A propósito de la Semana de Acción Mundial por la Educación (SAME), compartimos el artículo de Maximiliano Koch SJ, publicado en el Boletín N° 66 del Centro Virtual de Pedagogía Ignaciana (selecciones abril - mayo 2021), el cual pertenece al sector Educación de la Conferencia de Provinciales Jesuitas de América Latina y el Caribe.

 

La Carta Encíclica del Santo Padre Francisco sobre la Fraternidad y la Amistad Social (en adelante, Encíclica o FT) desafía a la Humanidad a crear canales de entendimiento, fraternidad y amistad social a través del diálogo, la solidaridad, el compromiso y el reconocimiento del derecho de las personas y de los pueblos. En esta tarea, la Encíclica reconoce la importancia que tienen los educadores en la instauración de una ética del respeto, la convivencia y la hermandad. Pero, además, quienes estamos involucrados en la tarea educadora, debemos sentirnos especialmente interpelados por el texto.

En este breve comentario se presentarán tres desafíos -entre muchos otros posibles- que presenta la Encíclica para que educadores/as revisemos nuestras prácticas institucionales. Estas invitaciones son: a) a reconocer nuestra identidad; b) a promover la centralidad de la ética en la educación; y c) a promover el diálogo dentro de nuestras instituciones. Al ser parte de los equipos de Fe y Alegría, en Argentina y en el Uruguay, mis reflexiones estarán especialmente dirigidas a estas instituciones.

1. Reconocer nuestra identidad

Distintos puntos de la Encíclica cuestionan posturas políticas, culturales, religiosas y sociales. Señala el documento del papa Francisco que muchas de estas posiciones llevan a separar, dividir, eliminar lo diferente que nunca es algo abstracto, sino personas y poblaciones concretas que padecen. De hecho, ya al inicio advierte el texto que se trata de un “humilde aporte a la reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en palabras”. Sin embargo, advierte también que esto no se consigue con una universalización de la cultura y de las tradiciones, pretensión que no sería sino un “falso sueño” que busca una superficial unidad [100].

Por el contrario, la Encíclica desafía a reconocer la identidad personal, cultural y social a través del reconocimiento de la historia, de las tradiciones y de la religión:

“La solución no es una apertura que renuncia al propio tesoro. Así como no hay diálogo con el otro sin identidad personal, del mismo modo hay apertura entre pueblos sino desde el amor a la tierra, al pueblo, a los propios rasgos culturales. No me encuentro con el otro si no poseo un sustrato donde estoy firme y arraigado, porque desde allí puedo acoger el don del otro y ofrecerle algo verdadero. Sólo es posible acoger al diferente y percibir su aporte original si estoy afianzado en mi pueblo con su cultura” [143].

Ergo, FT nos invita a reflexionar sobre nuestra identidad y sobre el modo en que la hacemos explícita y la comunicamos a otros, posibilitando el enriquecimiento de otros seres humanos con cultura, credos y creencias distintas.

En sus 65 años de existencia, Fe y Alegría ha promovido la transformación social a través de la educación popular. La institución ha hecho grandes esfuerzos para que todas las personas -con independencia de su origen étnico, su credo, su cultura- se sientan acogidas y tengan acceso a una educación de calidad que posibilite la transformación social. Sin embargo, siguiendo este buen propósito, debemos hacernos estas graves preguntas: ¿Es posible que hayamos tendido a buscar los puntos en común con otros credos, culturas y origen étnico prescindiendo de nuestra identidad cristiana y católica? Y si es así, deberíamos ir aún más allá: ¿no habremos renunciado a nuestra identidad más rica y profunda, la cual nos da el sentido y propósito de nuestro existir? O, ¿qué lugar tiene esa identidad dentro de nuestra tarea y cómo se transmite en un sano diálogo con nuestros estudiantes y educadores, especialmente con aquellos que profesan distintos credos?

Reconocemos que son preguntas incómodas, pero si existe alguna posibilidad de que nuestra identidad se esté diluyendo, deberíamos emprender acciones para recuperarla y hacerla visible. La invisibilización no favorece el diálogo, sino que lo anula y, con ello, la posibilidad de que los ‘distintos’ nos encontremos, aprendamos unos de otros, nos enriquezcamos con distintas experiencias, tal como advierte FT.

