Le llaman ‘El apóstol o el peregrino de la paz’, pero al sacerdote Francisco de Roux, quien preside la Comisión de la Verdad, sus más cercanos le dicen cariñosamente padre ‘Pacho’, y ese apelativo le sienta de maravilla a este jesuita que renunció a las comodidades, que se transporta en Transmilenio, bicicleta, chalupa o a pie, que siempre llega tarde a los vuelos, se viste de blanco y negro, rara vez usa el cuello romano, y que en Colombia o en Londres, prefiere vivir en los sectores más oprimidos con la gente a la que prometió ayudar desde que era apenas un adolescente.

¿Estamos muy cerca o muy lejos de hallar la verdad en Colombia, tras el conflicto y la firma de la paz?

En Colombia todos tenemos que ponernos en una búsqueda de la verdad, que será un camino muy largo que seguramente nunca terminará, nunca llegaremos a saberla por completo, pero siempre nos podemos acercar más a ella y esta búsqueda tenemos que hacerla con cautela y serenidad; no es una verdad para crear entre nosotros animadversiones y señalamientos, sino para comprender juntos el drama que vivimos por causa de un conflicto armado que se llevó la vida de más de 300.000 colombianos que no estaban en la guerra y que produjo cerca de 9 millones de personas sobrevivientes o de víctimas, familias golpeadas por secuestros, asesinatos, masacres, minas antipersona, falsos positivos. Hay un dolor muy grande en Colombia y esto no puede seguir.

Y ahora que vivimos esta pandemia del coronavirus, que hemos tenido que refugiarnos en nuestras casas, debemos tener presente esa otra pandemia colombiana, millones de víctimas que hemos procurado olvidar, pero esa verdad es muy importante para todos.

Precisamente hay Gente del Pacífico que no ha podido cumplir con el aislamiento por huir de los violentos y siguen asesinando a los líderes sociales. ¿Qué piensa de esa situación?

Que ahora, en medio del coronavirus, se mate a hombres y mujeres líderes en Colombia, es muy doloroso. Y esas cosas continúan, así como los asesinatos de muchachos que estuvieron en las Farc y resolvieron un día dejar las armas y los han matado, ya van 190 asesinados. Así como han matado en estos días a indígenas y líderes campesinos, es una realidad extremadamente dolorosa porque la vida de un líder vale igual que la vida de cualquier persona, pero cuando se pierde un líder la comunidad se destruye. Son personas con mucho coraje, muchas veces sin tener ningún estímulo, pero que tienen la grandeza de no dejar que sus comunidades sean subordinadas o por guerrilleros, o por paramilitares, o por cualquier persona poderosa que quiere aprovecharse de ellos. Le ponen la cara a los violentos, para proteger la grandeza de sus comunidades. Cuando matan a un líder, la comunidad se dispersa, se acaba. Lo triste es que hemos perdido 500 líderes desde que se firmó el acuerdo de paz y miles durante el conflicto colombiano. Y pese a que los matan siguen apareciendo líderes para defender a sus comunidades.

¿Cuál ha sido su mayor desafío desde que preside la Comisión de la Verdad?

Siento un desafío muy grande de poder cumplir con la tarea que nos encomendaron, junto con muchos colombianos, porque estamos tratando de unir los puntos de vista de militares y exguerrilleros, de exparamilitares y ganaderos, de comerciantes y de empresarios, de personas del pueblo, tratando de escucharlos a todos y sobre todo a las víctimas, campesinos, indígenas, comunidades negras. LGTBI, para comprender qué fue lo que nos pasó en el conflicto, pero la tarea es tan grande y los puntos de vista tan distintos, hay tanto dolor, que a veces me pregunto si seremos capaces de darle una respuesta a lo que el país espera. Me siento todos los días confrontado con esa responsabilidad inmensa e invitando a la gente en Colombia a que nos ayude dando sus puntos de vista y sus críticas.

¿Cómo se logra esa resiliencia que tienen tantas víctimas en Colombia?

