En AURORA N° 18: SINDEMIA, Patricia del Hierro reflexiona sobre cómo el Pacto Educativo Global invita a las universidades a asumir nuevas dinámicas. Compartimos el texto.

 

La exhortación que hace el papa Francisco, en su hermosa carta encíclica Fratelli tutti, a un cambio en el paradigma socio-económico vigente, toma especial relevancia como una respuesta frente a la pandemia del COVID-19 y a los problemas que previamente ya asolaban al mundo. La cultura del descarte, el individualismo, la desigualdad, la pobreza, el desarraigo a los valores éticos, entre otros tantos temas, han quedado descarnadamente desnudados en estos tiempos.

Al inicio de la pandemia, el Papa señaló “que todos estábamos en la misma barca, o nos salvamos todos, o nos hundimos todos”, ahora esas palabras adquieren especial relevancia frente a la lucha contra la misma y su solución. La vergonzosa pugna por ser el primero en adquirir las vacunas y el eterno ‘sálvese quien pueda’ de las naciones; una vez más, el que tiene el mayor poder político y económico es el que se impone y resuelve, el resto que espere las sobras.

Frente a ello, el Papa vuelve a hacer un llamado, consciente de que estamos frente a una crisis no solo sanitaria y con graves impactos económicos, sino, por encima de todo, moral. Hace una invitación a que se trabaje desde la base misma de la formación del ser humano, que a través del proceso educativo se forme la conciencia y el compromiso social. Pues solo a través de este proceso de formación del individuo se puede lograr un cambio en el paradigma social, cultural y económico.

De aquí la importancia de su llamado. Ciertamente instituciones como la UNESCO tienen un largo caminar en el proceso de ayuda a las comunidades en la educación de los más pobres con una visión integral, pero el Papa quiere ir más allá: no solo acudir a la formación del menos afortunado, sino ir hacia todos los niveles socioeconómicos, ya que si no logramos concientizar en la necesidad de actuar y trabajar en función de los otros, partiendo del amor fraterno, precisamente los que manejan el poder económico y político seguirán en la misma senda priorizando sus intereses a costa de la humanidad entera.

Las universidades cumplen un rol relevante en este proceso, en especial las que se encuentran manejadas por la Compañía de Jesús. No olvidemos que parte de su esencia histórica ha sido la educación; por ello son llamadas a cumplir nuevamente un rol relevante en respuesta al llamado de Francisco.

1. El valor del cambio

No se puede seguir mirando de costado cuando están presentándose problemas tan graves como los actuales. No se puede seguir fingiendo que se modifican las cosas sin realizar un cambio profundo en las tareas que, como maestros, nos compete realizar. El llamado del Papa tiene que calar profundo y no solo se debe responder con ajustes superficiales en las mallas curriculares de nuestras universidades, agregando algún curso relativo a la ética o al cambio climático. Eso no es suficiente.

No se puede seguir manteniendo el discurso de los grandes cambios en la conciencia de nuestros alumnos y seguir, al mismo tiempo, con mallas curriculares en las cuales solo marginalmente se tocan los temas de la solidaridad, la pobreza, la concentración del ingreso, entre otros. Temas que, si acaso son revisados, son secundarios, o se les concentra en algún curso optativo.

Se continúa orientando la formación universitaria hacia una visión totalmente neoliberal en la cual el individuo es llevado al centro, pero aislado, centrado solo en sus propios objetivos de ‘ser exitoso’, lo que significa obtener logros materiales a través de obtener poder económico y político. Como enfoque teórico, entre muchos, lo hemos hecho un dogma de fe: “se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, acudiendo al mágico derrame o goteo (…) como único camino para resolver los problemas sociales”[1].

A los estudiantes no se les dota de diversos enfoques teóricos para que, creativamente, los usen como herramientas en el análisis de los problemas económicos, sociales y políticos, siempre cambiantes. No se les enseña a razonar, se les dogmatiza, donde el profesorado termina siendo un coro de loros, todos repitiendo lo mismo. Quien no se preste a semejante desatino es visto con sospecha y se le aísla de la academia, ya que puede contaminar a los jóvenes con elementos subjetivos e ideologías extrañas.

