“Sueñan las pulgas con comprarse un perro.
Y sueñan los nadies con salir de pobres...”
Eduardo Galeano

 

La más desafiante e inédita experiencia que nos ha traído la pandemia del COVID-19 es la de habernos instalado universalmente en la incerteza: una ausencia radical y generalizada de seguridad ante el futuro que crece exponencialmente ante la amenaza de volverse permanente.

Es verdad que en los tiempos inmediatamente prepandémicos se discutía mucho acerca de la “modernidad líquida” como un estado de cambio constante, de transitoriedad permanente, generalmente ligado a factores educativos y culturales; era el paradigma de un nuevo espíritu que permitía interpretar (aproximativamente) de forma nueva la realidad de la persona, sus relaciones con otros y con las cosas materiales o inmateriales. Pero se trataba de una ‘liquidez’ de la realidad que parecía afectar -no por el arte de la discusión, sino por el acceso a los medios disponibles- a sólo una parte de la humanidad que se liberaba, así, de condicionamientos anteriores juzgados como premodernos.

Con el impacto social  y frenazo económico que ha significado la pandemia del COVID-19, y con el consecuente retorno -inevitable- a condiciones de vida que parecen remontarnos a 20 o 60 años atrás (dependiendo de los medios con que se re-accione ante ella), nos vemos ahora forzosamente instalados en otro tipo de incerteza: no como un síntoma provocado por el virus sino como la consecuencia masiva de una serie de condiciones desordenadas que la pandemia ha desvelado, revelado, descubierto: condiciones inhumanas de la salud pública, creciente pérdida del sentido y oportunidades de trabajo, desigualdades abismales en el acceso a la educación, sobreexplotación irracional de recursos naturales, restricción y manipulación de la participación política, corrupción rampante en las más diversas esferas, etc. Las mismas que antes afectaban exclusivamente a ‘los nadies” de la vida, ahora se imponen a todos y cada uno de los seres humanos, sin hacer ‘tanta’ discriminación. De ahí que sea ésta la primera vez en muchos siglos de historia en que se puede verdaderamente hablar de un conjunto de situaciones críticas que han cobrado dimensión planetaria: una PANCRISIS.

Todos pensamos, insensatamente, que iba a ser más breve. Lo cierto es que la nueva normalidad con que soñamos parece que va a ser ésta que tenemos hoy, ¡y por mucho tiempo! 

Saber contemplar con ojos renovados y transformar “la tragedia de cifras en rostros, de rostros en historias, de historias en acontecimientos de gracia” es la primera de las ventanas de sentido (para no hablar de ‘puertas de salida’ porque: por ahora... no hay salida) que encontramos para vivir con nueva luz este momento. No hay un mejor tiempo que éste porque no tenemos (y muchos no tendremos) otro.

“¡Llegó la hora!”, tal como dice el P. Víctor Martínez en su artículo de la revista Aurora No. 16: “es tiempo de centrarnos, de saber ubicar y distinguir lo fundamental de lo accidental, de tomar conciencia y decidir si la ley, la institución y el individuo están sobre la vida, la persona y el bien de la comunidad. Tiempo de responder: ¿cuál es el amor que nos mueve? y ¿dónde está el tesoro que nos enriquece?”

Roberto Jaramillo, SJ
Presidente de la CPAL