En la víctima se produce una necesidad muy bella de decir ‘eso es cierto, porque yo lo he vivido’, pero también, como seres humanos, somos capaces de mirarnos a los ojos, de volver a creer en el amor, en la amistad, en la palabra y construir juntos de nuevo. La misma víctima dice con ese entusiasmo y capacidad de resiliencia: ‘luchemos porque la paz es posible’. Muchas de las organizaciones de víctimas hoy en día son las organizaciones de paz.

Su familia y sus amigos se preocupan por las amenazas y las situaciones de peligro que enfrenta, ¿cómo afronta usted este riesgo de vida o muerte?

Eso a mí no me preocupa, y se lo digo con toda franqueza, nunca me ha quitado el sueño, ni me he sentido angustiado por el miedo, yo soy un creyente, estoy convencido que la existencia humana no termina con la muerte, que lo importante es entregar la vida por los demás, con las limitaciones de uno, porque he cometido muchos errores y tengo muchos defectos, pero sé que dar la vida por los demás vale la pena. A veces me dicen los amigos “hombre, usted está prestando un servicio y si no se cuida quién lo hace”, es importante, como decimos en colombiano “No dar papaya”, pero lo bello de la vida es en esta fragilidad y enorme vulnerabilidad nuestra dar lo mejor que tenemos por los demás. Quiero poner el ejemplo de las enfermeras, hoy en día, que son tremendamente vulnerables frente al coronavirus, pero admiramos su grandeza y la de los trabajadores de la salud de estar allí, al lado de los enfermos, cuidándolos, aunque se puedan contagiar. 

Usted proviene de una familia religiosa, cinco tías monjas y dos sacerdotes, ¿pero hubo algún acontecimiento especial que lo hiciera escuchar el llamado de Dios?

Mi primer recuerdo de ese llamado es en plena adolescencia en medio de esa belleza de atardeceres del Valle del Cauca, cerca de Jamundí, en la finca de los abuelos, sentí muy profundamente que en el fondo de todos nosotros hay un misterio de amor muy grande que nos regaló la vida y que nos espera al final del camino y que nos invita a amar generosamente a los demás. Y eso me puso en la búsqueda de un ministerio que lo invita a uno a entregarse cada vez más por amor a los demás, sobre todo por los más frágiles, porque han cometido errores, porque están en la pobreza, enfermos, perseguidos, porque luchan por la justicia, o son excluidos, estigmatizados, porque tienen que sufrir a causa de la codicia y avaricia de los demás. 

Pero sus padres se preocuparon cuando usted manifestó que quería hacer los votos, porque estaba aún muy joven. ¿Qué renuncias tuvo que hacer para dedicarse a servir a Dios? 

Sí, acababa de cumplir 16 años y sentía que tenía que partir en búsqueda de ese misterio de amor de Dios que se marcaba en la entrega de servicio a los demás, que era lo que yo veía que había hecho Jesús, siendo yo casi un niño y sin saber qué iba a significar eso en una vida entera. Fue muy duro para papá y mamá, sobretodo a mamá le causó unos dolores tremendísimos, yo también lo sufrí, porque la primera vez que me dejaron venir a mi casa, un fin de semana, fue cinco años después. Éramos una familia de siete hermanos y una mamá y un papá dedicados a nosotros, llenos de afecto, amor, confianza colectiva, apoyo, todo eso lo perdí de un arrancón. Para mí la búsqueda de Dios no ha sido tan simple y la fe no ha sido un camino de seguridad sino de preguntas, pero siempre he tenido la convicción de una llamada profunda que me dice: “hay que continuar”.

Recibe el llamado de Dios en la adolescencia. ¿Dejó corazones rotos? 

Cuando entré a los 16 años no. Pero a lo largo de la vida debí enfrentar la decisión de vivir con seriedad la renuncia al amor de una mujer, que es algo tan bello. Eso ha sido para mí una gran tarea, porque me he encontrado mujeres muy bellas, amigas todas del alma.

Confiese sus defectos...

Tengo muchos, si me toca hacer una confesión pública no cabría en este diario. Ser terco y confiado son los más chiquitos. Debo confesar que me falta comprender a las personas en lo que están sufriendo, dejarme impactar por la situación de las víctimas y no por el qué dirán y tener la libertad y el coraje para defenderlas.

 

Fuente: El País Colombia