Esta situación se torna usualmente más dramática en las escuelas de economía, aunque se produce en otras disciplinas. Es aquí donde el neoliberalismo se ha enquistado en forma descarnada y descarada. Las otras escuelas han sido penetradas por los mismos principios de forma subrepticia. En las escuelas de historia ya no se les enseña a buscar la verdad histórica; parten de que esta no existe, ya que la historia sería solo una construcción mental y que ya no es necesario indagar en los archivos o documentos históricos; o se limitan, hoy en día, a indagar sobre temas colaterales como la historiografía de las familias o de los grupos empresariales. Así, la historia pasa de largo en la discusión, construcción y reflexión sobre un proyecto como sociedad, como pueblo, como cultura. “Se olvida que no existe peor alienación que experimentar que no se tienen raíces, que no se pertenece a nadie”[2].

Son las mismas universidades las que han contribuido a este proceso de desmantelamiento de una visión integral y con objetivos de largo plazo. La atención está en los detalles aún irrelevantes y no en los temas fundamentales para los ciudadanos. Desafortunadamente, estas instituciones académicas no generan los contrapesos de una sociedad que exacerba el individualismo y la cultura del descarte: lo enseñan: A la par que se repiten frases relativas a la razón crítica, la conciencia social, el compromiso con los otros, el cambio social, entre otros, en las escuelas de economía se enseña la exclusión, la maximización de las ganancias, el mínimo costo laboral, el costo de oportunidad (convertido ya en dogma). “Este descarte se expresa de múltiples maneras, como la obsesión por reducir los costos laborales, que no advierten las graves consecuencias que esto ocasiona, porque el desempleo que se produce tiene como efecto directo expandir las fronteras de la pobreza”[3].

Por ello se requiere de un convencimiento profundo de la necesidad de repensar el rol de la universidad en los términos sugeridos por el papa Francisco. Hay que rediseñar los contenidos; salir de la alienación teórica a la cual nos hemos sometido y que está demostrando sus limitaciones para la solución de problemas que reclaman creatividad y valor.

2. La autocensura

Avanzar en este proceso de reconstrucción del rol de las universidades, en especial de las que pertenecen a la Compañía de Jesús o de las que se encuentran afiliadas a ella, requiere de cambios profundos. Pareciera que en estas universidades hay temor de abordar directamente los temas que tienen que ver con la Doctrina Social de la Iglesia, lo cual significa ser claros y precisos en las críticas a temas que se consideran controvertidos como:

  • Primero, el tipo de globalización, un modelo que “conscientemente apunta a la uniformidad unidimensional y buscar eliminar todas las diferencias y tradiciones en una búsqueda superficial de la unidad (…) si una globalización pretende igualar a todos, como si fuera una esfera, esa globalización destruye la riqueza y la particularidad de cada persona y de cada pueblo”[4]. Una globalización ya muy cuestionada en Caritas in veritate, donde ya se señalaba: “nos hace más cercanos, pero no más hermanos”[5]. Hay que insistir en el cuestionamiento a éste tipo de globalización alejada del compromiso social. El papa Francisco señala “quiero destacar la solidaridad, que, como virtud moral y actitud social, fruto de la conversión personal, exige el compromiso de todos aquéllos que tienen responsabilidades educativas y formativas”[6].
  • Segundo, a la cultura del descarte no solo laboral, sino también el abandono de los ancianos y el asesinato de los no nacidos, los primeros ‘ya no sirven’, y los segundos ‘aún no son útiles’. Respecto a este último punto ha sido vergonzoso cómo se ha hecho muy poca conciencia de la necesidad de defender una vida en proceso, pero que es una vida, y se ha guardado un silencio cómplice por temor a lesionar las reivindicaciones de las mujeres; reivindicaciones justas en muchos casos y que no admiten demora, pero resulta inaceptable que en defensa de los derechos de unos se aniquilen los derechos de otros, y el mas sagrado, que es el derecho a la vida.

