Compartimos con ustedes el artículo de Hernán Quezada SJ, publicado en la Revista AURORA N° 16: PANCRISIS.

 

En los últimos días del mes de enero recibí una llamada de José Martín del Campo, el superior de nuestra enfermería de Guadalajara (Villa María); me informaba que el P. Estrada, uno de los jesuitas de la comunidad, había dado positivo al COVID-19. En ese momento nos encontrábamos en el pico más alto de la epidemia en México. Las historias de filas de ambulancias y carrozas fúnebres comenzaban a circular por todos lados, y nos anunciaban que el temido escenario de la saturación de servicios hospitalarios y funerarios había llegado.

El P. Estrada murió en menos de 24 horas y, antes de 48 horas, dos jesuitas ancianos y el novicio que hacía sus experiencias de noviciado en la comunidad daban positivo a las pruebas de COVID-19. El equipo de colaboradores y colaboradoras también estaba infectado y más del 60% dio positivo a la prueba del COVID. Se decidió, ante la emergencia, convertir la vieja biblioteca comunitaria en “área COVID”. La mayor parte de los muebles salieron del recinto y dieron el lugar a camas de hospital y tanques de oxigeno que acompañarían a nuestros hermanos infectados.

Dos días antes de la crisis en Villa María, habíamos levantado la cuarentena en dos comunidades de escolares jesuitas que habían tenido casos de infecciones del SarsCov2. Seis escolares se habían infectado y superado la infección. Sabiéndoles con anticuerpos, les pedimos ayuda. Más tardamos en convocarlos que en tenerlos en la enfermería listos para colaborar.

Nos habíamos quedado con muy poco personal en la casa y el trabajo se había duplicado. La saturación hospitalaria era una realidad y sabíamos que la única opción, en ese momento, era hacernos cargo nosotros mismos de la crisis.

Otros 16 jesuitas ancianos se encontraban en riesgo de infectarse o de ya estar infectados, pero cursando su periodo de “ventana” de la infección.

La primera semana tuvimos que hacer guardias de 12 horas. En nuestra inaugurada área COVID un estudiante jesuita y un enfermero o enfermera hacían equipo. Por la falta de equipo de protección sólo podían salir una vez, a lo largo de las 12 horas, a comer, hidratarse y hacer uso del sanitario. Es fuerte el recuerdo de la primera vez que les miré salir de allí con sus caras heridas por el uso prolongado de mascarillas. Esa misma noche, otro jesuita anciano había dado positivo y la única opción que tuvimos, para cuidar de él en su habitación, fue que el novicio infectado y asintomático bajara a cuidarle, mientras lo trasladábamos al área COVID.

Llevábamos cinco días sin nuevas infecciones y acariciábamos la idea de haber parado la cadena de contagios. Pero, la tarde del quinto día tuvimos un nuevo caso de un jesuita infectado. Ya nos golpeaba la frustración, el cansancio y el miedo. Esa misma tarde, recibí la llamada del padre maestro de novicios ofreciendo enviar tres novicios más para ayudarnos; inmediatamente acepté. La mañana en que los novicios celebraron su última eucaristía de Ejercicios Espirituales yo ya los estaba esperando en el jardín de la casa. Mientras conducía rumbo a Villa María les dibujaba la misión que les esperaba y les adiestraba para ésta. Pensé que a los compañeros novicios de golpe les estaba tocando poner en práctica aquello de que “el amor hay que ponerlo más en las obras que en las palabras”. Los novicios fueron viento fresco, una bocanada de ánimo y fuerza. Ellos se convirtieron en un signo de mucha esperanza para todos los miembros de la comunidad.

Las dos primeras semanas de febrero, todos los jesuitas ancianos permanecieron confinados en sus habitaciones. Cuando alguien entraba se colocaban su mascarilla y se mantenían con distancia. Sólo los novicios podían entrar a las habitaciones a ofrecer cuidados y hacer limpieza. En esas dos semanas experimentamos, con más fuerza, el embate de la pandemia, pero también logramos frenar la cadena de contagios. El día 7, ya sin nuevos contagios, celebramos en el patio central, de nuevo, la eucaristía juntos, con mascarillas y con distancia. En esas dos semanas nos hicimos familia con nombres concretos, trabajamos, reímos y lloramos a nuestros muertos, enfrentamos las muchas crisis de todos.

Sin embargo a esta narración le falta un detalle fundamental: todas y todos los de fuera de casa, que sin poner un pie en la comunidad (por que no les dejaríamos hacerlo) se acuerparon con nosotros y nos sostuvieron.  Desde que comunicamos la crisis de COVID a nuestros hermanos residentes de la comunidad, ellos no tardaron a través de sus teléfonos móviles, en contarles la situación a sus amistades y familiares, así que el teléfono de la comunidad no paraba de sonar. Ante esta situación, y con el deseo de comunicar lo que estábamos viviendo, escribí un mensaje en Facebook y en Twitter informando lo que pasaba; igual lo hizo otro escolar en Instagram.  Estos mensajes provocaron una cascada de ayuda providencial: las CVX del país, amigas y amigos de la Compañía y familiares estuvieron atentos, sosteniéndonos con sus oraciones y muchos insumos imprescindibles para la crisis. Sin esa solidaridad, que se gestó en las redes sociales, todo habría sido más complicado.

