios en los últimos siglos. Los invasores, siempre ávidos en apropiarse de los recursos de la región, veían los pueblos originarios como un estorbo para sus planes. Eso es algo que hoy se perpetua, inclusive con el apoyo de los diferentes gobiernos, que no solo no cuidan de aquellos que deberían ser ciudadanos de pleno derecho, garantizando políticas públicas elementales de salud, educación y protección, sino que hacen la vista gorda ante los ataques de los dueños del capital, que depredan los recursos, dejando un rastro de muerte y destrucción, ahora también de COVID-19.

En este tiempo de pandemia, esa furia por depredar la Amazonía no solo no ha parado, sino que podemos decir que ha aumentado, siendo una de las principales causas de contagios en los rincones más alejados. Los destructores de la Amazonía no están de cuarentena, incluso se aprovechan del miedo de quien está en cuarentena para arrasar los recursos, secularmente preservados por los pueblos originarios. La minería ilegal, los incendios, la extracción ilegal de madera, son algunos ejemplos de una situación cada vez más trágica y que no tiene visos de solución a corto plazo.

 

 

Nadie puede negar el papel de la Iglesia católica, a lo largo de los últimos meses, para contener los efectos de esta cruel pandemia en la Panamazonía. En primer lugar recogiendo los números oficiales, que muestran la dimensión de la situación, aunque es verdad que el subregistro de los diferentes gobiernos es algo evidente, también denunciando proféticamente el abandono y los ataques a los que se ven sometidos los pueblos amazónicos, con diferentes notas y posicionamientos al respecto, pero sobretodo cuidando de los más pobres con cosas básicas. En los diferentes países, la Iglesia ha realizado campañas para providenciar oxígeno, alimentos, materiales de higiene, medicamentos, a cientos de miles de personas, especialmente los más pobres y abandonados.

Los pueblos amazónicos, sobretodo los indígenas, se han ido organizando a lo largo de los últimos meses para superar esta situación de pandemia, agravada por las amenazas y el abandono de los estados, poniendo de manifiesto un nuevo episodio de resiliencia, actitud siempre presente en aquellos que se han visto obligados a vivir defendiéndose de los ataques históricos. A las múltiples iniciativas locales, que han encontrado un apoyo decidido de la Iglesia católica, aliada de los pueblos originarios, como dejó claro el Sínodo para la Amazonía, se unen iniciativas regionales y mundiales de apoyo y organización popular.

El futuro es preocupante, pues la crisis social y económica que ha generado el COVID-19 es la más grave en décadas, algo que en América Latina se está notando decisivamente, todavía más en la región amazónica, siempre abandonada por los gobiernos de los nueves países que forman parte de la Panamazonía. Se prevé que en Latinoamérica, a finales de 2020, el número de personas en pobreza extrema sea de 96 millones, un aumento de 28 millones con respecto a 2019. Hasta este mes de agosto, la economía latinoamericana ha tenido una recesión del 9,1%, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe – CEPAL, una cuenta que pagan los pobres, pues las arcas de los más ricos han aumentado todavía más en este tiempo de pandemia.

El hecho de haber superado el millón de contagios y ver que el número de muertos no está disminuyendo significativamente, permaneciendo por encima de las 160 muertes por día, es una nueva oportunidad para que el mundo tome conciencia de la importancia de apoyar y defender la Amazonía y a sus pueblos, especialmente en tiempo de pandemia. Es tiempo de amazonizarse, de sensibilizarse, de tomar conciencia de la necesidad de unirnos y levantar la voz para enfrentarse a los villanos que pretenden instaurar el caos.

Por: Luis Miguel Modino, corresponsal en Brasil

Fuente: https://www.religiondigital.org