Hace 100 años, el 15 de agosto de 1917, nació en Ciudad Barrios, en El Salvador, el segundo de ocho hermanos que se convertiría en un Arzobispo reconocido por su lucha por los derechos humanos y la justicia social. El Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez fue arzobispo de San Salvador desde 1977 hasta el 24 de marzo de 1980, fecha en que lo asesinaron mientras oficiaba una misa.

Les compartimos un texto leído en la celebración del centenario del nacimiento de Mons. Oscar Romero, Beato y Martir.

 

Ricardo Ezzati Andrello, sdb

Cardenal Arzobispo de Santiago de Chile

Enviado Extraordinario de Su Santidad el Papa Francisco

a la celebración del centenario del nacimiento de

Mons. OSCAR ARNULFO ROMERO, Beato y Mártir

MONS. OSCAR ARNULFO ROMERO, MARTIR DE LA ESPERANZA

1. Nacimiento de un Pastor Santo

En la Solemnidad de la Asunción de la Virgen Santísima a los cielos, del año 1917, poco antes de clarear el alba, abrió sus ojos a este mundo Oscar Arnulfo Romero Galdámez, segundo hijo varón de don Santos Romero y de doña Guadalupe de Jesús Galdámez. Nace en Ciudad Barrios, en una familia modesta. Su padre trabaja como telegrafista en la oficina de correos; su madre quiso ser maestra de escuela, pero se dedicó a su familia de ocho hijos. El niño Oscar aprendió la “doctrina”, como se le llamaba al Catecismo, de los labios de su padre y de su madre se fue formando un corazón creyente, con una profunda devoción mariana. Juntos rezaban el Ángelus con las campanas que anunciaban el término del trabajo y recitaban el Santo Rosario.

Llama la atención la relación que existe entre el misterio de María, la Virgen Madre, que hoy celebramos, con Mons. Romero. El nace el día en que la Iglesia celebra el triunfo de María sobre todo mal, asunta en cuerpo y alma a los Cielos y muere cuando empieza a celebrarse la gran fiesta de la Encarnación del Hijo de Dios en las purísimas entrañas de la Virgen, día en que pasa desde los misterios dolorosos a los misterios gloriosos de ese Rosario que nunca dejó de rezar.

El Papa Francisco, al nombrarme su Enviado, escribe. “Ya se cumplen cien años del nacimiento del beato Oscar Arnulfo Romero, obispo y mártir, ilustre pastor y testigo del Evangelio, decidido defensor de la Iglesia y de la dignidad del hombre. Hijo de la amada tierra de El Salvador, habló a la gente de nuestro tiempo de la obra salvífica de nuestro Señor Jesucristo y de su amor hacia todos, especialmente hacia los pobres y descartados. Tanto en su vida sacerdotal como en el comienzo de su ministerio episcopal experimentó un singular camino espiritual, que lo llevó a propagar la justicia, la reconciliación y paz”.

Es impresionante y emocionante leer y releer algunas de sus homilías así como su Diario de Vida. ¡Cuánto bien al alma me han hecho!. El Papa ha tenido la bondad de enviarme como su Legado personal, para representarlo en este acontecimiento eclesial que los convoca en este día de júbilo. Uds. saben tanto como yo, que él tiene un afecto muy grande por esta tierra “que lleva e nombre del Divino Salvador”, y saben también, de su reiterado deseo de que el martirio de Mons. Romero no deje de dar frutos abundantes de comunión eclesial, de reconciliación y solidaridad entre los salvadoreños, a fin de edificar una sociedad justa y noble. Mucho es lo que Uds. han sufrido; difíciles las circunstancias que tienen que seguir enfrentando. Es demasiado valiosa la vida de cada salvadoreño como para no superar la violencia homicida con “la violencia del amor”. En esta esperanzada lucha por la vida, el Papa está con ustedes, los exhorta a humanizar y a compartir con equidad el desarrollo de su país y les envía su bendición apostólica.