Al paso de los días, hemos regresado a una nueva realidad. Seis hermanos se fueron al cielo víctimas del COVID y de sus estragos. El personal de la comunidad poco a poco ha regresado a sus labores, pero algo nos pasó: ya no somos los mismos.

En México, soy Asistente del Provincial para la Formación y para las Enfermerías. Por muchos lados escucho los desafíos que representa acompañar a las nuevas generaciones, “tan sensibles”, “tan generación de cristal”.  Me parece que no hay “generación de cristal”. Creo que estamos ante una generación de jóvenes (me refiero a los laicos y a los jesuitas) que tiene un umbral muy bajo para soportar la incoherencia o el lenguaje ideológico que no coincide con la realidad que miran y que les desafía. Esta generación incomprendida, ante los desafíos tiene la fuerza propia de la juventud con una capacidad extraordinaria de comunicar y de ser equipo. Elegí la palabra “ser” en lugar de “hacer”, porque creo que no son lo mismo. Los jóvenes tienen menos reparo en comunicar lo que sienten y tardan en comunicar lo que piensan; pero cuando encuentran sentido y pertinencia en la llamada que experimentan, no escatiman en entrega y solidaridad.

Mucho se habla, también, en estos tiempos, de la necesidad de aprender y enseñar a “colaborar” y de ejercer nuevos “liderazgos”.  Después de Villa María, creo que no hay talleres ni charlas para “colaborar” más efectivos que la experiencia de colaboración, en respuestas pertinentes y eficaces ante realidades específicas que nos desafían y tocan profundamente el corazón.

Pienso en lo escrito por el papa Francisco: “Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa bendita pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.” (FT 32). En los días de Villa María pasamos de un “otros” a un “nosotros”. Nos descubrimos necesitados, vulnerables y también fuertes, al sentirnos cuidados, al sentirnos salvados unos por otros; y eso nos llenó de consolación.

Con pena, tengo que reconocer que los jesuitas en formación y los formadores estamos lejos de los ancianos y eso no es nada bueno. No es justa ni buena la lejanía. Aunque vivimos en la misma ciudad hemos carecido de relación constante y de compromiso mutuo. Los escolares y novicios expresaron cuánto habían crecido en pertenencia al convivir y cuidar de los hermanos ancianos y enfermos. De ellos, recibieron horizonte, seguridad y sentido. Los jesuitas ancianos encontraron, en sus hermanos más jóvenes, esperanza, alegría y vitalidad. Los ancianos nos necesitan y nosotros los necesitamos a ellos.  Lo anterior nos está llevando a replantear, a la brevedad posible, aspectos de la estructura de la formación, para que no se quede sólo en un buen deseo.

La crisis del COVID también nos mostró lo importante de comunicar, de saber pedir ayuda en las redes sociales. Un cierto pudor o miedo por exhibirnos o enfrentarnos a los peligros de las redes y el mundo digital nos hace no habitar esta nueva realidad, que nos pone ante el desafío de un nuevo modo de relación con otras y otros. Nos hemos ido quedando con una idea negativa del mundo digital, pero hoy me parece que esta es una frontera en la que debemos estar, pues ahí también puede acontecer la solidaridad y el encuentro. Sin este mundo digital, las grietas de la pandemia serían mucho más profundas de lo que son.

Hoy, en México, como en todo el mundo, estamos expectantes ante una anunciada e inminente “tercera ola” de casos de COVID. Nos sostenemos de la esperanza de conseguir las vacunas que ya comienzan a ser una realidad para algunas y algunos. La lista de todo lo que nos falta puede ser larga, pero renuncio a la tarea de construirla. Creo que tenemos el llamado de mantener la esperanza: esa que no se funda en la ingenuidad, sino en la certeza de la memoria de que Dios es con nosotros, y que se expresa en el testimonio que estamos presenciando en tanta gente que son auténticos signos de esperanza, de solidaridad.

El COVID-19 no es, pues, una suerte de castigo divino ni una fabricación técnica como afirman, con mucha fantasía, los amantes de las teorías conspiracionistas; sino que es consecuencia de un modo de vida auto referenciado y egoísta, y al mismo tiempo es un llamado a la conversión, es la realidad misma que gime y se rebela, son las lágrimas de las cosas o de la historia (FT, 34)

Ante la crisis, necesitamos de una conciencia ética que provoque una respuesta global y que nos lleve a repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y, ante todo, el sentido de nuestra existencia (FT, 33)

Podemos comenzar por narrar y compartir nuestras historias de miseria y de esperanza. El futuro será el resultado de nuestras elecciones, desde lo más personal o lo más global. Es el momento de nuestro juicio: daremos nosotros mismos un veredicto a nuestra propia historia y un horizonte a nuestro futuro[1].

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[1] Papa Francisco, Bendición “Urbi et orbi”, 27 de marzo de 2020, Atrio de la Basílica de San Pedro.

 

Hernán Quezada, SJ

Asistente del Provincial de México para la Formación y para las Enfermerías, médico.

 

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