Estas prácticas, sin embargo, no son exclusivas de Fe y Alegría. Es posible constatar que, al menos en América Latina, son muchas las instituciones educativas y sociales de raíz cristianas y católicas -muchas de ellas vinculadas jurídica y económicamente- que han suprimido su contenido religioso y, con eso, su origen identitario. Sin embargo, es necesario reconocer que la pretendida neutralidad no existe como tal, sino que posturas que miran lo religioso como un obstáculo al entendimiento esconden un deseo de universalizar promoviendo la homogeneización, la uniformidad y la estandarización promovida por intereses particulares. Este principio ya había sido enunciado en la Carta Evangélica Evangelii Gaudium (en adelante, EG):

“Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos. Es necesario hundir las raíces en la tierra fértil y en la historia del propio lugar, que es un don de Dios. Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia. Del mismo modo, una persona que conserva su peculiaridad personal y no esconde su identidad, cuando integra cordialmente una comunidad, no se anula, sino que recibe siempre nuevos estímulos para su propio desarrollo. No es ni la esfera global que anula ni la parcialidad aislada que esteriliza” [EG 235].

Si negamos nuestra identidad y vaciamos de contenido religioso y espiritual nuestras instituciones, no ocasionaremos un daño a números, estadísticas o instituciones, sino a personas concretas que diariamente concurren a nuestros centros educativos para ser formados de modo holístico. Así, estaremos negando a nuestros educandos la posibilidad de encontrar canales para desarrollar su espiritualidad y crecer integralmente. Como han reconocido distintos autores, la espiritualidad no es un anexo de la persona, sino la consciencia profunda de su identidad, de sus posibilidades, de su modo de relacionarse, de su proyecto vital. De ahí la importancia de cuidar la espiritualidad en nuestras instituciones si en verdad queremos proporcionar una educación que transforma la realidad.

En consecuencia, FT nos invita a volver a nuestra identidad, a aceptar nuestros orígenes y a reconocer todo el bien que nuestras instituciones pueden hacer bajo la inspiración de Jesucristo y agradeciendo nuestra pertenencia a la Iglesia.

2. Invitación a una educación ética

El Papa Francisco ha expresado reiteradamente su preocupación por el relativismo ético y moral que impera en la actualidad y las consecuencias que tiene en el ser humano. Así, EG expresaba:

“El proceso de secularización (…), al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y juventud, tan vulnerable a los cambios” [64].

En el mismo sentido, la Carta Encíclica Laudato si’ sobre el Cuidado de la Casa Común (en adelante, LS) enfatizaba la necesidad de mostrar modelos éticos de relación que fomenten encuentros profundos y significativos entre seres humanos y de ellos con la casa común:

“Hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses, provoca el surgimiento de nuevas formas de violencia y crueldad e impide el desarrollo de una verdadera cultura del cuidado del ambiente” [LS 229].

En FT, el Papa Francisco reitera tales afirmaciones y, a su vez, planea la necesidad de emprender acciones para instalar en la sociedad una ética de la fraternidad, del diálogo, del descubrimiento de la reciprocidad y el enriquecimiento mutuo. En concreto, invita -entre otros- a educadores a tomar consciencia de su responsabilidad en esta materia, señalando que “los valores de la libertad, del respeto recíproco y de la solidaridad se transmiten desde la más tierna infancia [114].

Para hacer esto posible, es necesario que estos asuntos sean abordados en los programas educativos. En otras palabras, es necesario que las instituciones, equipos directivos, educadores y familias de los educandos comprendan que la educación no solo comprende contenidos académicos, sino también sociales, éticos, espirituales y corporales. En este sentido, el entonces P. General de la Compañía de Jesús, Peter Hans Kolvenbach S.J., señaló:

“La promoción del desarrollo intelectual de cada estudiante, para completar los talentos recibidos de Dios, sigue siendo con razón un objetivo destacado de la educación de la Compañía. Su finalidad, sin embargo, no ha sido nunca acumular simplemente cantidades de información o preparar para una profesión, aunque estas sean importantes en sí mismas y útiles para que surjan líderes cristianos. El objetivo último de la educación jesuita es, más bien, el crecimiento global de la persona que lleva a la acción, acción inspirada por el Espíritu y la presencia de Jesucristo, el Hijo de Dios, el ‘Hombre para los demás’. Este objetivo orientado a la acción está basado en una comprensión reflexiva y vivificada por la contemplación, e insta a los alumnos al dominio de si y a la iniciativa, integridad y exactitud. Al mismo tiempo discierne las formas de pensar fáciles y superficiales indignas del individuo, y sobre todo peligrosas para el mundo al que ellos y ellas están llamados a servir” (Kolvenbach, Peter-Hans. Discurso en la Universidad de Georgetown, 7 de Julio de 1989).

Se considera que para alcanzar estos propósitos es necesario definir, a la vez, los objetivos de la educación en el contexto de cada centro y las prácticas que nos pueden conducir a alcanzarlos. En otras palabras, resulta imprescindible que los objetivos de la educación se vean acompañadas de modelos pedagógicos, prácticas y contenidos curriculares que fomenten el diálogo, el reconocimiento, el respeto, la escucha y el propósito de vida, como podría ser el método conocido como “Filosofía para Niños” creado con Matthew Lipman.

