Compartimos con ustedes el artículo de Rodrigo Castells SJ, publicado en Revista Aurora N° 17: ECOactivos, correspondiente al mes de mayo.

 

Es bien sabido que, a modo de intentar controlar los contagios por el COVID-19, los gobiernos han implementado fuertes medidas para reducir la movilidad de las personas. Conocido es también el impacto fuerte en la economía de los países y regiones que estas medidas han tenido. Uno de los sectores que más se ha visto afectado es el sector turístico.

Hace ya varios años que los gobiernos locales de este territorio, la triple frontera de Colombia (Leticia), Brasil y Perú, han enfocado sus estrategias de desarrollo sostenible depositando una gran esperanza en el desarrollo turístico. Las mismas comunidades hablan de este giro que ha tenido la región: artesanos, transportistas, hoteles, guías autóctonos, cocineros autóctonos, grupos de música y danzas autóctonos, comunidades que ofrecen alojamiento y paseos por sus resguardos o territorios, pesca y siembra para nutrir esas cocinas, etc.; son muchas las actividades y servicios movilizados en torno a la actividad turística.

Como nos podremos imaginar, el impacto socioeconómico para una economía regional que se había encauzado de forma importante a la actividad turística, ha sido muy grande. Se siente en las comunidades la falta de recursos y las dificultades para sostener la economía familiar. La situación de dificultad y fragilidad económica es grave. Distintos actores de los territorios como ONGs y las iglesias hemos realizado aportes para suavizar esta emergencia, pero son una gota de agua en un mar de necesidad.

Vista desde la perspectiva de la Ecología Integral, no es una situación que restringe su impacto solamente a la dimensión socioeconómica. La vida está interconectada y lo que impacta un ámbito de la vida de las familias y comunidades tiene consecuencias sobre los otros ámbitos (la selva y el río). Vulnerabilidad social y vulnerabilidad ambiental van de la mano.

Por otra parte, la familia campesina-indígena desde hace un tiempo ha ido sufriendo procesos de trasformación cultural que la hacen aún más vulnerable. En primer lugar, el mundo moderno de la economía de consumo le ofrece cada vez más bienes y servicios a consumir (celular, internet, televisión, mayor movilidad y un largo etcétera de productos de consumo). Este proceso provoca la necesidad de disponer de dinero para conseguir estos bienes y servicios. Estar incluidos en la cultura del consumo significa disponer de dinero para comprar los bienes y servicios que el mundo moderno ofrece, casi como si fueran una necesidad. A la familia campesina-indígena ya no le basta, entonces, con una economía basada fundamentalmente en la producción para el autoconsumo, se hace imprescindible producir excedentes o buscar modos de generar recursos y servicios que permitan lograr ingresos monetarios que hagan posible ser parte de la cultura ambiente. En segundo término, en la medida que las familias han ido buscando formas de ingresos económicos externos y la proporción de la economía de auto-sustento se ha hecho menos relevante, ha ido aconteciendo un paulatino abandono de las áreas de cultivo propias (las tradicionales chagras) y una menor diversidad de los cultivos en las chagras. La opción por los servicios turísticos ha impactado en estos procesos.

Lo expresado hasta ahora nos permite tener un panorama de la situación de algunos procesos que, si bien son anteriores a la pandemia, con la misma se han agravado. Pero ¿cómo esta situación, de deterioro de las economías de las familias campesinas e indígenas de la rivera del Amazonas en la triple frontera impacta sobre el medio ambiente?

Nuestros hermanos y hermanas de las comunidades campesino-indígenas de los bosques y selvas donde estamos situados, provocan impacto en los territorios. Aunque estos impactos en general no son muy grandes, no debemos desconocerlos. Históricamente las principales actividades han sido la pesca, la caza y la siembra tumbando y quemando monte. Pero a medida que, como lo señalamos, han ido cambiando los patrones de consumo estos impactos se han ido incrementando. Impactos que se viven con cierta preocupación al interior de las comunidades (hemos podido presenciar que se habla del asunto en sus asambleas). De aquí que, desde hace tiempo, muchas ONGs y organismos de gobierno nacionales e internacionales diseñan proyectos económico-productivos, que buscan nuevos modos de incrementar la producción de excedentes comercializables, además de asegurar la soberanía alimentaria. Un buen ejemplo son las propuestas que la Fundación Caminos de Identidad - FUCAI, junto con el equipo de Leticia del SJPAM, ha ido trabajando en el territorio de la triple frontera, el proyecto “Comunidades indígenas de abundancia”.

No sobra expresar que, siempre y en toda situación, los impactos de las comunidades campesino-indígenas sobre el ambiente o los recursos naturales son muy inferiores a los que provocan las actividades extractivas a gran escala como la minería, la ganadería, la agricultura, los madereros, los pesqueros profesionales. Reconociendo esto de base, tampoco podemos negar que el impacto de las actividades de nuestros hermanos y hermanas de las comunidades, para la consecución de su alimento y dinero para los otros consumos, se ha ido incrementando fuertemente.

He aquí la dimensión ecológica integral. Si bien, como lo expresamos, la situación de deterioro en la relación con el ambiente ya venía aconteciendo, pero como un problema menor o marginal, en el contexto de los menores ingresos provocados por el efecto de la pandemia en el turismo, este proceso de deterioro se ha agravado. Se observa una mayor necesidad de pescar lo que sea del río, no importa tamaño ni época, cortar la madera que sea, la que se encuentre y más o menos se útil (cada vez la buena madera se la encuentra más lejos y escasa) y cazar todo lo que se pueda no importa época ni tamaño.

En otras palabras: han ido aconteciendo cambios en la matriz de necesidades y de usos de los recursos o bienes de la creación. La pandemia profundiza estos procesos. Las comunidades han estado ancestralmente acostumbradas a una naturaleza abundante de la cual se puede extraer lo necesario para vivir. Cuando los niveles de consumo eran bajos y la economía era principalmente de auto-sustento, el impacto sobre el entorno era irrelevante. En este nuevo contexto y en una situación de agudización de su pobreza por efecto de la pandemia sobre la actividad del turismo, se han profundizado las dinámicas extractivas y con ellos los impactos ambientalmente perjudiciales.

Nos parece necesario trabajar juntos para afianzar algunos procesos en los territorios, a partir de los cuales se pueda seguir haciendo camino junto con las comunidades, para revertir o re-encauzar estas tendencias; procesos que deberán abordar aspectos productivos pero que, de un modo más integral, deberán considerar la gobernanza o lo político-organizativo, lo educativo, lo cultural, lo espiritual; y contribuir con una mirada crítica de los procesos que van aconteciendo en las comunidades. Los impactos de la cultura del consumo llegan por todos medios y afectan a la integralidad de las personas, sus relaciones comunitarias y con la creación, también con la cultura. Urge no quedarnos en miradas que idealizan y abstraen, más propias de foráneos que buscan ideales perdidos, y ser por el contrario hombres que quieren vivir y acompañar cambios desde la praxis con y en medio de la comunidad.

Hno. Rodrigo Castells, SJ
Miembro del equipo Leticia del SJPAM

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