En la 4ª Semana de Resurrección, la Liturgia nos invita a profundizar en la personalidad del pastor bueno, del amigo bueno, del consejero bueno, es decir, el hombre y mujer que son buenos.

Un poco antes de este pasaje bíblico sobre el Buen Pastor (Jn. 10, 11-18), Jesús nos ha dicho: “Yo he venido para dar la vida a todos y para que la tengan en abundancia (Jn. 10,10). Y es que Jesús está decidido a promover aquellas dinámicas humanas que generan vida.

En forma muy directa y con unas expresiones bien precisas, el evangelio del Buen Pastor describe la actitud del hombre y mujer que son buenos. Estas frases son: “da su vida”, “no huye ante el peligro o reto”, “le importan las ovejas”, “las conoce y es conocido”, “llama a los que no son de su círculo y lo escuchan”.

"Dar la vida”, es el modo de actuación del que lleva vida dentro, de quien tiene generosidad. Quien tiene el alma llena de generosidad es capaz de gastarse y arriesgarse por los demás, incluso hasta la muerte. Ni siquiera le importa si le piden o no esta generosidad suya. La da sin más.

“No huye”, ni escurre el bulto, es la actitud propia de quien se fía de Dios. El que no huye, muchas veces parece temerario. Pero, qué grande el hombre o la mujer que afrontan los retos o problemas, que dan la cara, y cuánto más por aquellas personas indefensas o que nadie está dispuesto a apostar por ellas. Qué grande la persona que afronta la dificultad con grandeza de corazón.

“Le importan las personas”, es el modo como actúa quien ha experimentado amor ¿Qué significa esto de que la gente me importe? ¿Será tan sólo el convencionalismo del debido saludo, del acercamiento rutinario, del respeto dispensado por formalidad? De ninguna manera. Me importa la gente, cuando me ubico en la realidad propia del otro, si lo reconozco, porque sólo así podré reconocerme a mí mismo.

“Conocer y ser conocido”, es la actitud del que se hace hermano, amigo y ofrece confianza desinteresadamente. Conocer y ser conocido es apertura, mostrándose sin ropajes ni fachadas. Conocer y ser conocido es lo que abre al encuentro, evitando que las diferencias creen barreras o separen, sino que permitan una mayor posibilidad de aproximación fraterna y fecunda. Para conocer y ser conocido hay que salir de sí mismo.

“Llama a los que no son de su círculo y lo escuchan”, es la actitud del que vive con autenticidad. Comunicarse con los que no son del propio círculo de pertenencia requiere la humildad de reconocerse un ser de necesidades y necesitado de los demás. Reunirse, compartir, estar a gusto con los que son de los míos, es muy bueno y necesario. Pero cuando me encuentro y me atrevo a vivir junto a los que me son ajenos, distantes o adversos, es cuando se despliega la gracia, logrando que la capacidad de comunicación y escucha adquiera un gran alcance.

Que el Resucitado nos enseñe a dar la propia vida sin preguntar en beneficio de quién la damos, sino que sea la pura respuesta generosa de quien se sabe pecador perdonado y amado por el pastor de la vida que es Jesús, nuestro Señor.

Por: P. Gustavo Albarrán, SJ

 

Sean Buenos

 Sean buenos: El cristiano y la cristiana debe ser ciertamente el hombre y la mujer de la santidad, de la fe, de la esperanza, de la alegría, de la palabra, del silencio, del dolor. Pero debe, sobre todo, ser bueno: debe ser el hombre y la mujer del amor… Buenos en su rostro, que deberá ser distendido, sereno y sonriente; buenos en su mirada, una mirada que primero sorprende y luego atrae. Buena, divinamente buena, fue siempre la mirada de Jesús… Buenos en su forma de escuchar. De este modo experimentarán, una y otra vez, la paciencia, el amor, la atención y la aceptación de eventuales llamadas.

Sean buenos en sus manos: Manos que dan, que ayudan, que enjugan las lágrimas, que estrechan la mano del pobre y del enfermo para infundir valor, que abrazan al adversario y le inducen al acuerdo, que escriben una hermosa carta a quien sufre, sobre todo si sufre por nuestra culpa; manos que saben pedir con humildad para uno mismo y para quienes lo necesitan, que saben servir a los enfermos, que saben hacer los trabajos más humildes. Buenos en el hablar y en el juzgar. Si son jóvenes, sean buenos con los ancianos y, si son ancianos, sean buenos con los jóvenes.

Sean contemplativos en la acción: Mirando a Jesús -para ser "imagen de Él"- sean, en este mundo y en esta Iglesia, contemplativos en la acción; transformen su actividad ministerial en un medio de unión con Dios. Estén siempre abiertos y atentos a cualquier gesto de Dios Padre y de todos sus hijos, que son hermanos nuestros.

Sean santos: El santo encuentra mil formas, … para llegar a tiempo allá donde la necesidad es urgente; el santo es audaz, ingenioso y moderno; el santo no espera a que vengan de lo alto las disposiciones y las innovaciones; el santo supera los obstáculos y, si es necesario, quema las viejas estructuras superándolas… Pero siempre con el amor de Dios y en la absoluta fidelidad a la Iglesia a la que servimos humildemente porque la amamos apasionadamente.

(Cf. Pedro Arrupe)