Compartimos un texto de Javier Giraldo, S.J. sobre la vida de Alonso de Sandoval, S.J. quien vivió en Perú y en Colombia, y se dedicó a la evangelización de los esclavos que fueron transportados de manera forzada a Cartagena de Indias.

 

El Padre Alonso De Sandoval fue un sacerdote jesuita que vivió en Cartagena, Colombia, la mayor parte de su vida religiosa, entre 1605 y1652. Había nacido en Sevilla, España, el 7 de diciembre de 1576, cuando sus padres, Tristán Sánchez y Beatriz de Aguilera, se preparaban para trasladarse al Perú, donde su padre se desempeñaría como Contador de la Real Hacienda de Lima. Se educó en Lima, en el Colegio San Martín de los Jesuitas, orden a la cual ingresó el 30 de julio de 1593. Una vez ordenado sacerdote y concluidos sus estudios, fue enviado a Cartagena de Indias en 1605, a sus 28 años de edad, de donde se ausentó solo por muy breves períodos. Su trabajo se centró en la atención humana y pastoral a los esclavos negros que llegaban a Cartagena para ser vendidos, en armazones inhumanos procedentes del África. Fue él quien motivó al también Jesuita Pedro Claver a dedicar su vida al servicio de los esclavos negros y lo introdujo y entrenó en ese servicio.

Llegado a Cartagena, Sandoval se integró a la comunidad del colegio de la Compañía de Jesús fundado el año anterior (1604), el cual sobrevivía en precarias condiciones económicas y su sostenimiento le implicaba a Sandoval mendigar aportes de la población de casa en casa.

En 1606, en un viaje lleno de incomodidades y riesgos, Sandoval acompañó al Viceprovincial de los Jesuitas, P. Diego de Torres, a la región de Urabá, donde querían entrar en contacto con los indígenas de esa región cercana: los indios Urabáes, conocer sus costumbres y tradiciones y proyectar posibles zonas de misión para la Compañía de Jesús. Sus contactos para entrar a Urabá fueron dos caciques de la zona llegados a Cartagena, quienes les advirtieron que los indígenas tenían gran deseo de hacerse cristianos pero exigían que los misioneros no fueran acompañados de encomenderos ni de soldados, pues éstos para ellos eran la encarnación del demonio, por el trato que daban a la gente, condiciones que los jesuitas aceptaron de muy buen grado. Sandoval escribió una crónica sobre dicha visita y la envió al Provincial del Perú, copia de la cual se conserva en manuscrito en Roma, fechada el 8 de diciembre de 1606. Allí narra su empatía con los indígenas; las transmisión del mensaje cristiano en forma precaria por no manejar su lengua; los numerosos bautismos hechos en una semana de misión; la construcción de una capilla rústica en el poblado visitado que se llamaba Damaquiel1 ; el interés profundo por comprender la cultura étnica de la cual transmite muchos elementos concretos, así como informaciones sobre las diversas tribus pobladoras de la región, sin omitir los sentimientos de tristeza de los indios y de los misioneros en el momento de la despedida.

Según lo afirma en un párrafo de su crónica sobre la misión en Urabá, Sandoval ya para ese entonces tenía una dedicación prioritaria a los negros e indios de Cartagena: “a mí me ha cabido, para gran dicha y bienaventuranza mía, ser padre de todos los negros e indios de toda esta ciudad y sus estancias, que sólo los de las estancias son cinco mil; gente toda la más necesitada que se pueda pensar. Plega a Nuestro Señor que yo acierte en negocio de tanto servicio suyo, como deseo”.

En 1607 Sandoval realizó otra misión de 20 días a Santa Marta junto con el Padre Juan Antonio Santander, y poco después, otra a la zona minera de Antioquia: Cáceres, Remedios y Zaragoza, en compañía del rector del colegio de Cartagena, P. Francisco Perlín. En Zaragoza ambos cayeron enfermos y Sandoval dado por muerto en un momento. Años después, el P. Perlín se lo recordaba en una carta, en la cual da testimonio del aprecio que sentía por el trabajo de Sandoval con los negros: “diversas veces ofrecí mi vida al Señor por la de V.R. , porque me llegaba al alma que tal sementera y mies se quedasen sin obrero (<) De manera, Padre mío, que si V.R. vive ahora, vive, de esto esté cierto, a título de negros. Esto digo porque por ningún caso deje V.R. este ministerio, que ha de ser honra de la Compañía y corona de V.R.”.

A Sandoval ciertamente le conmocionó el alma y le hipotecó su vida entera la situación horrenda de los esclavos negros. Su primer objetivo al abordarlos era asegurar su “salvación eterna”, mediada o significada por el bautismo, pues esa era la teología de la época en la cual fue formado. Una vez atracaba algún barco negrero en el puerto de Cartagena, Alonso se apresuraba a convocar a los diversos intérpretes de lenguas africanas que él había ido preparando, para que le ayudaran a entrar en comunicación con los esclavos, traídos como vil mercancía de diversos países y etnias, transmitiéndoles un elemental catecismo cristiano que suscitara en ellos algún deseo de recibir el bautismo, asumido con una mínima consciencia, la cual debía desarrollarse posteriormente en programas de catequesis más amplios. Pero abordar a los esclavos en las condiciones aterradoras en que llegaban, implicaba, como primera medida, darles una acogida humana y terapéutica. Canastas de frutas y panes, mantas y sábanas, remedios para las fiebres o aceites para las heridas, constituían el primer abordaje, el cual exigía sobreponerse a los olores nauseabundos producidos por meses de cautiverio cruel en los barcos “armazones”, en que llegaban hacinados y encadenados y carentes de elemental higiene, y no pocas veces heridas o tumores supurantes y acumulación de excrementos.

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