2. Algo de su historia

Queridos hermanos y amigos: No es en momento para volver a contar la historia de quien celebramos, en esta mañana. Sé que, a lo largo de todo este año jubilar, se han enriquecido espiritualmente con ella, sin embargo, permítanme destacar sólo algunos de sus rasgos, para procurar adentrarnos en su corazón y en su mensaje.

Algo tímido e introvertido, a los 13 años ingresó al Seminario Menor dirigido por los Padres Claretianos, a los veinte al Seminario de San José de la Montaña, de allí, enviado a Roma, fue ordenado sacerdote el 4 de abril de 1942. Poco tiempo después, a causa la segunda guerra mundial, tuvo que adelantar su regreso a la patria, donde ejerció el ministerio presbiteral en varias comunidades, entre ellas, párroco en la Catedral de San Miguel. Más tarde es nombrado Obispo Auxiliar de San Salvador (1970), Obispo de Santiago de María (1974), hasta que el Papa Pablo VI lo nombra Arzobispo de San Salvador, un 23 de febrero de 1977: tiempos complejos y desafiantes para la Patria y para la Iglesia.

Así se fue desarrollando la vida apostólica de este joven sacerdote de corte más bien tradicional. Hombre virtuoso, muy activo en su Parroquia, cercano a la gente, caritativo con los pobres, algo distante de las opciones pastorales renovadas impulsadas por el post concilio.

Sin embargo, algo empezó a cambiar en él, especialmente en Santiago de María, al conocer más de cerca la pobreza extrema de los campesinos. El varón justo se empieza a inquietar por la injusticia y el Pastor Bueno, que quiere hacerse todo con todos y para todos, tiene la experiencia de que no basta con acompañar a los más pobres y dar consejos a los más ricos. Evangelizar, sobre todo después de la Exhortación Apostólica del Papa

Pablo VI “Evangelii Nuntiandi” significa llevar la Buena Nueva a todos los ambientes, transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las 

fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación” (Ib. 18-19). Y no hay equidistancia entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, los pobres y los ricos. Así se comprende la opción preferencial por los pobres y excluidos, como opción del mismo Dios en la historia de su pueblo.

Su ministerio pastoral continúa y llegan acontecimientos trágicos que remecen sus entrañas. Uno de ellos fue la matanza de un grupo de peregrinos que regresaban a su pueblo después de visitar un Santuario. Poco tiempo después, fue el asesinato el P. Rutilio Grande, acribillado por “desconocidos”, junto a dos parroquianos en un camino rural de su parroquia, empeñado en la formación de comunidades Eclesiales de Base y apoyando la organización campesina. Esto fue demasiado. El fuego de Dios incendió el corazón del Arzobispo. Exigió al Presidente de la República una investigación inmediata y, al domingo siguiente, celebró una sola Misa en San Salvador con más de 100.000 participantes. Venciendo su timidez pasó a ser “voz de los sin voz”, para clamar “la violencia del amor” que destierra la violencia del odio. No a la violencia del régimen. No a la violencia guerrillera. Sí a una paz, basada en la justicia y en la verdad, respetuosa de los derechos de los pobres.

Y pasando de la palabra a los hechos, crea la oficina del “Socorro Jurídico”, para ir en ayuda de los derechos humanos de los campesinos más pobres, iniciativa que tuvo una relación muy cercana con la Vicaría de la Solidaridad, creada por la Iglesia en Chile, para acoger a las víctimas de la dictadura.

Por otra parte, esta “voz de los sin voz” se escucha por radio en todo el país, cada domingo, haciendo una lectura evangélica y cristiana de los acontecimientos; una palabra que forma e informa, un mensaje de esperanza y respeto a la vida, en un lenguaje que entienden los más pobres. La voz del Pastor traspasa las fronteras de San Salvador, remece el corazón de la Iglesia en América y de otros continentes. Como es propio de una figura controvertida, su palabra es rechazada por algunos y aplaudidas por otros. Quienes se detienen en el pórtico occidental de la Abadía de Westminster, importante templo anglicano, en un lugar destacado de la galería de los diez mártires, podrá contemplar una estatua de Mons. Oscar Romero, flanqueado por el pastor Martin Luther King y el teólogo luterano, Dietrich Bonhoeffer.

 

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