    En lugar de crear espacios de verdadero diálogo y concientización del derecho irrenunciable a la vida y buscar soluciones creativas, se ha permitido que dentro de las universidades se realicen manifestaciones de estudiantes en pro del aborto, por temor a ser juzgados como intolerantes o anquilosados.

    Se promueve, incluso, el discurso disfrazado de feminismo, fundamentado en que el opuesto es el enemigo, en lugar de insistir en partir del sujeto como persona humana, no importa su género, y desde allí construir un diálogo. Este proceso, precisamente, lo promueve la Doctrina Social de la Iglesia: construir desde la persona creada por Dios los derechos y obligaciones que deben conducir al desarrollo de las potencias del individuo y el enriquecimiento de su persona en la relación con los otros, la comunidad y la sociedad. Lamentablemente, poco o nada se ha avanzado en esto.
  • Tercero, el tema de la propiedad privada; la Doctrina Social de la Iglesia considera que éste tipo de propiedad tiene límites. Este cuestionamiento está presente no solo en las encíclicas, sino en diferentes documentos de la Iglesia. Paulo VI señalaba: “Si la tierra está hecha para procurar a cada uno los medios de subsistencia y los instrumentos de su progreso, todo hombre tiene el derecho de encontrar en ella todo lo que necesita”[7]. Esta hace referencia al Concilio Vaticano II en el cual se anota que “Dios ha destinado la tierra, y todo lo que en ella se contiene, para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados deben llegar a todos de forma justa, según la regla de la justicia, inseparable de la caridad”[8]. Para Paulo VI, “la propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto”[9].

    El papa Francisco recuerda “que la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada (…) El principio del uso común de los bienes creados para todos es el primer principio de todo el ordenamiento ético-social, es un derecho natural, originario y prioritario (…) El derecho a la propiedad privada solo puede ser considerado como un derecho natural secundario (…) pero sucede con frecuencia que los derechos secundarios se sobreponen a los prioritarios y originarios, dejándolos sin relevancia práctica”[10].
3. Consideraciones finales

Si se realiza una lectura de algunas encíclicas y otros documentos escritos por el actual Papa y de los que le preceden, podemos darnos cuenta que los principios sobre la solidaridad, el cuestionamiento a la forma de globalización que se ha desarrollado, el cuestionamiento a la propiedad privada y a los principios de la economía que rigen -en la cual solo la maximización de las ganancia importa y que nos lleva a la cultura del descarte-, entre otros tantos temas, se encuentran constantemente presentes en dichos documentos. Todos estos y otros temas son parte de la Doctrina Social de la Iglesia.

Las diferencias entre las diferentes encíclicas son solo de énfasis. En Laudato si’ el papa Francisco pone énfasis en el tema ecológico; en Fratelli tutti busca incidir en el proceso educativo. De allí la relevancia que da a las familias como núcleo originario del proceso educativo y a las universidades como potenciadoras de las capacidades no solo intelectuales sino espirituales del individuo.

El llamado es reiterativo, es necesario profundizar en el proceso y tener el valor de llevarlo adelante, no solo aplaudirlo y dar directivas que todos ignoran. El papa Francisco señala “Necesitamos desarrollar esta conciencia de que hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie”[11]. Ahora, como nunca, este llamado adquiere especial relevancia ante los problemas generados por la pandemia y en la búsqueda de soluciones.

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[1] Fratelli tutti, Carta encíclica del papa Francisco. Ed. Paulinas, 2020, p. 111. 
[2] Ibidem, p. 37 
[3] Ibidem, p. 16 
[4] Ibidem, p .67. 
[5] Caritas in veritate. Carta encíclica del papa Benedicto XVI. Ed. Paulinas, 2009, p. 27 
[6] Fratelli tutti, p. 75  
[7]Populorum progressio”, Carta encíclica del papa Paulo VI. Ed. San Pablo, p.14 
[8] Ibídem, p.14 
[9] Ibídem, p.14 
[10] Fratelli Tutti, pp.79-80 
[11] Ibídem, p. 91 

Patricia del Hierro Carrillo
Maestra en Economía. Docente de la Universidad Antonio
Ruiz de Montoya y de la Universidad del Pacífico (Perú)

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