Muchos países de Fe y Alegría están en proceso de actualizar sus prácticas educativas con modelos innovadores. Estas iniciativas son importantes, aunque no deberían dejar de lado el aspecto de la vida de la persona que ser relacionan con el sentido de vida, con la espiritualidad, con la ética. De lo contrario, nuestros centros formales y no formales de educación podrán preparar hombres y mujeres con grandes cualidades, pero carentes de un propósito social, comunitario y personal que los acerquen a hacer vivo el Evangelio.

3. Invitación a una educación para el diálogo

Finalmente, la Encíclica -que nace del diálogo con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb- invita a dialogar como clave para dar lugar a un mundo fraterno. Ante un mundo que se presenta como ‘sordo’ y cuya celeridad impide la escucha, el Papa Francisco dirige esta invitación a todas las personas de buena voluntad [6], sean cristianos o no. Y señala, además, la importancia de recuperar esta práctica:

“Podemos buscar juntos la verdad en el diálogo, en la conversación reposada o en la discusión apasionada. Es un camino perseverante, hecho también de silencios y de sufrimientos, capaz de recoger con paciencia la larga experiencia de las personas y de los pueblos. El cúmulo abrumador de información que nos inunda no significa más sabiduría. (…) El problema es que un camino de fraternidad, local y universal, sólo puede ser recorrido por espíritus libres y dispuestos a encuentros reales” [50].

Así, FT presenta el desafío de pensar un modelo educativo que aliente el diálogo, palabra que encierra la posibilidad de acercarse, de expresarse, de escucharse, de mirarse, de conocerse, de tratar de comprenderse, de buscar puntos de contacto [198]. En consecuencia, nos sentimos invitados a pensar prácticas institucionales que inviten a escuchar la voz de todos quienes integran la comunidad educativa, así como sus necesidades, sus búsquedas, sus deseos, sus intuiciones, sus frustraciones. La Encíclica impulsa a romper modelos estrictamente transitivos en los cuales la palabra, el conocimiento y las decisiones sólo estaban en cabeza de algunos pocos.

La promoción del diálogo, de la fraternidad, de la identidad personal y social aparecen, así, como los grandes objetivos educativos a los que no deberíamos renunciar. Asimismo, invita a que pensemos cuál es el lugar que las Tecnologías de Información y Comunicación (TICs) deberían tener. Si bien reconoce los beneficios que los avances tecnológicos traen a la humanidad, la Encíclica también advierte sobre las consecuencias sociales que el mal uso de los medios y de las redes pueden traer. Así, las TICs podrían favorecer que los seres humanos se refugien en mundos privados o a que se genere una violencia destructiva (p. 199), entre otros posibles males. Por lo tanto, una buena propuesta educativa debería reconocer los beneficios de la tecnología, pero reconocer que su utilización es un medio y no el fin de la educación. En otras palabras, no deberíamos dejar que la propuesta pedagógica quede reducida al aprendizaje a través de TICs y siempre debería contar con espacios de reflexión sobre el buen y el mal uso de tales medios. El diálogo debe primar por sobre la técnica.

Conclusión

En conclusión, FT nos invita a reflexionar acerca de tres preguntas esenciales:

  1. ¿Quiénes somos? Sólo a partir de nuestra identidad más profunda podremos seguir construyendo un edificio coherente y una propuesta distinta de educación. Solo reconociendo la identidad del otro podremos construir una sociedad de diálogo y encuentro que enriquezca.
  2. ¿Para qué educamos? “Formamos hombres y mujeres para los demás”, decía el P. Arrupe S.J. sobre el objetivo de la educación en la Compañía de Jesús. Pero para formar hombres y mujeres para los demás, debemos instalar la reflexión ética en nuestras instituciones, invitando a que nuestros educadores y educandos puedan forjar su propio proyecto de vida.
  3. ¿Qué modos o propuestas debemos promover? Ante la amplitud de posibilidades que nos ofrecen las nuevas pedagogías, es posible tomar como criterio de discernimiento de nuestras prácticas la búsqueda de la fraternidad a través del diálogo, del encuentro, de la solidaridad.

Si asumimos la invitación y los desafíos de FT, veremos que se trata de una incómoda piedra instalada en nuestros zapatos que nos impide caminar del modo en que lo hacíamos. Quizá sea tiempo de descansar, mirar el camino recorrido y acomodarnos nuevamente antes de continuar la marcha. Quizá sea tiempo de pensar cómo queremos caminar y hacia dónde. En todo caso, el objetivo de contar con una sociedad más fraterna y más abierta al diálogo suena como un buen destino.

Maximiliano Koch, SJ
Trabaja en el equipo nacional de Fe y Alegría Argentina y Fe y Alegría Uruguay.

 

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